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viernes, 24 de abril de 2009

Retrato del pícaro como joven atún



Un mito persistente excluye y purga nuestras letras de todo lo que huela remotamente a maravilloso o fantástico. La literatura hispánica es por cojones (o por gracia de Dios),realista. Se aceptan algunas excepciones, claro, porque, dicen, confirman la regla.


Algo cuanto menos extraño cuando pensamos que salieron de las hispanas imprentas oleadas de libros de caballerías (ignorados, los más delirantes, durante siglos hasta su reciente y paciente rescate por editores “heterodoxos y marginales”) que “conquistaron” Europa y las Américas, emblema e icono de la imaginación más estrafalaria como queda patente en el máximo homenaje, a la vez que réquiem elegíaco y metaficcional parodia, que es el Quijote.


Más allá de esa obviedad nos encontramos con cantidad de Libros Increíblemente Extraños olvidados (o, conspiranoicamente, silenciados) de la tradición hispánica. Así los que, en nuestros Siglos de Oro, retomaron la fecunda tradición lucianesca de las metamorfosis jocosas (y algo rijosas). En la filiación de la novela picaresca apunta así Menéndez Pelayo (el ortodoxo heterodoxo, viviente contradicción que refleja la de toda nuestra cultura) el curioso Crotalón, donde, a imagen del Lucio del Asno de Oro, un gallo (llamado Gallo, por cierto) se ve metamorfoseado en «un muy apuesto y agraciado mancebo cortesano y de buena conversación (…) de natural crianza y continua residencia en la corte de nuestro rey, hijo de un valeroso señor de estado y casa real». Como Lucio también se ve envuelto en una aventura amorosa con una de aquellas «grandes hechizeras encantadoras, y que tenían pacto y comunicación con el demonio para el effecto de su arte y encantamiento», pero que, para suerte de Gallo, no es una vieja decrépita como la que le tocó montar a su predecesor asnil… Otro día os hablaremos más de él, ya que hoy queríamos evocar rareza del mismo palo.

Se trata de la muy desconocida continuación del Lazarillo de Tormes, publicada por primera vez en Amberes en 1555, sin nombre de autor, atribuida por algunos a un tal fray Manuel de Oporto (otro de esos frailes cachondos mentales a lo Rabelais). Esta Segunda parte de Lazarillo de Tormes resultó ser un fiasco, tal vez por romper con la línea realista y picaresca del libro original y porponer una fantasía alegórica lucianesca, en la que el protagonista se convierte en atún, se casa con una atuna con quien procrea alegremente peces y sostiene en la Corte atunil todo tipo de guerras contra varios otros pescados. Posiblemente, el desconocido autor (tal vez alguno de los muchos perseguidos que tuvieron que eclipsarse por Flandes), quiso aludir de forma velada a personajes y circunstancias de la “gesta imperial” hispana (quizás incluso a la reforma militar del Gran Capitán), pero la sátira tuvo poco éxito, y solamente se reimprimió en Milán en 1587 y 1615, irónicamente adjunta (cual monstruoso parásito marino) con el primer Lazarillo.

Lázaro “por importunación de amigos” (un poco como Bardamu al inicio de su Viaje al fin de la noche), se fue a embarcar para la guerra de Argel y en uno de los frecuentes naufragios de nuestra literatura aúrea se vio “hecho atún” por la gracia de Dios (¡otra vez!)…

“Finalmente, el Señor, por virtud de su passión y por los ruegos de los dichos y por lo demás que ante mis ojos tenía, con obrar en mí un maravilloso milagro, aunque a su poder pequeño, y fue que estando yo assí sin alma, mareado y medio ahogado de mucha agua que, como he dicho, se me había entrado a mi pesar, y assí mismo encallado y muerto de frío de la frialdad, que mientras mi conservador en sus trece estuvo, nunca había sentido, trabajado y hecho pedaços mi triste cuerpo de la congoxa y continua persecución, y desfallecido del no comer, a deshora sentí mudarse mi ser de hombre, quiera no me cate, cuando me vi hecho pez, ni más ni menos, y de aquella propia hechura y forma que eran los que cerrado me habían tenido y tenían. A los cuales, luego que en su figura fui tornado, conocí que eran atunes, entendí cómo entendían en buscar mi muerte, y decían: «Este es el traidor, de nuestras sabrosas y sagradas aguas enemigo. Este es nuestro adversario y de todas las naciones de pescados que tan executivamente se ha habido con nosotros desde ayer acá, hiriendo y matando tantos de los nuestros; no es possible que de aquí vaya; mas venido el día, tomaremos dél vengança».

A continuación es llevado ante un poderoso general atún que toma a su servicio (podéis regocijaros con el capítulo en mi www.freaklit.blogspot.com). Lázaro-atún se hace amigo del igualmente atunil capitán Licio, el cual cae en desgracia en la Corte por culpa de una oscura traición y es encerrado en prisión. Lázaro, ni corto ni perezoso, organiza a sus atunes, liderando una revuelta palaciega para librar a su amigo de la muerte y acabar con el traidor don Paver.

