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domingo, 9 de mayo de 2010

El Chocheras




¿Cómo están ustedes ?

BIEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEN

¿Queréis más extrañezas finiseculares ?

SIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII

Pues ahí va una de uno de mis Extraños predilectos que, por razones del azar y de su ocupada agenda póstuma (aún tienen que redescubrirlo los ladrones de cadáveres universitarios), ha tardado en personarse en este blog.

Él es Dubut de Laforest, al que podríamos llamar sin temor a la hipérbole el Zola de lo Increíblemente Extraño.

Y es que el Dubut se cascó una monumental saga de treinta y siete novelas (en realidad la recopilación de todas sus obras anteriores) que llamó, sin comerse demasiado el tarro, los Últimos Escándalos de París (1898-1900).

Si ya a Zola le llamaron (sus propios colegas, bueno desde que dejaron de serlo, claro) “El gran fecal” por su fascinación por lo sórdido y abyecto, Dubut se llevó la palma del cropo-naturalismo y la perversión textual.

Basta echar una breve ojeada a cualquiera de sus páginas para encontrarnos con un universo barroco poblado por ninfómanas, sátiros (a lo Marou), homosexuales, lesbianas, morfinómanos, prostitutas, proxenetas, asesinos, sádicos, masoquistas, fetichistas, coprófagos, mujeres fatales, necrófilos, monos e incluso (toda una primicia) inseminaciones artificiales.

Y es que Dubut estaba fascinado por las rayadas sexológicas de la época, catalogadas en plan entomologista por el Über-Extraño Krafft-Ebbing en su Psychopathologia sexualis.

En la obra que hoy nos ocupa se trata de un estudio psicopatológico y muy sexual del viejo chocho.

Le Gaga, en gabacho, que es más rítmico y divertido…

un momento, me diréis, ¿no será como una tal Lady…?

¿Quiere entonces decir que su nombre… es Lady Chocho?

Corred a vuestros móviles y portátiles, difundid el scoop…

Lady Gaga es también una extrañonauta de las nuestras.

Y tiene nombre de aparato genital…

Pero volvamos a nuestro Gaga original…

No se trata de cualquier tipo de viejo chocho, claro. El viejo chocho y pervertido. Chocho por pervertido. Y no al revés, ojo.

“Son miles los hombres que se derrumban antes de tiempo. Todos estos viejos chochos, víctimas de su inactividad, están atenazados por la muerte; y si la muerte tarda y si manos acariciantes, dedicadas y fieles no les protegen, todos estos chochos caen, una noche u otra, bajo el peso de la ley y terminan en las colonias penales o en los asilos de alienados”…

El viejo conde Jacques de Mauval, retoño de « una de las más ilustres familias francesas », es un viejo sátiro, en el sentido clínico de Merou, “el viejo enamorado padecía satiriasis, esa neurosis que es, para los hombres, lo que la ninfomanía es para las mujeres”

El Gaga es ante todo, dirá Dubut en el célebre proceso por obscenidad que provocó su libro, “un libro de ciencia. Para convencerse basta ver el lugar que ocupa la historia de la enfermedad, las páginas dedicadas a la decadencia romana, los relatos sobre íncubos y súcubos, las observaciones puramente médicas relativas a los neurópatas, los chochos y los satiriásicos [sic]…”

Toma ciencia, como diría Rogelio (la marioneta. NOTA: Oscura referencia arqueológica a viejos programas tele-infames).

El chocheras que da título a la obra es un senador chocho y sádico casado con una mujer amantísima, una de esas santas del hogar dispuesta a toda para complacer a su infame marido.

A todo. De ahí el proceso por obscenidad.

A los jueces pareció gustarles especialmente una escena un poquito subida de tono (incluso para 1885) donde la mujer se presta a las abyectas fantasías del viejo monómano, con el loable propósito de tratar de curarlo…. Y devolverlo al lecho conyugal y a la virtud!!

Chocheante a golpe de satiriasis, el viejo senador ya casi no puede ni hablar…
“Su voz no era ya más que un farfulleo, una serie de frases perdidas entre sofocos y gargarismos…. Mascando las palabras en un ruido de ferretería, entrecortado por los silbidos de una vieja locomotora descuarinjada y casi acabada…”
Vemos que en cuestión de lirismo, el Dubut no tiene parangón… y el descuarinje parece más de la frase que del viejo chocho…

La escena se vuelve totalmente hilarante cuando en el capítulo VI Mauval tiene que dirigirse al senado, siendo sólo capaz de articular lo siguiente:

“Me- essieurs Mé-é-é-é-essieurs é-é-é-é-é-essieurs...”

hasta que “ya ningún sonido salía de su garganta”

Y todo por darle tanto a la minga.

Claro que es un neurópata.

“Tout s’explique”, como dicen nuestros vecinos.

Para más “ciencia”, Dubut añade al final de la novela una serie de fantasías eróticas del viejo chocho, así a modo de documento psicopatológico. Como haría poco después, en su pequeño gabinete vienés, el joven Sigmund Freud.
Sólo que las guarradas del viejo chocho, por muy científicas que le parecieran a Dubut, no dejaban de ser soberbias guarradas.

Y los jueces, que no eran tontos, se pisparon.

Pero el gaga y su santa esposa no son los únicos colgados de este retablo tremendista (sí, los franceses también son tremendistas, antes, más y mejor que nosotros).

Está el “amigo” del conde, el sadiquísimo marqués de Sombreuse, artífice de su ruina, quien “se arrojaba sobre sus amantes de paso como los grandes monos se arrojan sobre las hembras de los salvajes de América [otra vez el Dubut con sus sinpares símiles!] y, como éstos, capaz de matarlas si se le resistían…”

De hecho, como para ilustrar esta idea, terminará cargándose a su chacha y… a su mono.

Porque resulta que también hay un mono (no sólo de símiles vive el mono…). Y no un monito cualquiera…

Uno de esos monos decadentes que tanto nos gustan. Se llama La Hire y es una especie de eslabón perdido, “supermono” antorpomórfido que recuerda al Hémo de Dodillon, publicado precisamente ese mismo año (vale que la decadencia fuera simiófila y para-darwiniana pero aquí huele un poco a plagio).

Supermono (éste será el título de otra novela extraña de Edme Tassy) o subhomre, La Hire tiene la “talla de un bello caballero francés”, un hocico “poco proeminente, cuyo ángulo no parecía más oblicuo que el de un negro, confiriéndole sorprendente parecido con un humano”… cómo no, hemos reconocido el racismo ordinario de la Europa imperial.

