lunes, 20 de abril de 2009

Exhibición de Atrocidades



J. G. Ballard ha sido abducido por sus propias pesadillas. En los últimos meses estaba redactando el proceso de su cáncer terminal, máxima frontera del espacio interior en el cual siempre había buceado.


En el vasto panorama de su proteica y teratológica galería mental es sin duda la Exhibición de Atrocidades la obra que mejor merece el título de Increíblemente Extraña Cum Laude. Publicada en el Reino Unido en el año de gracia de 1970 (la edición americana, titulada Love and Napalm: Export U.S.A. sólo saldría dos años después), se trataba de un Ovni literario incluso en el contexto de los prodigiosos seventies, tan dados al experimentalismo y la transgresión. Ballard recogía en sus “novelas condensadas” (troceadas en secciones de densos párrafos, herederos de los cut-ups del gurú beat William Burroughs, prefacista por lo demás de la Exhibición) textos radicales ya antes publicados en la constelación fanzinerosa de la Nueva Ola de la Ficción Especulativa británica.

El “protagonista” (cuyo nombre, al parecer inspirado en el enigmático novelista Traven, autor del extraño Barco de la Muerte, cambia en cada nuevo capítulo) es un trasunto arquetípico de la obra de Ballard, declaradamente obsesiva y circular. Psiquiatra rendido paulatinamente a la psicosis reconfigura maniáticamente los grandes eventos de la década de los 60 (el suicido de Marilyn, el alunizaje del programa Apolo y sobre todo el asesinato de Kennedy) en un “espacio interior” corroido por el discurso mediático y la proliferación de la “iconosfera” contemporánea (junto a Burroughs podríamos situar a Marshall McLuhan como la otra influencia clave de la obra).


Su mujer, a la que ha asesinado (como Burroughs himself y contrariamente a Mary Ballard, fallecida accidentalmente en 1963 en la localidad de… Alicante!), muere y revive innumerables veces mientras Marilyn le acompaña en un viaje suicida quemada por extrañas radiaciones nucleares (la Bomba rige, omnipotente, sobre toda la década y especialmente sobre Ballard) y los espacios “exteriores” contaminan víricamente el “interior” de la psique… e inversamente, más allá de las referencias surrealistas (Magritte y Dalí han tomado posesión del continuum espacio-temporal, monstruosos profanadores no sólo de cuerpos sino de ideo-cosmos y socio-cosmos) naufragadas por los párrafos de la obra.

El surrealismo ha muerto puesto que hemos entrado en la esfera de lo hiperreal. Los paisajes destrozados del Shangai ocupado le enseñaron desde la infancia que “la realidad misma es un estado que puede ser desmantelado en cualquier momento, no importa cuán magnífica pueda parecer". Los gepetos radiados de Hiroshima y los cuerpos de los crematorios nazis han vuelto inevitablemente obsoletas las anamorfosis dalinianas.

Pero, entonces,


¿Porqué quiero follarme a Ronald Reagan?


Reagan, por entonces gobernador de California (como nuestro patético Schwartzie), candidato a las presidenciales de 1968 (demasiado pronto, Ronald, aún habría que esperar a que la oleada libertaria se pegara la Gran Hostia), fue para Ballard una revelación, la llegada de un nuevo fascismo, el de los “políticos mediáticos” (el antiguo, en realidad, ya lo era, como Ballard bien sabía, pero en plan aún un poco “artesanal”). La presidencialidad del actor de serie B (y coleguita de la mafia, como se sabría después para confirmar, por si cabiera duda, su carácter totalmente ballardiano –o dickiano, pues Dick y Ballard constituyen la doble hélice de nuestro enfermizo ADN) presagiaba el salto final hacia la Hiperrealidad Terminal, basado en la superjodida psicosexualidad creada por los media.


El texto analizaba fría, tecnocráticamente, el efecto sexual del “show” reaganiano (“en tests colectivos la cara de Reagan era uniformemente percebida como una erección penil”; “los speeches de Reagan pasados a cámara lenta producen un marcado efecto erótico entre los niños espásticos”, etc.). Lo más escalofriante fue que diez años después la Convención Republicana de San Francisco distribuyó el texto de Ballard como prueba del “sex appeal” subliminal del candidato… y el resultado electoral confirmó sus premisas!!


El camino estaba preparado para la Tercera Guerra Mundial, y no sólo en la mente del Doctor Traven, o Talbert o Travis…



ps. http://freaklit.blogspot.com/

2 comentarios:

pat toche dijo...

muy fuerte Toni, muy fuerte, ¡me compro el libro en seguida!

María dijo...

¡¡Qué alguien me diga cómo puedo conseguir ese libro!!