Lázaro logra negociar con el rey de los atunes, haciéndose su privado y casándose con la linda Luna. Luego todo se hace más alegórico (la sombra de Erasmo planea sobre Lázaro como sobre toda nuestra literatura del momento), ya que Lázaro, yendo de caza por un bosque como tantos y tantos caballeros de la tradición céltico-artúrica (no olvidemos que sigue siendo un atún, lo cual es cada vez más Extraño), se encuentra nada más ni nada menos que con “la Verdad”…

“ la cual me dixo ser hija de Dios y haber baxado del cielo a la tierra por vivir y aprovechar en ella a los hombres, y cómo casi no había dexado nada por andar en lo poblado, y visitado todos los estados grandes y menores; y ya que en casa de los principales había hallado assiento, algunos otros la habían revuelto con ellos, y por verse con tan poco favor se había retraído a una roca en la mar.

Esta le cuenta “cosas maravillosas que había passado con todos géneros de gentes”, pero por suerte para el sufrido lector, el narrador pasa olímpicamente de referirnos una alegoría al uso (por muy erasmista que sea) y se va no a freír puñetas pero sí a desovar con las atunas (¡!), donde termina tomado en las redes de unos pescadores, volviendo a su morfología habitual,

“Sentí a la parte que de pece tenía detrimento y que se estragaba por no estar en el agua, y supliqué a la señora duquesa y a su marido que, por amor de Dios, me hiciessen sacar de aquella prisión, pues a su alto poder había venido; y dándoles cuenta del detrimento que sentía, holgaron de lo hacer. Y fue acordado que diessen pregón en Sevilla para que viniessen a ver mi conversión, y en una plaça que ante su casa está, hecho un cadahalso, porque todos me viessen allí, fue juntada Sevilla; y desque la plaça se hinchió, por calles y tejados y terrados no cabía la gente. (…)

“Pues puesto en el cadahalso, y allí, tirándome unos por la parte de mi cuerpo que de fuera tenía, otros por la cola del pescado, me sacaron como el día que mi madre del vientre me echó, y el atún se quedó solamente siendo pellejo. Diéronme una capa con que me cobrí, y el duque mandó me truxessen un vestido suyo de camino, el cual, aunque no me arrastraba, me vestí, y fui tan festejado y visitado de gentes, que en todo el tiempo que allí estuve casi no dormí, porque de noche no dexaban de me venir a ver y a preguntar, y el que un rato de auditorio comigo tenía se contaba por muy dichoso…”.

Tras este renacimiento un tanto blasfemo, entre Jonás y el símbolo crístico del pez, Lázaro, hecho hombre, vuelve al “territorio comanche” de nuestra picaresca, entre Sevilla y Salamanca…

Si os preguntáis porqué precisamente se convirtió el pícaro en atún (la mayoría, descreídos de lo imaginativo y literario lo asumirían como una simple y aleatoria barrabasada más, pero no vosotr@s, mis querid@s Extrañ@s), he encontrado una curiosa relación entre pícaros, atunes y… la tuna (!!) en http://www.tunaempresariales.uji.es/historia2.htm

Tuno sería, en efecto aquel que lleva una vida parecida a los atunes, "vagamunda y holgazana", como los antiguos estudiantes, incluidos entre la caterva de pícaros a los que se dirigían las Instrucciones contra Vagos y Maleantes, tal y como señala Fray Martín Sarmiento en su De los Atunes y de sus Transmigraciones y sobre el Modo de Aliviar la Miseria de los de los Pueblos (!!):

"Los atunes no tienen patria ni domicilio constante, todo el mar es patria para ellos. Son unos peces errantes y unos tunantes vagabundos, que a tiempos están aquí y a tiempos están allí. Y si por imitación de los atunes no se formaron las voces tuno, tunante y tunar de la voz atún o del thunnus latino, no se puede negar que los vagabundos y tunantes son unos atunes de tierra, sin patria fija, sin domicilio constante y conocido, sin oficio ni beneficio público, y tal vez sin religión y sin alma”.

Por lo demás existía en la tradición francesa un Roi des Thunes o Rey de los atunes, jefe de los vagabundos franceses, a quien se dio el apelativo original de Rey de Túnez en memoria del Duque del Bajo Egipto, jefe de los gitanos cuando sus bandas llegaron a París en el año 1427…

De ahí vendría la sorprendente metamorfosis de una de nuestras más emblemáticas figuras literarias en vulgar Thunnus (atún calvo… claro).


domingo, 22 de marzo de 2009

Un hijo desnaturalizado



Dentro del sangriento panorama del teatro barroco europeo pocas obras resultan tan truculentas como la desconocidísima Tragödie ven einem ungerathenen Sohn o sea Tragedia de un hijo desnaturalizado (¡y tanto!) del excéntrico duque Heinrich Julius von Brunswick.

Obispo desde la tierna edad de los dos años (!!), Heinrich asistió a sesudos debates teológicos (en latín, cómo no) desde los doce años y poco después optó por la Reforma protestante, de la cual se hizo importante artífice. También decidió cambiar la ley Sajona que regía el principado de Wolfenbüttel por la ley romana, comenzando una espantosa caza de brujas y de judíos. Apasionado por el teatro y la arquitectura hizo constuir uno en su castillo, invitando a una importante compañía itinerante del teatro jacobeo (sinónimo, como bien sabemos, de horrores y mutilaciones) para que amenizaran sus veladas con todo tipo de aberraciones.