De hecho, por si no quedaba claro, La Hire tiene a su servicio a… un negro!
“En los días más bellos, Jack Novar venía a deshacer la cadena de plata que mantenía al mono junto a su cocotero y ambos, el negro y el animal, como buenos amigos, similares de aspecto y de cara, bajaban a darse una vuelta por el jardín…”

Qué cabrón el Dubut. Lo peor es que en aquella época esto era lo que pensaban, sin pizca de ironía, la inmensa mayoría de los “bienpensantes” europeos.

En el banquete final ofrecido por el marqués de Sombreuse, mezcla alucinante de extrema civilización y extrema barbarie, habrá también un indígena de Tierra-de-Fuego, sacado del Jardín de aclimatación donde estaba expuesto (práctica corriente de las grandes capitales metropolitanas) para mayor recogijo general.
Cuando el banquete degenera en orgía, serán precisamente el mono y el indígena quienes se disputen los favores de… una africana.

Los dos protagonistas de esta fricada se encuentran al final de la orgía cuando el “chocheras” contempla, “saltarineando sobre los cuerpos apelotonados de hombres y mujeres, su pariente y amigo La Hire, el mono riente, rey de la naturaleza”…

Unidos a medio-camino entre la regresión del chocheras al estado animal y la elevación friqui-darwiniana del mono al estado social.

En la nueva escalera evolutiva la regresión del Homo-deus al Homo-sinicus es ya un hecho consumado.

Quizás por ello el extraño Dubut decidió, en pleno apogeo de su éxito, volarse la cabeza en 1902.

sábado, 8 de mayo de 2010

Rabia carnal




Ya os hemos hablado en estas páginas de algunos Libros Increíblemente Extraños de la extrañísima Fin-de-siècle que tanto nos flipa (sin duda por lo mucho que a la vez se nos asemeja y que nos es ya ajena).

Pues bien, quizás la que se lleve la palma del malrollismo y la abyectomanía naturalista es la Rabia carnal (Rage charnelle) del belga Jean-François Elslander (1890).

En esta "novela naturalista" (así reza el subtítulo, por si no nos coscamos) nos presenta a uno de esos palurdos degenerados que tanto gustaban a Maupassant, Zola y compañía (por no hablar, en nuestros lares, de Felipe Trigo o Pinillos, sobre los que os tendré que contar algunas extrañezas en algún otro momento).

Se llama Marou y es leñador y cómo no cazador furtivo. Es también un jodido obseso sexual.

Y una de sus obsesiones es la joven y virginal Madeleine, la hija de su ex amante, ya fallecida.

Un día, en la torre derruída que les sirve de cobijo, se propasa y ella huye.

El la busca, enloquecido, or un paisaje que bien podría ser, más que la campiña belga, el trasunto del propio Infierno, a mil leguas de cualquier idilismo pastoral.

Una noche la encuentra, la viola y la mata.

Luego se la lleva cual animal salvaje, arrastrándola por los matorrales hasta una cueva.

Allí, aún más loco si cabe, pasa días y noches (esto es docenas de páginas bastante indescriptibles) profanando el cadáver hasta que, destruído por su fervor bestial y su carencia de alimento (nuevo y necrófilo Quijano que de mucho... y poco... enfin, creo que queda claro, no?)

Y como decía Porky al final de los dibujos de la Warner, "eso es... eso es to... eso es todo amigos"

Os podéis imaginar, tras ver el vuestro en el espejo, el careto que se le quedó a la peña que leyó esta rayada en 1890.

Marou radicaliza la idea naturalista del hombre regido por la tiranía genética de sus instintos, pasándose, como quien dice, tres pueblos.

Si Charlot se divierte nos presentaba el caso clínico del destajismo onanista, la "rabia carnal" de Marou ejemplifica lo que los sexólogos de la época llamaban, en sus latinajos habituales (igual que ahora se angliciza todo para quedar profesional) la "satiriasis".
Y si pensáis que quizás al Eslander se le ha ido un poquito la mano, bastan con echar una ojeada a uno de los numerosos tratados "satiríasicos" de la época para daros cuenta de a donde os pueden llevar los excesos de "rabia carnal":::

Así leemos en el "Tratado práctico de las enfermedades nerviosas" de Claude-Marie-Stanislaus Sandras y Honoré Bourguignon:

"los organos genitales están excitados, calientes, en acción continua. La verga esté en erección violenta; no solo están duros y llenos los cuerpos cavernosos, como en el priapismo; el canal de la uretra y sobretodo el glande están hinchados y duros. Esos órganos están así en tensión durante horas y días y, si vienen a apaciguarse por un momento, se despiertan a la menor excitación.
Un pensamiento, un olor, una visión, la cercanía de una mujer son suficientes para que el paroxismo empieze de nuevo. En este estado algunos hombres repiten el acto venéreo de manera increíble. Los autores citan ejemplos escalofriantes. He curado a un enfermo que todas las noches reemprendía el coito con su mujer al menos doce o quatorce veces, y cuando ella se negaba a tan penosa fatiga, él se masturbaba a su lado. Esos excesos terminaron, en este caso, por una tisis pulmonar tuberculosa de las más agudas. El desdichado había sufrido durante meses la enorme perdida que su satiriasis implicaba. Los ejemplos de cincuenta, sesenta e incluso setenta coitos completos en veinticuatro horas que los autores describen han sido todos casos de satiriasis aguda"...

Más específico, el Diccionario de medicina y cirugía práctica de Gabriel Andral explica que:

« Tranquilo o furioso, según el paciente, este delirio monomaníaco viene acompañado de fiebre ardiente: la cara se vuelve roja, los ojos brillantes, y la sobre-excitación del encéfalo complica varias funciones de la vida nutritiva; la boca, dicen los autores [siempre los mismos, misteriosos y ausentes!], deja escapar una bava espumajeante; el enfermo exhala un olor similar al de los animales en celo y tan sólo busca satisfacer su rabia amorosa sobre un objeto cualquiera. Si encuentra alguna resistencia empleará todos los medios para superarla. Así un soldado de Montpellier se precipitó sobre una joven y la violó públicamente... “

Así que, por lo que vemos, Eslander no iba tan mal encaminado en su “estudio clínico”.

Y respecto al tema un tanto chocante del abuso póstumo, no hacía más que imitar al abanderado del Naturalismo belga, el gran Camilla Lemonnier que en Un macho (Un mâle) nos presentaba una escena de corte inverso, esto es, a la joven P'tite (esto es Pequeña) satisfaciendo sus "aviesos deseos de virgen" sobre el cadáver de... un cazador furtivo!!

Pero ahí donde Lemonnier se quedaba en una mera alusión, Elslander se recrea a ojos vistas siguiendo las elucubraciones cada vez más repugnantes de su "héroe".

