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domingo, 18 de mayo de 2008

Bella Durmiente bis

Preñada por el díscolo rey, la Bella Durmiente da a luz dos gemelos de sexo opuesto, asistida por unas simpáticas hadas que ponen a las criaturas sobre sus senos para que puedan mamar. Un día, el niño pierde la teta y se pone a chupar el dedo de su madre, quitándole la espina letárgica. Talia despierta, confusa ante su progenitura. Les da el nombre de Sol (al niño) y Luna (a la niña).

Un día el inconstante rey se recuerda de la durmiente que violó. Decide volver para ver si sigue dormida (y probablemente echar otra canita al aire). Al verla con los gemelos le cuenta lo ocurrido. Se queda allí unos días con ella, empezando un idilio ya más convencional. Aunque un tanto sulfuroso, pues está ya casado, allá en su reino.

De vuelta al tálamo conyugal clama los nombres de sus hijos y amada durante el sueño. La reina se cosca y consigue que el secretario del rey le desvele el pastel. Ladina, manda un mensaje a Talia para que le mande a sus hijos a la Corte. Ingenua, Talia accede.

La historia aquí se vuelve aún más fuertecilla. La reina, emulando a las heroínas trágicas greco-romanas, pide a su cocinero que cocine a los dos niños y se los sirva al rey. El tema de la comilona antropofágica era ya muy célebre en la literatura europea. De Séneca al Tito Andrónico de Shakespeare varios papás y mamás, antropófagos involuntarios, habían digerido a sus retoños, víctimas de un sadismo sin límites.

Horrorizado, el cocinero esconde a los niños, sirviendo unos corderos al rey. Este, deleitándose de lo suculento del plato, se ve felicitado por su parienta, la cual (fatal hasta la médula) le dice: “Come, come, que estás comiendo lo que es tuyo…” (chanza que ya encontramos en el Bardo inglés).

Contenta con su canibalesca treta, la reina manda venir a Talia para, de modo más convencional, quemarla viva.

Talia, para ganar tiempo, le pide que le deje deshacerse de sus bellos atuendos antes de ser chamuscada. La reina accede, a regañadientes.

Comienza entonces uno de los strip-teases más Increíblemente Extraños de la literatura, para más puro deleite de los lectores perversos.

Cada vez que se saca una prenda, Talia grita su dolor (¿os suena de algo? El final de Barbazul, otro colmo de Sadismo Sólo para Niños). Al cabo, el rey la oye y aparece en la habitación donde se calentaba la hoguera. La reina le dice que va a quemar a la adúltera y le cuenta que el otro día se papeó a sus gemelos.

El rey, desesperado, ordena quemar a la reina, al secretario traidor y al cocinero caníbal, el cual le explica lo ocurrido. Así, mientras los malos son rostizados al más puro estilo europeo (Basilio escribe mientras aún humean las hogueras de la caza de brujas), los amantes de tan singular historia se reúnen al fin.

“Gente con suerte”, reza la extraña moraleja, “el que tiene suerte que vaya a la cama y la felicidad lloverá sobre su cabeza”, tal vez alusión algo soez a la violación catatónica sufrida por la Bella Durmiente…

Y luego que digan que los videojuegos inculcan ideas nocivas en las mentes de los enanos…

P.s. Si queréis comprobar por vosotros mismos las refrescantes brutalidades de Basile podéis agenciaros la estupenda traducción española de Siruela.

sábado, 17 de mayo de 2008

La verdadera historia de la Bella Durmiente


Los cuentos populares, magnífica reserva de historias Increíblemente Extrañas, han ido conociendo, en Occidente, un proceso de “domesticación” y edulcoración realmente penoso, debido a su creciente acotamiento dentro del “ghetto” de la literatura para niños. Cuentos que, en su origen, eran destinados a un público mixto (el de la familia extensa donde adultos y canijos dormían en la misma cama –con los “incidentes” procaces que uno imagina) que los saboreaba por igual, han sido poco a poco reducidos a un universo infantil muy aseptizado.