Motivado por el descubrimiento (viendo realizadas en escena quien sabe qué inconfesables fantasías) el duque parió, entre 1593 y 1594, nada menos que once obras de teatro, cinco comedias de enredo italianizantes (cercanas a la dramaturgia, también desconocida, de su herético contemporáneo Giordano Bruno) y cinco espantosas tragedias que dejan chiquitas las barbaridades de Thomas Kyd y sucedáneos. De ellas se lleva la palma la ya citada del hijo que salió rana.

Nero (trasunto evidente del demente emperador romano), el hijo menor de un decrépito duque (¿Julius, el del propio Heinrich?), es un auténtico rayado. Tras caer en desgracia, finge arrepentirse, tan sólo para cometer una serie de crímenes que hacen de él, más que Macbeth y demás amateurs, el principal psycho-killer (literario) de la era barroca. Empieza por su propio hijo, fruto natural de un culpable coito. Y empieza por todo lo alto, como ahora veréis.

Se lleva a su vástago al bosque, donde prepara una hoguera. El chaval se huele algo e intenta huir, en vano. Como las incautas víctimas de los cuentos, el niño pregunta inocentemente qué es lo que va a a guisar su padre, ya que no se han traído nada para papear. Nero lo tira al suelo, le pone su rodilla en la boca, le abre el vientre con un cuchillo y le extrae el corazón, asándolo lentamente a la parrilla y engulléndolo después. Luego recoge la sangre en un vasito, la mezcla con vino y padentro.

El tema del corazón comido era ya un antiguo topos medieval reactivado por los rumores de canibalismo que llegaban del Nuevo Mundo y la parodia de Eucaristía remitía a las supersticiones católicas denunciadas por los protestantes. Aún así representar la escena constituía sin duda una barrabasada máxima a finales del siglo XVI.

Del bosque Nero pasa a un jardín donde se encuentra con su padre, clavándole a hachazos un taco en el cráneo. Luego, como en la mítica canción de los Doors o en cualquier vulgar matanza estudiantil de los últimos años, sigue su periplo homicida por la corte (¿de Wolfenbüttel?). Se encuentra a su sobrino sobado, estrangulándolo con una cuerda. En ese momento es sorprendido por su madre, a la que corta el cuello.
Luego alerta a todo el mundo, fingiendo inconmesurable dolor ante tamaña masacre. Lo cual le permite ganar un poco de tiempo, cargándose a su hermano y cercenando las cabezas de los tres consejeros de su padre.

En el último acto comienzan los remordimientos (¡!) y las paranoias (esto fue escrito unos diez años antes de Macbeth). Huyendo de extraños ruidos se refugia en el jardín, tumbándose un ratico. Se le aparecen los espíritus de los asesinados. Horrorizado, huye al bosque, encontrándose con los cadáveres descabezados de los consejeros que se levantan a saludarlo. Más allá se le aparece su hijo, con el corazón en una mano y el vasito de morapio en la otra (estampita crística un tanto gore). Clama venganza. El espíritu del padre también se apunta, con un hacha en la mano y el taco aún en el cráneo.

Nero huye, tropezando con el fantasma del sobrino, con la cuerda rodeada al cuello como un fantasmita nipón de reciente cuño. Vuelven los consejeros sin cabeza.
Acorralado, Nero se tira al suelo pataleando y berreando. Intenta por tres veces suicidarse, anunciando a los vagabundos beckettianos. El cuchillo se parte, el cinturón con el que iba a ahorcarse de rompe y el veneno cae al suelo derramándose.

Entonces la obra se va realmente de madre. Aparecen unos diablos apoderándose de él con alborozo y llevándose dios sabe dónde (bueno, claro que sabe dónde, igual que los espectadores). Un corto epílogo nos recuerda la moraleja de toda esta escabechina, a saber que los hijos no deben desobedecer a sus padres (!!!).
“Hija desnaturalizada” del teatro de la venganza inglés, la tragedia de von Brunswick evidencia, más allá de la oleada de horror escénico que se extendió por todo Europa, las tensiones atroces de la era de la caza de brujas (a las que, sintomáticamente, Heinrich tanto contribuyó).

Años después nuestro insólito duque moría alcoholizado en la Increíblemente Extraña Corte praguense de Rodolfo II, del que había llegado a ser consegliere particular. Podemos hacernos una pequeña idea de cuales fueron las criaturas que le asistieron en sus últimos estertores de delirium tremens.


p.s. La imagen de arriba es un gravado de la impresionante biblioteca ducal de Wolfen büttel.

martes, 10 de febrero de 2009

Lisardo y Lisardo



Una de las ideas más tenaces y tristes de la historiografía literaria patria es la de la vocación unívocamente realista de nuestras letras, desde el Cid hasta la nueva novela social. Lo cual hace de los amantes de lo fantástico tristes huérfanos errabundos, a imagen del emblema máximo de la nostalgia del desengaño desmitificador que fuera don Alonso Quijano.

Por suerte existe un hilo ténue, verdaderamente underground, que nos viene desde la cuentística medieval y que haya, por momentos, potentes ecos que se constituyen en pilares de esa “otra historia” soñada, una literatura fantástica española. Uno de esos pilares subterráneos lo constituye el hoy olvidado comisario de la Inquisición y capellán de Reyes Nuevos, Cristóbal Lozano Sánchez.