De hecho, anticipando técnicas novelescas de lo que se dio en llamar la Nueva Novela, consigue aquí un exceso de realismo o sobre-realismo que se convierte en delirio casi fantástico.

El libro, como os podéis imaginar, fue interceptado por la Justicia tanto en Francia como en Bruselas y curiosamente (lo cual demuestra lo falso que es suponer una censura puritana de la que nosotros, los más guais, nos habríamos emancipado) absueltos.

Es más, la revista de Edmond Picard L'Art moderne saludó la obra como "una de las más curiosas publicadas en los últimos tiempos [y tanto] y [al loro] fecunda en auténticas bellezas de estilo (!!!!)"

Elslander, que debía de ser un poco rarito, reincidió en la temática macabra en sus cuentos recogidos bajo el simple y efectivo título de Cadáver (1891). En él tenemos desde una historia de matricidio con uno de los sádicos más sádicos del sadiquísimo fin-de-siècle hasta una historia de un cadáver putrefacto que poco a poco obsesiona a su involuntario asesino

Y ahora, como colofón, el detalle quizás más inquietante de toda esta historia.

Jean-François Elslander fue sobre todo conocido por sus libros de pedagogía, con títulos influyentes como La educación desde el punto de vista sociológico (1898) o, ya mucho más tardía, La infancia liberada (1948)…

¿Acojona, no? Si hasta suena como Freinet… ya decía yo que los pedagogos…

En un pequeño texto teórico sobre “la vergüenza de ser uno mismo”, quizás haya desvelado un poco de su bipolaridad nuestro elusivo e inquietante pedagogo:

“En realidad, sean cuales sean las apariencias, siempre estaremos en rebelión contra las leyes de la moral y de la sociedad, y cuando las acatamos es porque se nos imponen a la fuerza, fuerca convencional o ficticia, fuerza social real. Claro, hay en nosotros un convencimiento más o menos razonado, más o menos poderoso, de la necesidad de nuestra sumisión; pero también sentimos que se oponen a menudo a nuestras necesidades y deseos. Y actuamos de un modo u otro según los casos...”

jueves, 4 de diciembre de 2008

El príncipe Apprius



El siglo de las Luces fue también el siglo de la pornografía y la utopía. Nada más natural, pues, de combinar ambas, como hicieron Sade o Diderot, ya tratado en estas páginas.

Menos conocido, sin duda, pese al éxito del que gozó en el momento de su publicación, es el librito de P. L. Godard de Beauchamps, Historia del príncipie Apprius, cuyo verdadero título sigue Extraída de los Fastos del Mundo, desde su Creación, manuscrito persa encontrado en la Biblioteca del Scha-Hussain [!!], rey de Persia, destronado por Mamuth en 1722. Traducción francesa de Messire Espíritu, gentilhombre provenzal sirviente en las tropas de Persia. Impreso en Constantinopla, el año 1728.

La obra relata las aventuras del príncipe Apprius (anagrama de Priapus), joven y apuesto rey (como se aprecia en la arcimboldesca ilustración de la portada!!) que empieza por entregarse a su favorito Danbre (de “bander”, empalmarse) antes de partir a la conquista de Taliélaré (“la realité”!). En el intento naufraga y aparece en el reino de Mina (la mano) antes de ser hecho prisionero por los temidos bárbaros Brularnes (los “branleurs”, onanistas pero también, por extensión, los inútiles o perezosos).

“Un día Apprius, llevado por el ardor de la caza, se extravió, la noche le sorprendió; distinguió al favor de una tenue luz unas casas sobre una colina, llegó hasta ellas y cayó entre las manos de los Brularnes (Pajilleros), pueblos feroces e indómitos, extrañamente ávidos del bien del prójimo, que no quieren tomarlo más que para disiparlo en pura pérdida y sólo lograrn conseguir con su furor el atroz plazer de destruirse a sí mismos haciendo perecer aquellos de quienes se han hecho los amos por fuerza o por habilidad; disípulos de un tal Gidonèse (Diógenes), aprendieron de él a cometer dicho crimen sin vergüenza ni remordimiento…”

Gracias al rey Lucanus (culanus) consigue escaparse e incluso reinar sobre los Ugobers (los “bougres” o sodomitas) y los Chedabars o “bardaches”… Godard retoma aquí, en su alegoría pornográfica, uno de los mitos sexuales más curioso de la Era de los “Descubrimientos”.

En efecto, los exploradores europeos se llevaron una buena sorpresa al encontrarse en casi todos los pueblos americanos hombres que se vestían y comportaban como mujeres. Eran incluso preferidos por los hombres como cónyugues, debido, supuestamente, a su mayor fuerza física… Toda relación heterosexual les era prohibida y debían aceptar cualquier pene que se les presentase, funcionando como chaperos de pueblo si bien algunos ocupaban un lugar sacramental, siendo penetrados ritualmente durante ciertas ceremonias.

Calificados primero de hermafroditas (veremos algún día la obra maestra de Artus al respecto), pronto fueron llamados “bardaches”, término persa para los efebos (siendo la mayoría de ellos adolescentes). El debate actual al respecto opone a los que ven la subcultura “bardache” como una expresión de la homosexualidad y los que lo consideran como simple abuso sexual de menores (no sólo como violación sino también como transformación de niños en niñas por padres que necesitaban más currantas en la choza!).

Apprius sigue deambulando por el país de los Siders (Deseos, en anagrama francés), entre varios personajes con nombres igualmente obscenos, como los Celulois (Cojones) que se harán íntimos amigos del héroe. Conoce, entre otras curiosidades, al pueblo de los Gimidoches (Consoladores), “pueblo grosero, estúpido, masa pesada e informe que no actúa sino por movimientos externos, máquinas por así decirlo inanimadas”…

Lucanus manda a Apprius al frente del ejército que marcha contra la reina Monilne (el “monin” o vagina). Pero Apprius, seducido por la apetitosa figura, levanta su propio ejército para detener la invasión de fuerzas inmundas, trasunto de distintas enfermedades venéreas. El happy end final consiste en el matrimonio triunfal del Priapo y el Coño, tras haber condenado de modo burlesco todas las otras formas de sexualidad.

Como véis, la ciencia ficción pornográfica aún tenía bastante camino por recorrer antes de llegar a clásicos como Barbarella o más aún los pequeños volúmenes de Jean Sadinet (pequeño Sade, pseudónimo de P. Bettencourt) como el muy curioso Los placeres del Rey, descripción de países insólitos cuyas costumbres bastante “diferentes” tienden extrañamente hacia la sado-escatología…

domingo, 13 de julio de 2008

Gamiani


Proseguimos la extensa serie de simios lúbricos literarios prometida en nuestro primer mensaje de Bienvenida y ya evocada en la patética figura de Golo, con uno de los Libros más Increíblemente Extraños del Romanticismo francés así como del Erotismo en general.