Buen ejemplo de lo que nos hemos perdido en el proceso es el caso de la Bella Durmiente y, en general, del Pentamerone de Giambattista Basile, Libro Increíblemente Extraño donde se ubica la primera referencia literaria al cuento. De hecho el libro de Basile es, después de los compendios de exempla medievales (sobre los cuales algún día hablaremos), una de las primeras recopilaciones de cuentos populares, escrita casi cien años antes de los célebres Contes de Ma Mère l’Oye de Charles Perrault.

«Lo cunto de li cunti overo lo trattenemiento de peccerille» («El cuento de los cuentos, o entretenimiento para los pequeños»), renombrado en la cuarta edición «Il Pentamerone» (ya que, en homenaje a Boccaccio, se trataba de cincuenta cuentos narrados durante cinco días por diez contadores de historias), estaba en realidad destinado a cortesanos adultos, ya alejados del universo popular rural (de sus súbditos) que descubrían como algo sumamente “exótico”.

Por ello abundan caracteres que ahora chocarían en cualquier consejo editorial de libros infantiles, desde la violencia más brutal hasta el sexo y la escatología más radicales (baste como ejemplo esa cucaracha mágica que se introduce todas las noches por el ano de un marido nefasto, provocándole una atroz diarrea que le impide consumar el matrimonio, devolviendo así a la desconsolada princesa a su primer y auténtico amante…), los cuales hacen de la obra un monumento barroco inigualado, bastante fiel, por lo demás, a la “cultura popular” estudiada por antropólogos e historiadores.

El tratamiento basiliano de la Bella Durmiente dista bastante, como ya os podéis ir imaginando, del célebre film de Walt Disney.

El cuento se llama aquí “Talia, el sol y la luna” y narra el nacimiento de Talia, hija de un rey que, preocupado por su destino, se rodea de astrólogos y sabios. El horóscopo advierte que la niña correrá gran peligro a causa de una espina de lino. Para protejerla, el rey decreta que jamás se traiga lino a su corte.

Años después, como era de esperar, Talia mira por la ventana (como todas las princesas) y ve a una vieja tejiendo lino. Curiosa (como las mujeres en la tópica medieval), pide estirar ella misma el lino. En cuanto comienza a tejer una espina se le hunde bajo la uña y cae al suelo, como muerta (tal vez una reacción alérgica?). El padre, incapaz de decidirse a enterrarla, la envía a uno de sus palacios, donde yace vistiendo sus mejores galas, como crionizada.

Un rey anda cazando por los bosques cercanos. Su halcón se escapa (topos que arranca nuestra querida Celestina) y se cuela en el palacio de la Bella. Buscándolo el rey se encuentra con el cuerpo, incorrupto, de Talia (calidad que la une, en el imaginario barroco, tanto a los santos como a los muertos vivientes).

Trata, en vano, de despertarla. Ni corto ni perezoso, excitado por su belleza, se la cepilla (!)

¿Esa parte no os la habían contado, é? Pues se trata de un bonito caso de casuística sexológica que seguramente fascinó a los contemporáneos de Basilio, desde nuestro carpetovetónico Sánchez hasta el pobre Billuart: ¿De qué tipo de lujuria releva? ¿Se trata de mera necrofilia? ¿El hecho de que ella fuera incorrupta constituye acaso un atenuante? ¿El estupro es, técnicamente, forzado sobre la virginal joven o no? ¿Al ser adulterio simple (de un sólo miembro) se multiplica el pecado? ¿Visto el resultado (la vuelta a la vida de la joven forzada) se puede decir que el príncipe, lejos de cometer un pecado nefando, hizo algo laudable?

El caso es que, saciado, el rey deja la Bella a su catatónico sueño y se pira a su reino.

La historia no acaba ahí, ni mucho menos...

Así que, como en los cuentos...

Continuará

jueves, 24 de abril de 2008

Zingha


En la serie de Libros Increíblemente Extraños de nuestro querido siglo de las Luces (y sus correspondientes Sombras), tratamos ahora de una extraña y olvidada novela “histórica”, Zingha, reina de Angola de Jean-Louis Castilhon (1769).