Emblema del desmadre imaginativo de nuestros inigualados Siglos de Oro, que tanto fascinaran a los románticos de los países más “racionales”, nutriendo la imagen de una piel de toro fantasmagórica y espectral, Lozano es considerado el último buen prosista antes del descalabro imaginativo de la Ilustración carpeto-vetónica. Significativamente las narraciones legendarias y macabras de Lozano conocerían un éxito significativo en su propio país desde su publicación (1658) hasta, salvando las críticas previsibles de los sesudos ilustrados enemigos de la “España negra” (10) , la pálida adaptación local del romanticismo, que encontraría en ellas materia para sus mejores y más duraderos logros, desde el Estudiante de Salamanca cantado por Espronceda hasta la escena final del Tenorio de Zorrilla, pasando por obras de Juan Eugenio Hartzenbusch o Antonio García Gutiérrez y culminando en la figura insignia, si bien tardía, de nuestro Goticismo, Gustavo Adolfo Bécquer.

Y es que no hay para menos. Las leyendas recogidas en Reyes nuevos de Toledo (Cueva de Hércules, amores de Galiana y Carlomagno, nacimiento de Pelayo, etc.) y las novelas cortas de Soledades de la vida y desengaño del mundo (título ultra-barroco donde los haya, mezclando ingeniosamente a Góngora y Quevedo) son un receptáculo de ese fantástico hispano que triunfó durante dos siglos, a través de las baladas macabras canturreadas por los pueblos y las “comedias de santos” (y los consiguientes diablos tentadores o, mejor aún, diablesas) o las “comedias mitológicas” que poblaban los escenarios mientras los estantes de las librerías rebosaban de libros de caballerías.

El relato más célebre que ha mantenido el recuerdo de Lozano en esas cápsulas de crionización defectuosa que son los artículos eruditos de los académicos es sin duda el del estudiante Lisardo. Narrado en primera persona por el personaje homónimo, cuenta su pecamonisa y nocturna expedición al convento donde se haya su amada, Teodora (tema tradicional del erotismo blasfemo hispano).

He aquí que oye “confuso ruido de espadas y broqueles”…

“Oí que dijo uno en alta voz: “¡LIsardo es, matadle!” y reptidiento todos “!Muera, muera!”, movieron un tropel de cuchilladas y a poco rato, escuchando una voz, que lastimada y triste dijo solamente, “!Ay, que me han muerto!” escaparon todos corriendo a toda prisa, dejando la calle en aquel sordo silencio que antes estaba”…
Acercándose temerosamente al difunto el estudiante verifica que se trata, efectivamente, de su propio cuerpo asesinado…

“Aquí confirmé verdad lo que juzgaba sueño, aquí miré cumplido lo que juzgaba fantasía y aquí (…) finalmente volví a resolver las dudas de si era yo el difunto; y no muy descaminado, pues juzgando aquel cadáver ser mi cuerpo, sólo me contaba ya por alma en pena”…

Temiendo ser atrapado por la justicia como su propio asesino (!!), huye. Pero poco después se topa con “un grande acompañamiento de eclesiástico de sobrepellices y roquetes, con su cruz y manga negra delante”, que “llevaban entre cuatro un difunto tendido en un pavez y cubierto con una bayeta negra”…

“Me acerqué un poco al último de los cantores que estaban en aquella banda y tirándole de la ropa, y él inclinado el cuerpo para oírme, le pregunté con mucha cortesía quién era aquel difunto que enterraban, y respondióme, dando primero un suspiro:
- Este es Lisardo el estudiante.
- ¿Qué Lisardo?- le repliqué, palpitando ya el corazón en nuevas y más crecidas angustias, y díjome:
- Lisardo el de Córdoba, que vos concéis como a vos mismo”…

La historia ya había sido narrada en otro Libro Increíblemente Extraño de nuestras Letras, el Jardín de Flores Curiosas de Antonio de Torquemada (no confundir con el de las hogueras). Pero Lozano le añadió el dramatismo y la interiorización aterrada que hicieron de él precursor barroco del romanticismo internacional (el cual no fue tal vez más que un revival neobarroco, desde el calderonismo alemán hasta el shakespearismo anglosajón).

Más allá del moralismo obvio de la historia, tan acorde con la “pastoral del miedo” que triunfó incontestada con la Contra-Reforma (el propio Carlos V se había metido en su ataúd durante el “ensayo” de su futuro entierro), quedaba aquí patente una fibra macabra rayana en lo metafísico que caracterizaría la inquietud fantástica en nuestra cultura hasta el glorioso fantaterror de los setenta (los Caballeros Templarios de Osorio son tan becquerianos como lozanianos) y el revival presente (algo hay de Lisardo en el César de Abre los ojos, ¿no os parece?).