Nos referimos al anónimo Gamiani, o Dos Noches de Exceso, atribuido al polifacético Alfred de Musset.

Muchos críticos oponen la melancolía burguesa del Romanticismo a las alegres correrías del libertinaje del XVIII, insistiendo en el auténtico bajón que representó el culto del sentimentalismo de las jóvenes generaciones frente a la apología del desfase de sus ancestros. Algo así como la Cruzada moral que ha seguido al desparrame de los sixties y seventies del pasado siglo.

Pero el Romanticismo también tuvo sus descontroles pornográficos y Gamiani es buena prueba de ello, sin duda la más patente.

La singular obra se hace eco de las correrías prostibularias del propio Musset (quien insistió en aparearse con una “trabajadora del sexo” delante de sus amigos Mérimée- el de Carmen- y Delacroix –el de la Marianne) y de los de su joven amante, barona Dudevant, más conocida como George Sand, bisexual notoria (hasta tal punto que Alfred de Vigny, otro romántico, temía que la Sand le levantara a su amante, la actriz Marie Dorval).

Alcide se introduce en la cama de las tríabadas Gamiani y Fanny donde, entre coito y coito, postura y postura, se van contando cochinadas. Gamiani evoca sus flagelaciones a manos de los franciscanos, Fanny sus compulsivos onanismos infantiles.

Llegan entonces Médor, el perro vicioso y Julie, la perversa y complaciente criada armada de un “gigantesco consolador repleto de leche caliente”. Se monta, valga la expresión, la de Dios es Cristo. Acaba la primera noche.

La segunda nos lleva a nuestro tema, pues se nos cuenta la historia de Santa, superior de las hermanas de la Redención, desflorada por un orangután.

Sí, han leído bien.

“Cavilando a más y mejor, cayó en la cuenta la ninfómana de que, entre todos los animales, es el mono el que más parecido tiene con el hombre. Precisamente poseía su padre un magnífico orangután. Corrió anhelante a verlo y a estudiarlo y, como se pasase un largo rato examinándolo, el animal, excitado sin duda por la presencia de la muchacha, acabó por mostrarse en la más tentadora y deslumbrante masculinidad. Al fin topaba Santa con lo que cada día buscaba, con lo que era su sueño cada noche. Se le aparecía el ideal, vivo y tangible. Para colmo de dicha, el inestimable tesoro se erguía más firme, más enhiesto y pujante de cuanto ella pudiera ambicionar. Los ojos del orangután la devoraban. El animal se adelantó, se agarró a los barrotes de la jaula y se estremeció con tal ímpetu y tal arte que al fin Santa supo lo que hacía. Arrebatada por su afán, separó un hierro con increíble fuerza y dejó libre el espacio preciso para que la rijosa bestia se aprovechase a su gusto y antojo. Ocho buenas pulgadas, acaso más que menos, se mostraron, potentes y encendidas.…”

Corramos un tupido velo sobre la “orangutanación” (sic) que sigue, que tod@s podéis imaginar. Lo irónico, claro está, es que Santa, descubierta, será enviada a un convento que en realidad (como en todas las novelas libertinas) es un paraíso del sexo, y más en concreto del animalismo pues, imitando las damas romanas de las Saturnales, las hermanas han adiestrado un asno fenomenalmente membrado para iniciarse, en coro, a los misterios de la carne…

Al final de la noche Gamiani hace beber a su amante Fanny un “elixir de vida” que en realidad es un veneno letal. Gamiani apura lo que queda y ambas mueren en un último abrazo, exceso último del más allá del placer…

El porno romántico había nacido.

Y, más discretamente, todo un subgénero Increíblemente Extraño se anunciaba ya[1], cargado de futuro…

¡Gorilas en celo!


[1] Al punto retomado por un oscuro texto de Flaubert, Quidquid volueris, retrato de un amantísimo primate.

miércoles, 2 de julio de 2008

La cola del formosano


Dentro de los manuales sexológicos Increíblemente Extraños de la Santa Madre Iglesia, el Disputationes de sancto matrimonii sacramento del jesuita cordobés Tomás Sánchez (1550-1610) fue de los más influyentes.

Sánchez había recogido una documentación prodigiosa, esforzándose por no omitir tipo alguno de pecado relativo al fornicio, resultando de ello una obra de extraordinaria obscenidad (condenada en parte al Índice de Libros Prohibidos) que fue tan venerada por seguidores como nuestro Billuart como mofada por los libertinos más cachondos.

Más curioso aún que el tratado fue tal vez el propio estatuto del padre Sánchez, “Santo Tomás del sexo” cuyo renombre en la Europa barroca haría palidecer a la propia Candace Bushnell y sus homólogas contemporáneas.

Los eruditos y poderosos venían desde muy lejos para confrontar los casos más peliagudos al temible casuisita. El cachondo Mirabeau relata, en su magnífica Erotika Biblion (del que hablaremos sin duda) cómo unos viajeros relataron, siguiendo a Plinio (otro de los nuestros!), expusieron un problema un tanto…singular.

Se decía que los habitantes de Formosa (algún día sabréis más sobre ellos) poseían un apéndice caudal de unos veinte centímetros, situado en el trasero y móvil como la trompa de un elefante. “Uno de estos hombres con cola se acostó entre dos mujeres, una de las cuales, de clítoris considerable, puso éste en posición pederasta (!) metiéndose la cola del insular siete dedos en el vaso legítimo; el insular, afable, se dejó hacer mientras, para ocupar todas sus facultades, gozaba de la otra mujer siguiendo las leyes naturales”…

El Sapientísimo Sánchez diagnosticó que “en el primer caso se trataba de sodomía doble pese a incompleta en sus fines, ya que ni la cola ni el clítoris pudiendo segregar libaciones (!!!), no operan contra las vías de Dios y la voluntad de la Naturaleza. En el segundo se trataba de simple fornicación”.

Constantemente asediado por imágenes libidinosas (deformación profesional, como quien dice), el buen padre bebía sólo agua y evitaba ingerir especie alguna, se sentaba sobre mármol, cambiando de sitio en cuanto sentía calor bajo sus nalgas y levantando siempre los pies a diez centímetros del suelo…

lunes, 30 de junio de 2008

El poema de Linière


El poeta Linière, que Edmond Rostand incluyó brevemente en su Cyrano de Bergerac (dedicado a uno de nuestros Autores Increíblemente Extraños), se bebió un día todo el agua de una pila de agua bendita donde la mujer que amaba había humedecido sus dedos.

Esta “acción poética”, concretización vital de la hipérbole barroca, es todo lo que ha quedado de su obra, y todo lo que sabemos de él.