Primera novela europea centrada íntegramente en la historia de África negra, Zingha levantó cierta polémica, siguiendo la historia de Ana Nzingha, reina de Ndongo (1581-1663) que había luchado contra los colonos portugueses (sus antiguos aliados) por el control del próspero tráfico de esclavos, disparado con el ciclo azucarero brasileño.


Al frente de los Mbundu, Nzingha entendió que, para prosperar, su reino tenía que situarse como intermediario de dicho tráfico y no como suministrador (¡!). Así logró un acuerdo con los portugueses, triunfando así sobre sus enemigos de tribus rivales africanas (las cuales se depredaban despiadadamente en busca de “materia prima” humana que no fuera la propia…). La reina llevó dicha “colaboración” hasta hacerse bautizar por la Iglesia católica, siempre ávida de salvar almas.

Como siempre, el taimado Hombre Blanco terminó haciéndole el lío a su aliado “salvaje”. Ana y los suyos se vieron obligados a huir, fundando un nuevo estado en Matamba, fuera del alcance portugués. Mostrando nuevamente su inteligencia, la reina ofreció acogida a todos los esclavos fugitivos en un original quilombo enfocado hacia la resistencia armada.

Encontró nuevos aliados en los holandeses, que estaban dispuestos a borrar a los lusos de Luanda pero, tras un ataque fallido de ambas fuerzas, Nzinga se retiró de nuevo a Matamba, convirtiéndola en un próspero Estado comercial.

A partir de estos hechos cuanto menos “exóticos” (la palabra ya hacía furor en los salones de la Europa ilustrada), Castilhon logra construir un extraño arquetipo prometido a un bello futuro: la femme fatale salvaje, capaz de asesinar a sus amantes y comerse (literalmente) a sus oponentes.

“Monstruoso ensamblaje de todos los vicios y todas las virtudes”, sublime y cruel, Zingha anuncia la Julieta del Marqués de Sade, quien brindará homenaje a Castilhon en su delirante reino psico-sexual de Butua, dentro de su Extrañísimo novelón Aline y Valcour.

Tremebundas orgías a golpe de látigo y cazuela (en el sentido canibalístico, se entiende), violaciones en serie de mujeres embarazadas, prostitución forzada, bebés machacados en morteros artesanales… La crueldad es, para Zingha y su vieja confidente, Run-Lan, un sustituto de la sexualidad.

Baste como ejemplo la siguiente escena, escogida al azar:

“Era Zingha, la propia Zingha, desnuda, los ojos brillantes con el fuego de la cólera, un puñal en la mano, abalanzándose en medio de los cautivos, golpeándolos, inmolándolos, masacrándolos, abriendo el torso del último que acaba de degollar, arrancándole el corazón, devorándolo y avanzando, formidable como el relámpago hacia los cuatrocientos contrincantes: "¿Cual de vosotros osará disputarme la dignidad suprema, que la propia Tem-Ba-Dumba vino a confiarme? Que lo demuestra, que se acerque, que venga y me siga en las tinieblas de la tumba de nuestra legisladora y pronto me veréis salir victoriosa, empapada en su sangre y arrastrando tras de mí sus miembros desgarrados"...

La violencia aberrante de Castilhon contrasta con la producción “exótica” de su época, seguida tímidamente por algunos heterodoxos como Lesuire, quien en su L’aventurier français presenta una República femenina que reduce a los hombres a la más abyecta esclavitud, transformándolos en juguetes y ridículas monturas (según una antigua iconografía que remonta a una leyenda medieval relativa a Aristóteles).

Demasiado poco para Zingha, diréis.

Y tenéis razón.

Rindamos aquí homenaje a la fuente viva de todas las lúbricas y sádicas Amazonas de los Pulps y los Men’s Adventure Magazines (ahora magnificamente homenajeados por la editorial Taschen) revividas, años más tarde, en las infra-humanas películas de caníbales italianos...


p. s. Hay copia facsímile bajable en francés en:
Zingha


lunes, 21 de abril de 2008

Filantropófagos

Paulin Gagne, nacido en un agujero campestre francés en 1808, tuvo, entre otras manías u originalidades, la peculiaridad de ser “candidato universal, sobrenatural y perpetuo” a las elecciones de su Diputación y de la Academia Francesa, redactando elaboradas e innombrables proclamas, prometiendo, más aún que los políticos denominados “profesionales”, lo que vulgarmente llamaríamos el oro y el moro y que él llamaba la Monpanglota (o lengua única… universal, se entiende), la Uniteidad y cosas por el estilo.