(10) Don Leandro Fernández de Moratín cuenta en La derrota de los pedantes (1789) cómo Bartolomé Leonardo de Argensola «cayó al suelo sin sentido de un golpazo que le dieron con los Reyes Nuevos del famoso Lozano» durante la lucha que sostuvo con los malos poetas. En cuanto a la popularidad de los libros de Lozano, ya había hecho referencia a ello Francisco Gregorio de Salas, cantando lo que vio en casa de un "vulgar" zapatero: «Una Gaceta atrasada,
un jilguero y un pardillo.
Los Doce Pares de Francia
con el David Perseguido», digresiva saga novelesca de Lozano.

jueves, 2 de octubre de 2008

Atalanta Fugiens



Retomamos el hilo de nuestra Heteropedia con una sugerencia de nuestro ínclito amigo Chema (podéis pasar a visitarle a la estupenda galería Estiarte, http://www.estiarte.com/), la Increíblemente Extraña Atalanta Fugiens de Michael Maier (1617). Maier fue el misterioso médico privado del iniciático (y también algo zumbado) emperador Rodolfo II, la sombra que ronda sobre Praga en las obras de nuestro querido Meyrink. Rodolfo, como es bien sabido, había contraído la fiebre esotérica durante su infancia en la corte española y se encerró en cuanto pudo en su castillo, dejando la guerra contra los Turcos a sus ministros y dedicándose a buscar la piedra filosofal rodeado de gente variopinta como el célebre John Dee, Thaddeüs de Hayec, Martin Ruland o el propio Maier, todos ellos, como se decía en su jerga, “espagíricos”…


En aquella época, lo de ser médico era un cajón de sastre ya que cabía desde la más pura charlatanería (aderezada con algo de sadismo) hasta el interés por las nacientes ciencias experimentales, tan conectadas con la milenaria alquimia. Maier se situaba en la vertiente más esotérica, siendo Gran Mestre de la escurridiza y ubicua Fraternidad de los Rosacruces (sí, esos que pululan por todas esas webs conspirativas del ciberespacio, acusados de todo lo acaecido y por ocurrir, desde el 11 S hasta la omnípoda Crisis presente).


Epopeya hermética de una figura mitológica algo olvidadilla, la hija del rey de Sciros, la Atalanta Fugiens es la obra más conocida de las 25 publicadas por nuestro Rosacruz. Se presenta como un libro de emblemas clásico, con una serie de 50 epigramas acompañando magníficos y enigmáticos grabados. A los epigramas se añaden sesudos “discursos” algo delirantes donde se mezclan mitología, fabulaciones, consideraciones filosóficas, médicas, mineralógicas, éticas y “científicas” (??)… Un detalle original se desmarca, empero, de la tradición: cada emblema va acompañado de un canon musical correspondiente, ilustrando las teorías neo-pitagóricas sobre la armonía cósmica de los sonidos y constituyendo uno de los primeros libros multimedia, ahora tan de moda…


Inspirábase Meier en los jeroglíficos egipcios, entonces ya tan de moda, considerados como figuraciones secretas del Arte (designación habitual de la Alquimia) transmitidas por el propio Thot (asociado al Hermes griego según una vieja tradición) a los sacerdotes de las pirámides. Asimismo trataba de desvelar secretos alquímicos en las gestas de los dioses del Olimpo, precediendo el también Extrañísimo estudio de Dom Pernety Fables Égyptiennes et Grecques, del que tal vez hablemos algún día.


Viene así explicada la referencia a Atalanta, la cual corría siempre por delante de sus libidinosos pretendientes (todo un deporte nacional en la Grecia antigua, a juzgar por su calenturienta mitología) hasta que un buen día Hipómenes, el muy listo, le lanzó tres manzanas de oro que Venus le había bajado del jardín de las Hespérides. Perdida por su curiosidad, Atalanta se agachó para recogerlas y perdió así su carrera y su virginidad… en una postura un tanto animalesca que os recordará aquello de “mirando a Cuenca” o, a los más sesudos, la célebre y divertida escena de primiti-porno en La guerra del fuego (por cierto, el mito no dice si la penetración fue vaginal o… bueno, bueno, no divagemos como el propio Meier)[1]. La interpretación del Rosacruz es que la edificante historieta se refiere en realidad al mercurio (!!), metal que huye y no puede ser solidificado más que por el azufre… Y así en adelante.

Por lo demás la advertencia de Meier antes de penetrar en su extraño Libro Total se podría extender a toda obra genuina e Increíblemente Extraña…

"Es razonar como niños el pensar que no hay nada en el mundo que sea diferente a lo que vemos a nuestro alrededor. Doblemente infantil es creer que lo que no oímos, lo que no concebimos, lo que no nos es posible imaginar no pueda ser oído, concebido e imaginado por nadie; y concluir, porque una infinidad de ignorantes y de gente cúpida fracasó en el estudio de la filosofía hermética, que lo que ésta promete es puramente quimérico e imaginario es el colmo de la presunción y de la extravagancia…”

Añadamos que las músicas Extrañas de la Atalanta fueron ejecutadas por primera vez en 1935, por el musicólogo F. H. Sawyer de la universidad de St Andrews, en forma de fuga para tres voces (la de Atalanta, Hipómeno y Pomonio). Por desgracia no nos ha sido dado escuchar tal iniciática música, digna de ser rescatada para los adeptos del chill out más New Age…



[1] Podéis ver la escena en la parte de abajo del frontiscipio: el dibujante –supuestamente un tal Johann Theodor de Bry (no como el queso)- ha optado por hacer agacharse dignamente a la niña, presentando luego un discreto coito frontal en un pequeño y bucólico templete, evitando así lo chocante de la “cogida”…

miércoles, 16 de julio de 2008

El Ente Dilucidado


Tal vez uno de los Libros más Increíblemente Extraños de nuestras Letras sea el mamotreto del capuchino "docto y virtuoso" fray Antonio de Fuentelapeña, publicado en Madrid en el Año de gracia de 1676 bajo el título El ente dilucidado (Tratado de monstruos y fantasmas).