Desconocido ancestro de la performance surrealista practicada por P. Soupault, J. Rigaut, M. Leiris o nuestro recientemente fallecido Pepín Bello, Linière nos brindaba, con su manifestación extrema de idolatría amorosa, un curioso ejemplo de poesía vital (o, como dirían ciertos colegas, de tronismo total).

sábado, 28 de junio de 2008

La División del Placer


La celebérrima banda de Ian Curtis, indiscutiblemente una de las más grandes de la (breve pero ya tan hipertrofiada) Historia del Rock, debe su título, como los más listillos ya sabéis, a un oscuro “paperback” de la Era Dorada, la (Otra) Casa de las Muñecas (House of Dolls, a no confundir con la obra teatral de Ibsen).

Escrita en 1955 por un misterioso "Ka-tzetnik 135633" describía las desde entonces tristemente célebres Divisiones del Placer, grupos de internas judías de los campos de exterminio sometidas a las vejaciones sexuales de los oficiales nazis (pese a todas las directivas nazis contra la unión entre arios y judíos, cimiento y justificación del propio régimen... algo que da para meditar). La existencia de burdeles en diez campos de concentración (entre los cuales Ravensbück y Auschwitz) fuera ya hecha pública por el Ministerio de Información británico en el 45, cuando el descubrimiento y liberación de los mismos (filmados, entre otros, por Alfred Hitchcock!!).

Aparentemente basado en el diario de una prisionera polaca obligada a dicha esclavitud sexual (aunque otros dicen que en experiencias de la propia hermana del autor, muerta en la Shoah, así como el hermano, también sometido a abusos tal y como se relata en Piepel), la obra relata cantidad de atrocidades (prefigurando la Atrocity Exhibition de Ballard que también daría título a uno de los himnos de Curtis).

Yehiel De-Nur (1909-2001), autor de la obra, fue él mismo encerrado en Auschwitz durante dos años, bajo el "nombre" de Ka-Tzentnik ("prisionero de campo" en yiddish) 135633 (el número que los nazis tatuaban en sus víctimas), escogido para firmar sus desoladoras memorias del "planeta de cenizas" (como él llamaba al campo). Fue uno de los testigos llamados a declarar contra el vertugo Adolf Eichmann en el histórico juicio de 1961, aunque, submergido por el dolor, perdió el conocimiento. Durante el resto de su vida, como tantos otros supervivientes, Yehiel sufrió pesadillas recurrentes y depresiones mórbidas. En 1976 se sometió a una psicoterapia psicodélica (sólo en los seventies había de eso!), experimentando con LSD, lo cual le proporcionó las visones que nutrieron su Extrañísimo libro Shivitti...

Por una trágica ironía (que demuestra lo jodido del género humano) el libro fue consumido como pornografía, empezando por la propia Israel (!), donde inició un subgénero Extraño conocido como "Stalags" (campo de trabajo), producidos en masa por Ezra Narkis y consumidos mayoritarmiante por adolescentes, hijos de las propias víctimas descritas (!!). El contexto puritano del gobierno israelí de entonces, así como la conmoción traumática que siguió al detalladísimo juicio a Eichman explicarían (en parte) tamaña fascinación con la transgresión última del supremo tabú (en sintonía, más allá de lo socio-político, con las teorías de G. Bataille sobre el Erotismo).

Perseguidos por la ley cesaron de ser comercializados dos años después del nacimiento del género aunque la oleada de fascinación erótica con los campos se trasladó a Occidente, donde la edición "paperback" de La Casa de Muñecas vendió más de cinco millones de ejemplares. Por ese momento cantidad de Men's Magazines estaban produciendo relatos e imágenes de sexísimas oficiales SS torturando a musculosos americanos y de sádicos y depravados nazis flagelando increíbles pin-ups.

De hecho cuando Joy Division retomó el tema hacía ya cuatro años que triunfara en la gran pantalla Ilsa, la Perra de los S.S (1974), inaugurando el Increíblemente Extraño subgénero de la “porno-esvástica” o “nazi-porn”, capítulo más que polémico (hoy en día impensable, en realidad, fuera de circuitos eufemísticamente denominados "especializados") de la Sexploitation sesentera. En España, el subgénero coincidió con la oleada del "destape", nutriéndola y mezclándose, como en Italia (uno de los principales productores de dichos films), con una siniestra (y para muchos nostálgica) fascinación por la parafernalia fascista...


"Asylums with doors open wide,

Where people had paid to see inside,
For entertainment they watch his body twist,
Behind his eyes he says, 'I still exist.'

This is the way, step inside.
This is the way, step inside..."

jueves, 26 de junio de 2008

Marquesa de Sade


¿Os acordáis de aquella Torre de Amor necro-fetichista de la extraña Rachilde?

Hoy, como prometido, os hablaremos de otra de sus singulares criaturas, Mary Barbe, la Marquesa de Sade que da título a la Muy Decadente novelita publicada en el Año de Gracia de 1887.

Mujer fatal (en el sentido literal, claro) como toda Musa decadente, Mary es una vampiresa sui generis, ya que para desgracia suya no ha sido “fertilizada” por su mítico contemporáneo, el Drácula de Bram Stoker (pináculo de la necrofilia finisecular).

Así que tiene que contentarse con pequeñas sangrías a sus anodinos amantes. Hasta el día en que encuentra a su víctima ideal, el pobre Paul Richard que tiene la interesante característica de ser… hemófilo (!).

En su primer encuentro el joven Paul, violentamente emocionado por la vampiresa, tiene un primer ataque, enrojeciendo y sangrando con efusión, algo que fascina, claro está, a su compañera.

Comprendiendo poco a poco lo que “pone” a ésta, Paul entra en una rutina masoquista: “A veces se golpeaba la frente, como quién no quiere la cosa. Otras veces mantenía la cabeza baja y la levantaba violentamente, esperando como recompensa la cruel sonrisa de la mujer caprichosa. Entonces ella le abrazaba con más fuerza, embriagándose con la sangre que la embadurnaba”…

Como en la obra maestra de Stoker, la sangre es evidente trasunto de los “otros” fluidos corporales, no en sentido metafórico o simplemente metonímico, sino literal. Una patología absoluta y perversa del coito fin de siglo.

Por desgracia Paul va curándose de sus crisis hemorrágicas. Así que Mary va distanciándose de él.

Al principio trata de torturarlo, abriéndole heridas para que la sangre vuelva a fluir: empieza con sus uñas, urgándole los poros de la piel, luego con alfileres y “una punta de metal mal afilada con la que tatuaba sus iniciales, apoyando primero dulcemente, escribiendo luego en la carne viva”.