En su auto-publicado (no es de extrañar) periódico, El Archisol, gran archi-diario brillante, proseguía con su logorreica inventividad neologística, proponiendo términos como la asnarquía, la pataticultura (de la expresión francesa “et patati et patata” para designar una sarta de milongas), suiceicidio o Rabiapública…

Publicó, a parte de todo eso, cantidad de obras Increíblemente Extrañas, como la Sataníada del espirito-satanismo, archi-drama espiritida en cinco llamaradas infernales o el Diccionario archi-humano (donde seguía con su idea de Monpanglosis o lengua universal).

La más singular, o simplemente la que más llamó la atención de los caza-heteróclitos literarios, fue su Filantropofagia, publicada a raíz de una terrible hambruna que diezmó Algeria, por entonces colonia francesa.

Para paliar los efectos devastadores de esta plaga, Gagne proponía la creación de una asociación de audaces voluntarios que dignaran ceder parte de sus carnes en beneficio de sus semejantes más necesitados,

“el sacrificio voluntario de hombres y mujeres brindando su carne a las víctimas del hambre es un acto de la más alta sabiduría y la más sublime caridad. Facultativamente, aquellos que no quisieran morir podrían simplemente hacerse cortar las piernas y el brazo menos útil…”

añade con ponderada consideración. Por lo demás el gobierno debería incentivar dicho sacrificio,

“ofreciendo una muerte atractiva gracias a una honorable guillotina, promesas de estatuas, panteones conmemorativos y la esperanza de recompensas eternas (…) Los mortales que se inmolaran por sus semejantes serían verdaderos Cristos salvadores de la humanidad”…

Habréis notado que Gagne se refiere siempre a la tercera persona del plural, no pareciendo muy entusiasta a la hora de predicar con el ejemplo. Poco después, durante el terrible asedio de París de 1870 volvió a proponer su genial idea, esta vez en primera persona:

“Prefiero convertirme en alimento sagrado de mis semejantes que ser estúpido e innoble pasto de los gusanos”…

El gobierno, pese a lo desesperado de la hambruna, no se dignó considerar la oferta del atento filantropófago.

Por sorprendente que parezca este singular individuo logró aparearse y lo hizo con una escritora de libros para niños (¿tal vez con el propósito de preparar las nuevas generaciones para sus avanzadas ideas?), una tal Élise Moreau en quien encontró su más fiel colaboradora y que publicó un curioso plagio versificado de uno de los clásicos Increíblemente Extraños, el Último Hombre de Grainville, bajo el título de Omegar o el último hombre, proso-poesía dramática del fin de los tiempos en doce cantos (1858).

Como en el original, tras la extinción de los océanos, de la vegetación, de los peces y animales y del propio Sol, le toca el turno al último hombre, pasto de los cuervos (pero... ¿los animales no habían...? Esas cosas no se preguntan en los Libros Increíblemente Extraños).

Y en ese momento "la Tierra, sucumbiendo por fin a ese último asalto, giró con una pirueta sobre su eje (!), lanzó un grito desgarrador (!!) y desapareció en la tumba de fuego que le abrieron las olas (!!!), hundiéndose con ellas"...

No es de extrañar que Paulin viera en su cónyuge la prefiguración de la Mesías futura, la Filosofofluida anunciada en La Uniteidad o la Mujer Mesías, gigantesco poema donde encontramos estos versos que nos servirán de epílogo:

“Amor sagrado de la zanahoria,/ Conduce, sostiene nuestros brazos vengadores, / Libertad querida en compota / Combate con tus defensores (…) para que puedan hacer en todo lugar/ Brillar la gloriosa zanahoria”…