En esta obra ya mítica del underground heterodoxo patrio desde su reedición en la inolvidable colección "Biblioteca de Visionarios, Heterodoxos y Marginados", el padre se compromete a tratar la “Question unica [sic], en que se prueba que hay Animales invisibles y que por la mayor parte lo sean los que se llaman Duentes, Trasgos y Phantasmas”…

Como escribe nuestro Extrañólogo Magno Julio Caro Baroja, “el libro está escrito con arreglo a la más rancia de las escolásticas, con instancias y objeciones divididas en secciones divididas en secciones diferentes, subsecciones y dudas, que constituyen hasta 1836 artículos [!]. Se refleja en él una curiosidad morbosa por cuestiones sexuales, sobre todo en la segunda sección, donde Fuentelapeña habla con visible gusto, y sin tener que decir nada de provecho, del sexo en sí, de la causa sexual de los monstruos, de los hermafroditas, de los partos monstruosos y de otros extremos poco agradables de mencionar”[1]. Fascinación que nos recuerda nuestros Coitos Extraños y demás sexologías eclesiásticas…

El libro es, en efecto, un compendio exhaustivo de la “question unica” duendológica, gracias al cual descubrimos, por ejemplo, cuales son los distintos nombres de los duendes, que son animales corpóreos y no ángeles ni almas separadas, que aparecen en las partes deshabitadas de las casas debido a que se producen por la corrupción de las cosas, que son vistos por algunas personas y por otras no y que se elevan por los aires en forma de monjes (de ahí esos Caprichos de Goya con frailes volantes… ya sabéis qué comentar ahora que vuelve nuestro Pintor Extraño a los mass-media).

Vean sino la definición final de esos “entes dilucidados”:

“1620. Sea nuestra conclusión. Duende no es otra cosa que un animal invisible, secundum quid o casi invisible, trasteador”!!!

¡¡Y sigue!!

“Esta definición parece ser buena, y verdadera; verdadera por todo lo que queda dicho en este libro; y buen aporque observa puntualmente las leyes de tal, porque esta definición consta de género, y género inmediato que es la palabra animal en que tiene la razón de convenir con todos los demás animales. Consta también de la última diferencia, que es trasteador casi invisible, pues por la palabra casi invisible se diferencia de los animales trasteadores, que son visibles absolutamente, como son las moscas, gatos, las urracas y otros, y por la palabra trasteador, se diferencia de los animales casi invisibles, que de ningún modo trastean, como el ácaro, el arador, y otros”….

!!!!!!!

Más Extraño si cabe, como señala F. J. F. Arroyuelo, es que “la obra del padre Fuentelapeña no fue motivo de escándalo y menos de risa; pues hasta mereció la anteción suficiente para que un prolífero autor hoy bien olvidado se permitiese escribir una réplica, “Responde al libro del Ente dilucidado, discurso único novísimo, que muestra que ay en naturaleza animales y irracionales invisibles”… del que, si sois buen@s os hablaremos algún día…

Por lo pronto propongo que se cree, de urgencia, un Centro de Estudios Fuentelapeñenses, a la retro-vanguardia de la Ufodavincibrownología Mundial…

Ahí queda.

Ps. Los que queráis saber más de estos duendes carpetovetónicos os tenéis que aguantar hasta que salga la novela deliranto-fantástica de un servidor, finalista de un premio patrio fantasioso…


[1] Algunos mitos españoles, Madrid, 1944

viernes, 11 de julio de 2008

Le Sieur Bouvet


Viendo que os interesa el tema brujeril, fuente inagotable de Libros Increíblemente Extraños, evocaré uno de los manuales técnicos de tortura más célebres del ocaso de la Caza de Brujas, “tal vez el más inhumanamente humano de todos los manuales destinados a los jueces seglares” (R. H. Robbins).

Se trata de las Manières admirables pour decouvrir toutes sortes de crimes et de sortilèges (Paris: I. de la Caille 1659, 342 pp. in 8°) de Le Sieur Bouvet, prevoste general del ejército francés en Italia. El tal Bouvet fue un minucioso casuista del dolor, entrando en sutiles detalles como el modo de torturar a un prisionero sufriente de sífilis o cuándo exactamente los “pacientes” deben gritar de dolor (señal de que el “tratamiento” está siendo debidamente aplicado).

En caso de que alguien aguante el dolor, tenemos el ingenioso capítulo 20, “Qué debe hacerse si el prisionero es sospechoso de usar encantamientos para resistir la tortura”. Pues bien, debe ser desnudado. Cada parte de su cuerpo debe ser escudriñada, especialmente la nariz, las orejas, las partes pudendas, las heridas y eccemas, buscando diminutos trozos de pergamino o piel vieja que encubrieran algo de cera grabada con inscripciones. Si no se encuentra nada hay que quemar el cabello, la barba y el pelo púbico, ya que ahí es donde se esconden prioritariamente los demonios “familiares”.