Paul Richard, tratando desesperadamente de conservar a su bella, sustituye el orgasmo por los gemidos de dolor, radicalizando el esquema establecido por el célebre barón (coronado, no lo olvidemos, con la Legión de Honor) Sacher-Masoch.

Como era de esperar el idilio acaba cual rosario de la aurora, con la degradación absoluta de Paul y su abandono.

Nos quedamos con Mary errando por las noches parisinas de la Belle Époque, en busca de nuevas víctimas, prefigurando la Madame la Mort de la obra homónima (1891), ecuación absoluta entre feminidad y óbito.

Rachilde seguiría ahondando en su teratología sexual, jugando con el lesbianismo más “fatal” (Madame Adonis, 1888), el fetichismo (la heroína de La Jongleuse, de 1900, se lo monta, por así decir, con una ánfora griega!), el incesto (Les hors nature, 1897), la obsesión erótica compulsiva (L'heure sexuelle, 1898), o el amor de las niñas (La souris japonaise, 1921).

Nosotros nos quedamos con Mary,

“rondando de noche y durmiendo de día, como las fieras (…) Su ser de carne incorruptible paseaba en medio de las histerias de su tiempo como una salamandra entre las llamas; vivía de los nervios ajenos más que de los propios, sorbiendo voluptuosamente los cerebros... "

Quién sabe si aún se esconde en alguna callejuela sombría del viejo París…


p.s Los que queríais saber de la verdadera Marquesa de Sade, esto es la mujer del Divino Marqués, Renée-Pélagie de Montreuil, seréis satisfechos en su debido momento, cuando comentemos la curiosa correspondencia entre ambos cónyuges…

lunes, 23 de junio de 2008

¿Has fornicado?


Retomemos nuestros queridos penitenciales Increíblemente Extraños, escogiendo esta vez uno de los más célebres, el Decreto de Burchard, obispo de Worms en el siglo XI.

Libro XIX.

120. ¿Has fornicado como hacen los sodomitas metiendo tu verga en el posterior de un hombre? Si estás casado y lo has hecho una o dos veces: 10 años de penitencia en los días oficiales, uno a pan y agua. Si es una costumbre: 12 años. Si es con tu hermano carnal: 15 años.

122. ¿Has fornicado tomando en tu mano el miembro de alguien, y él el tuyo, para agitaros el miembro uno al otro y desparramar así tu simiente? Si sí: 30 días de penitencia a pan y agua.

123. ¿Has fornicado sólo, es decir tomando tu miembro viril en tu mano y tirándote del prepucia; lo has agitado hasta desparramar tu simiente por este placer? Si sí: 10 días.

124. ¿Has fornicado poniendo tu miembro en una madera agurejeada, o cualquier cosa semejante, de suerte que has desparramado tu simiente por dicho movimiento y por tal placer? Si sí: 20 días.

126. ¿Has cometido la sodomía o la bestialidad con hombres u animales, a saber, vacas, mulas o todo otro animal? Si lo has hecho una o dos veces y no tenías mujer con quien saciar tu lubricidad, ayunarás 40 días a pan y agua y harás siempre penitencia. Si estabas casado, ayunarás 10 años en los días prescritos. Si tenías costumbre de cometer ese crimen, ayunarás 15 años. Si has cometido el acto en cuestión en tu juventud, ayunarás 100 días a pan y agua.

166. ¿Has bebido el esperma de tu marido, con el fin de que te ame más gracias a tus acciones diabólicas? Si sí: 7 años de penitencia a pan y agua, en los días prescritos.

172. ¿Has actuado como hacen las mujeres, cogiendo un pez vivo, introduciéndolo en su sexo y manteiéndolo allí hasta que muere, tras lo cual, cocido o frito, lo dan a comer a su marido para que se inflame más por ellas? Si sí: 2 años de ayuno.

Así que ya sabéis lo que toca...

en el supuesto de que hayáis respondido afirmativamente a alguna de estas preguntas (cuanto desparrame de simiente, por cierto)…


p. s. Por cierto, los que me habéis preguntado por la imagen: no se trata de un montaje. Acercaos a Maillezais, Deux Sèvres y comprobadlo...
O pasaros por
esta página
O la Increíblemente Extraña página de Anthony Weir



viernes, 6 de junio de 2008

La Torre de Amor



Ya evocamos alguna vez la Edad de Oro de lo Extraño que supuso el Decadentismo europeo.


Hoy hablaremos de una de sus musas más célebres, Rachilde (más prosaicamente Mme Alfred Vallette) que pasó de ser amiga del inenarrable Alfred Jarry a ser abofeteada por los Surrealistas en un célebre banquete.


Especialista de las sexualidades “fuera de la naturaleza”, según el título de uno de sus novelas, Rachilde (quien gustaba de vestir a lo “amazona” o “ginandra”, como se decía en la época) se centra en La Tour d’Amour (1899) en un tema predilecto del Decadentismo, tal vez El tema decadente por antonomasia, el amor de los muertos.


Desde el caballeresco título, con ribetes trovadorescos, se alude al tema, si bien la Torre en cuestión no es otra que el apocalíptico faro de Ar-men, digno baluarte en la larga lista de faros literarios, de Julio Verne a Virginia Woolf.


Auténtico protagonista de la novela (es un cliché pero en este caso no queda otra), el faro va adquiriendo verdadera vida al modo de las casas malditas del género Gótico (Edgar Allan Poe es aquí, como en el Decadentismo mismo, referencia ineludible).


Completamente aislado en la inhóspita costa bretona, construido a costa de innúmeras vidas humanas, el faro es aprovisionado desde un barco a través de un sistema de poleas. En él habita un viejo solitario, el inolvidable Mathurin Barnabas (onomástica ya maldita) y a él llega un joven virginal, Jean Maleux, relevando en su puesto a un guardián muerto (cómo no) en extrañas circunstancias.


La novela va a seguir la iniciación traumática del joven, iniciación que, fiel al ideario pesimista del Fin de siglo, sólo puede desembocar en el desastre.


Poco a poco nos vamos adentrando con Jean en la locura de Mathurin hasta descubrir su macabro secreto: la obsesión por las bellas ahogadas.


Necrofetichista más que necrófilo propiamente dicho, Mathurin recoge sus cuerpos arrastrados por la marea hasta el faro, les arranca los cabellos (con los cuales se cubre, anticipando a Ed Gein y su célebre trasunto ficticio Leatherface) y les cercena las cabezas, que guarda escondidas como auténticas reliquias.


Sólo la vista de una nueva ahogada puede solazar a este ser totalmente animalizado, ilustrando las teorías contemporáneas de Krafft-Ebing en su Increíblemente Extraño Psychopathia Sexualis (del cual ya hablaremos, no os preocupéis).


Figura del misógino delirante que sólo puede gozar del cuerpo femenino cuando este está muerto y desmembrado, Mathurin es, como el faro que lo alberga (y del cual él es como un Minotauro degradado), un potente arquetipo de la Decadencia.


Jean, poco a poco, irá animalizándose a su vez, poseído por el espíritu mórbido del lugar (que sin duda se cobró la vida de su predecesor). Asistirá a la agonía del viejo y cohabitará durante quince días con su cadáver en acelerado proceso de descomposición.


Cuando llega el nuevo relevo Jean es ascendido a guardián del faro, encerrándose en este y en lo que sabe que es “el inicio de la locura”…



Algún día os hablaremos de las demás criaturas de la singular Rachilde, empezando por la extraña pareja formada por Paul Richard y la Marquesa de Sade…




domingo, 18 de mayo de 2008

Bella Durmiente bis

Preñada por el díscolo rey, la Bella Durmiente da a luz dos gemelos de sexo opuesto, asistida por unas simpáticas hadas que ponen a las criaturas sobre sus senos para que puedan mamar. Un día, el niño pierde la teta y se pone a chupar el dedo de su madre, quitándole la espina letárgica. Talia despierta, confusa ante su progenitura. Les da el nombre de Sol (al niño) y Luna (a la niña).

Un día el inconstante rey se recuerda de la durmiente que violó. Decide volver para ver si sigue dormida (y probablemente echar otra canita al aire). Al verla con los gemelos le cuenta lo ocurrido. Se queda allí unos días con ella, empezando un idilio ya más convencional. Aunque un tanto sulfuroso, pues está ya casado, allá en su reino.

De vuelta al tálamo conyugal clama los nombres de sus hijos y amada durante el sueño. La reina se cosca y consigue que el secretario del rey le desvele el pastel. Ladina, manda un mensaje a Talia para que le mande a sus hijos a la Corte. Ingenua, Talia accede.

La historia aquí se vuelve aún más fuertecilla. La reina, emulando a las heroínas trágicas greco-romanas, pide a su cocinero que cocine a los dos niños y se los sirva al rey. El tema de la comilona antropofágica era ya muy célebre en la literatura europea. De Séneca al Tito Andrónico de Shakespeare varios papás y mamás, antropófagos involuntarios, habían digerido a sus retoños, víctimas de un sadismo sin límites.

Horrorizado, el cocinero esconde a los niños, sirviendo unos corderos al rey. Este, deleitándose de lo suculento del plato, se ve felicitado por su parienta, la cual (fatal hasta la médula) le dice: “Come, come, que estás comiendo lo que es tuyo…” (chanza que ya encontramos en el Bardo inglés).

Contenta con su canibalesca treta, la reina manda venir a Talia para, de modo más convencional, quemarla viva.

Talia, para ganar tiempo, le pide que le deje deshacerse de sus bellos atuendos antes de ser chamuscada. La reina accede, a regañadientes.

Comienza entonces uno de los strip-teases más Increíblemente Extraños de la literatura, para más puro deleite de los lectores perversos.

Cada vez que se saca una prenda, Talia grita su dolor (¿os suena de algo? El final de Barbazul, otro colmo de Sadismo Sólo para Niños). Al cabo, el rey la oye y aparece en la habitación donde se calentaba la hoguera. La reina le dice que va a quemar a la adúltera y le cuenta que el otro día se papeó a sus gemelos.

El rey, desesperado, ordena quemar a la reina, al secretario traidor y al cocinero caníbal, el cual le explica lo ocurrido. Así, mientras los malos son rostizados al más puro estilo europeo (Basilio escribe mientras aún humean las hogueras de la caza de brujas), los amantes de tan singular historia se reúnen al fin.

“Gente con suerte”, reza la extraña moraleja, “el que tiene suerte que vaya a la cama y la felicidad lloverá sobre su cabeza”, tal vez alusión algo soez a la violación catatónica sufrida por la Bella Durmiente…

Y luego que digan que los videojuegos inculcan ideas nocivas en las mentes de los enanos…

P.s. Si queréis comprobar por vosotros mismos las refrescantes brutalidades de Basile podéis agenciaros la estupenda traducción española de Siruela.

sábado, 17 de mayo de 2008

La verdadera historia de la Bella Durmiente


Los cuentos populares, magnífica reserva de historias Increíblemente Extrañas, han ido conociendo, en Occidente, un proceso de “domesticación” y edulcoración realmente penoso, debido a su creciente acotamiento dentro del “ghetto” de la literatura para niños. Cuentos que, en su origen, eran destinados a un público mixto (el de la familia extensa donde adultos y canijos dormían en la misma cama –con los “incidentes” procaces que uno imagina) que los saboreaba por igual, han sido poco a poco reducidos a un universo infantil muy aseptizado.

Buen ejemplo de lo que nos hemos perdido en el proceso es el caso de la Bella Durmiente y, en general, del Pentamerone de Giambattista Basile, Libro Increíblemente Extraño donde se ubica la primera referencia literaria al cuento. De hecho el libro de Basile es, después de los compendios de exempla medievales (sobre los cuales algún día hablaremos), una de las primeras recopilaciones de cuentos populares, escrita casi cien años antes de los célebres Contes de Ma Mère l’Oye de Charles Perrault.

«Lo cunto de li cunti overo lo trattenemiento de peccerille» («El cuento de los cuentos, o entretenimiento para los pequeños»), renombrado en la cuarta edición «Il Pentamerone» (ya que, en homenaje a Boccaccio, se trataba de cincuenta cuentos narrados durante cinco días por diez contadores de historias), estaba en realidad destinado a cortesanos adultos, ya alejados del universo popular rural (de sus súbditos) que descubrían como algo sumamente “exótico”.

Por ello abundan caracteres que ahora chocarían en cualquier consejo editorial de libros infantiles, desde la violencia más brutal hasta el sexo y la escatología más radicales (baste como ejemplo esa cucaracha mágica que se introduce todas las noches por el ano de un marido nefasto, provocándole una atroz diarrea que le impide consumar el matrimonio, devolviendo así a la desconsolada princesa a su primer y auténtico amante…), los cuales hacen de la obra un monumento barroco inigualado, bastante fiel, por lo demás, a la “cultura popular” estudiada por antropólogos e historiadores.

El tratamiento basiliano de la Bella Durmiente dista bastante, como ya os podéis ir imaginando, del célebre film de Walt Disney.

El cuento se llama aquí “Talia, el sol y la luna” y narra el nacimiento de Talia, hija de un rey que, preocupado por su destino, se rodea de astrólogos y sabios. El horóscopo advierte que la niña correrá gran peligro a causa de una espina de lino. Para protejerla, el rey decreta que jamás se traiga lino a su corte.