Si aún no se encuentra nada quiere sin duda decir que el prisionero lo ha tragado. Debe ser aplicado un emético para causar la evacuación del encantamiento. La mayor parte de las veces es en ese momento cuando se confiesan todos los sortilegios efectuados...

En ningún momento el erudito Bouvet piensa en un pequeño “detalle”: que alguien pueda resistir a la tortura por pura fuerza física y mental. Todo prisionero que aguante el dolor está protegido por la magia. De ahí la necesidad del tratamiento citado.

Tal era la lógica impecable de la persecución quimérica (pero terriblemente "concreta") de esas entidades imaginarias llamadas “brujas”.

lunes, 16 de junio de 2008

Dolería del Sueño

Proseguimos la galería de Libros Increíblemente Extraños hispanos con la singular Dolería del Sueño del Mundo, enorme y fantástica alegoría publicada en Amberes en 1572 por un tal Pedro Hurtado de la Vera, tal vez un judío portugués escapado del Santo Oficio.

La idea inicial es sumamente barroca: Morfeo sume al Mundo en un profundo sueño que durará seis mil años, desarrollando entre visiones el espectáculo de la vida humana antes de entregar al durmiente, brutalmente despertado, a los brazos de Carón, quien se lo lleva en su barca hacia un Más Allá con resabios un tanto paganos…

Lamentablemente la lógica alegórica transforma las aventuras “visionadas” en un enrevesado juego de conceptos, resumido por la propia amonestación del autor: “Duerme el Mundo y sueña ser Heraclio amor de virtud y fama, con el contrapeso de vanagloria, que es Honorio su criado. Logístico, la Razón que manda sobre ella, la cual cae alguna vez para levantarse con más fuerza como Antheo (…). Astasia es la sensualidad y hipocresía en hábitos de virtud. El deleyte, Idona, hermosa de cara, de obras fea. Melania, la malicia” y un largo etcétera, pasando por Morio, la ignorancia o Asosio, “la carne vagabunda”…

Pese al formateo alegórico, como ocurre frecuentemente en ese género tan fructífero desde la Antigüedad hasta el rococó, emergen algunos elementos genuinamente extraños. Citemos las extrañas transfiguraciones de los personajes (acto III, escenas 7 y 8, etc.) y, muy especialmente, los engaños del bosque encantado donde las sombras se hacen cuerpos y los cuerpos sombras y toda persona se duplica y llega a perder la conciencia de sí mismo.

Sin llegar a los delirios alquímicos de su contemporáneo (bastante más cachondo) Béroald de Verville en la alquímica Historia Verdadera de los Príncipes Fortunados (1610), Hurtado de la Vera se merecía una pequeña mención extrañística por sus sombras humanoides.

Ahí queda.

domingo, 18 de mayo de 2008

Bella Durmiente bis

Preñada por el díscolo rey, la Bella Durmiente da a luz dos gemelos de sexo opuesto, asistida por unas simpáticas hadas que ponen a las criaturas sobre sus senos para que puedan mamar. Un día, el niño pierde la teta y se pone a chupar el dedo de su madre, quitándole la espina letárgica. Talia despierta, confusa ante su progenitura. Les da el nombre de Sol (al niño) y Luna (a la niña).

Un día el inconstante rey se recuerda de la durmiente que violó. Decide volver para ver si sigue dormida (y probablemente echar otra canita al aire). Al verla con los gemelos le cuenta lo ocurrido. Se queda allí unos días con ella, empezando un idilio ya más convencional. Aunque un tanto sulfuroso, pues está ya casado, allá en su reino.

De vuelta al tálamo conyugal clama los nombres de sus hijos y amada durante el sueño. La reina se cosca y consigue que el secretario del rey le desvele el pastel. Ladina, manda un mensaje a Talia para que le mande a sus hijos a la Corte. Ingenua, Talia accede.

La historia aquí se vuelve aún más fuertecilla. La reina, emulando a las heroínas trágicas greco-romanas, pide a su cocinero que cocine a los dos niños y se los sirva al rey. El tema de la comilona antropofágica era ya muy célebre en la literatura europea. De Séneca al Tito Andrónico de Shakespeare varios papás y mamás, antropófagos involuntarios, habían digerido a sus retoños, víctimas de un sadismo sin límites.

Horrorizado, el cocinero esconde a los niños, sirviendo unos corderos al rey. Este, deleitándose de lo suculento del plato, se ve felicitado por su parienta, la cual (fatal hasta la médula) le dice: “Come, come, que estás comiendo lo que es tuyo…” (chanza que ya encontramos en el Bardo inglés).

Contenta con su canibalesca treta, la reina manda venir a Talia para, de modo más convencional, quemarla viva.

Talia, para ganar tiempo, le pide que le deje deshacerse de sus bellos atuendos antes de ser chamuscada. La reina accede, a regañadientes.

Comienza entonces uno de los strip-teases más Increíblemente Extraños de la literatura, para más puro deleite de los lectores perversos.

Cada vez que se saca una prenda, Talia grita su dolor (¿os suena de algo? El final de Barbazul, otro colmo de Sadismo Sólo para Niños). Al cabo, el rey la oye y aparece en la habitación donde se calentaba la hoguera. La reina le dice que va a quemar a la adúltera y le cuenta que el otro día se papeó a sus gemelos.

El rey, desesperado, ordena quemar a la reina, al secretario traidor y al cocinero caníbal, el cual le explica lo ocurrido. Así, mientras los malos son rostizados al más puro estilo europeo (Basilio escribe mientras aún humean las hogueras de la caza de brujas), los amantes de tan singular historia se reúnen al fin.

“Gente con suerte”, reza la extraña moraleja, “el que tiene suerte que vaya a la cama y la felicidad lloverá sobre su cabeza”, tal vez alusión algo soez a la violación catatónica sufrida por la Bella Durmiente…

Y luego que digan que los videojuegos inculcan ideas nocivas en las mentes de los enanos…

P.s. Si queréis comprobar por vosotros mismos las refrescantes brutalidades de Basile podéis agenciaros la estupenda traducción española de Siruela.

sábado, 17 de mayo de 2008

La verdadera historia de la Bella Durmiente


Los cuentos populares, magnífica reserva de historias Increíblemente Extrañas, han ido conociendo, en Occidente, un proceso de “domesticación” y edulcoración realmente penoso, debido a su creciente acotamiento dentro del “ghetto” de la literatura para niños. Cuentos que, en su origen, eran destinados a un público mixto (el de la familia extensa donde adultos y canijos dormían en la misma cama –con los “incidentes” procaces que uno imagina) que los saboreaba por igual, han sido poco a poco reducidos a un universo infantil muy aseptizado.

Buen ejemplo de lo que nos hemos perdido en el proceso es el caso de la Bella Durmiente y, en general, del Pentamerone de Giambattista Basile, Libro Increíblemente Extraño donde se ubica la primera referencia literaria al cuento. De hecho el libro de Basile es, después de los compendios de exempla medievales (sobre los cuales algún día hablaremos), una de las primeras recopilaciones de cuentos populares, escrita casi cien años antes de los célebres Contes de Ma Mère l’Oye de Charles Perrault.

«Lo cunto de li cunti overo lo trattenemiento de peccerille» («El cuento de los cuentos, o entretenimiento para los pequeños»), renombrado en la cuarta edición «Il Pentamerone» (ya que, en homenaje a Boccaccio, se trataba de cincuenta cuentos narrados durante cinco días por diez contadores de historias), estaba en realidad destinado a cortesanos adultos, ya alejados del universo popular rural (de sus súbditos) que descubrían como algo sumamente “exótico”.

Por ello abundan caracteres que ahora chocarían en cualquier consejo editorial de libros infantiles, desde la violencia más brutal hasta el sexo y la escatología más radicales (baste como ejemplo esa cucaracha mágica que se introduce todas las noches por el ano de un marido nefasto, provocándole una atroz diarrea que le impide consumar el matrimonio, devolviendo así a la desconsolada princesa a su primer y auténtico amante…), los cuales hacen de la obra un monumento barroco inigualado, bastante fiel, por lo demás, a la “cultura popular” estudiada por antropólogos e historiadores.

El tratamiento basiliano de la Bella Durmiente dista bastante, como ya os podéis ir imaginando, del célebre film de Walt Disney.

El cuento se llama aquí “Talia, el sol y la luna” y narra el nacimiento de Talia, hija de un rey que, preocupado por su destino, se rodea de astrólogos y sabios. El horóscopo advierte que la niña correrá gran peligro a causa de una espina de lino. Para protejerla, el rey decreta que jamás se traiga lino a su corte.

Años después, como era de esperar, Talia mira por la ventana (como todas las princesas) y ve a una vieja tejiendo lino. Curiosa (como las mujeres en la tópica medieval), pide estirar ella misma el lino. En cuanto comienza a tejer una espina se le hunde bajo la uña y cae al suelo, como muerta (tal vez una reacción alérgica?). El padre, incapaz de decidirse a enterrarla, la envía a uno de sus palacios, donde yace vistiendo sus mejores galas, como crionizada.

Un rey anda cazando por los bosques cercanos. Su halcón se escapa (topos que arranca nuestra querida Celestina) y se cuela en el palacio de la Bella. Buscándolo el rey se encuentra con el cuerpo, incorrupto, de Talia (calidad que la une, en el imaginario barroco, tanto a los santos como a los muertos vivientes).

Trata, en vano, de despertarla. Ni corto ni perezoso, excitado por su belleza, se la cepilla (!)

¿Esa parte no os la habían contado, é? Pues se trata de un bonito caso de casuística sexológica que seguramente fascinó a los contemporáneos de Basilio, desde nuestro carpetovetónico Sánchez hasta el pobre Billuart: ¿De qué tipo de lujuria releva? ¿Se trata de mera necrofilia? ¿El hecho de que ella fuera incorrupta constituye acaso un atenuante? ¿El estupro es, técnicamente, forzado sobre la virginal joven o no? ¿Al ser adulterio simple (de un sólo miembro) se multiplica el pecado? ¿Visto el resultado (la vuelta a la vida de la joven forzada) se puede decir que el príncipe, lejos de cometer un pecado nefando, hizo algo laudable?

El caso es que, saciado, el rey deja la Bella a su catatónico sueño y se pira a su reino.

La historia no acaba ahí, ni mucho menos...

Así que, como en los cuentos...

Continuará