Años después, como era de esperar, Talia mira por la ventana (como todas las princesas) y ve a una vieja tejiendo lino. Curiosa (como las mujeres en la tópica medieval), pide estirar ella misma el lino. En cuanto comienza a tejer una espina se le hunde bajo la uña y cae al suelo, como muerta (tal vez una reacción alérgica?). El padre, incapaz de decidirse a enterrarla, la envía a uno de sus palacios, donde yace vistiendo sus mejores galas, como crionizada.

Un rey anda cazando por los bosques cercanos. Su halcón se escapa (topos que arranca nuestra querida Celestina) y se cuela en el palacio de la Bella. Buscándolo el rey se encuentra con el cuerpo, incorrupto, de Talia (calidad que la une, en el imaginario barroco, tanto a los santos como a los muertos vivientes).

Trata, en vano, de despertarla. Ni corto ni perezoso, excitado por su belleza, se la cepilla (!)

¿Esa parte no os la habían contado, é? Pues se trata de un bonito caso de casuística sexológica que seguramente fascinó a los contemporáneos de Basilio, desde nuestro carpetovetónico Sánchez hasta el pobre Billuart: ¿De qué tipo de lujuria releva? ¿Se trata de mera necrofilia? ¿El hecho de que ella fuera incorrupta constituye acaso un atenuante? ¿El estupro es, técnicamente, forzado sobre la virginal joven o no? ¿Al ser adulterio simple (de un sólo miembro) se multiplica el pecado? ¿Visto el resultado (la vuelta a la vida de la joven forzada) se puede decir que el príncipe, lejos de cometer un pecado nefando, hizo algo laudable?

El caso es que, saciado, el rey deja la Bella a su catatónico sueño y se pira a su reino.

La historia no acaba ahí, ni mucho menos...

Así que, como en los cuentos...

Continuará

martes, 13 de mayo de 2008

Coito interrupto

Uno de los sectores de la Teratología Intelectual de Occidente más sorprendente es el de la scientia sexualis.

Ya evocamos en su momento las opiniones teológicas relativas a súcubos e íncubos. No menos Increíblemente Extrañas eran las relativas al sexo meramente “humano”.

Los preceptistas clasificaron nada menos que 10 formas de Lujuria, término que pasó a englobar todo lo relativo a la sexualidad, bajo el signo del Pecado (capital, para más INRI). Entre ellas se distinguía, en orden de creciente pecaminosidad, la fornicación, el adulterio, el incesto, la desfloración, la violación, la masturbación, la sodomía y la bestialidad.

Cada categoría se subdividía en varias ramificaciones casuísticas.

Así, en uno de los cientos de tratados dedicados al tema, De las diferentes formas de lujuria, del dominico Charles René Billuart, leemos del coito interrupto:

“Pregunta: ¿Es permitido interrumpirse durante un apareamiento ilícito? Respuesta: el que, por asco y horror del pecado se interrumpe, incluso derramando su simiente por fuera, hace bien y debe seguir actuar de este modo (…). Sin embargo, el que, perseverando en su gusto del pecado, interrumpe una cópula comenzada y derrama la simiente fuera peca doblemente, por la fornicación iniciada y por la polución…”

Ya os podéis imaginar la intrincada casuística para determinar, durante la confesión, si se trataba de copuladores pecadores o no... Por lo demás el coito interrupto era, tradicionalmente, el fantasma de los casuistas, ya que se oponía a la definición de la cópula legítima (dentro del matrimonio, claro) como acto de procreación. La Iglesia necesitaba, como el Estado, nuevos contribuyentes imponibles para alimentar sus diezmos y prebendas...

Otra grave cuestión que se plantea el buen Billuart es la de la "delectación morosa":

“¿Una novia o una viuda pecan cuando se solazan de una copulación carnal futura o pasada? Si la novia se delecta en espíritu y no carnalmente de la copulación, en cuanto futura y legítima esposa, no peca, al menos no mortalmente. Pero si se delecta carnalmente, peca mortalmente. Tal no es el caso de la viuda que se solaza de una cópula pasada”…

A nadie sorprenderá que Billuart perpetrara también un Tratado de los Ángeles, en donde quedaba claramente demostrado, como ya sabemos, que “el mismo espíritu maligno puede servir de súcubo al hombre y de íncubo a la mujer”.

Lejos estábamos, como veis, de los consejos sexuales de Cosmopolitan, ya anunciados, empero, por la sexología materialista de la Ilustración, enemigos jurados (no os extrañará) de Billuart y los suyos...

jueves, 8 de mayo de 2008

Charlot onanista



Pese a lo dogmático y petardo que puedan resultar varios Movimientos literarios siempre se les puede colar algún Libro Increíblemente Extraño entre ellos.

Tal fue el caso, por ejemplo, del Naturalismo, de tan aburrida memoria para todos los alumnos de Lite. Pese a las pretensiones documentalistas del Papa Zola se le colaron unos cuantos colegas bastante zumbadetes (del propio Huysmans –del cual hablaremos en breve- a Octave Mirbeau por citar a los dos Rayados Naturalistas más conocidos).

Una de las flores más raras que creció a la sombra del movimiento zolesco fue el poco conocido Charlot se divierte de Paul Bonnetain (1883). La peculiaridad de esta novela es que está íntegra y exclusivamente consagrada al tema inagotable de la Masturbación (aludida e irónica "diversión" del título).

No era la primera rareza del género, ya que el propio discurso médico y jurídico sobre el Onanismo nació con un anónimo libelo de por sí Extrañísimo, Onania, El Horrendo Pecado de la Auto-polución y todas sus Espantosas Consecuencias para Ambos Sexos, Considerado (1710), acertadamente definido por un estudioso como “porno soft médico”.

Pero la novela de Bonnetain lleva la paranoia onanista hasta límites insospechados de sordidez decadente, ilustrando los “horrores” del abuso de sí que provocan, como todo el mundo sabe, desde mórbidas alucinaciones hasta impulsos suicidas…

Y ello desde el sorprendente arranque: un accidente laboral. Un obrero lleva al hijo del difunto a su casa. La viuda lúbrica aprovecha para tirarse literalmente sobre el obrero que le trae la mala noticia, violándolo (técnicamente).

A cambio el obrero le da una paliza, a la cual asiste el traumatizado niño que grita “!Papá! no golpees a mamá… No lo volverá a hacer” (!!).

Poco después, tras el entierro del padre, el niño, llamado Charlot, se masturba.

Indignada la madre le mete en una institución religiosa.

El superior, padre Hilarion, secundado por el padre Eusebio pervierten totalmente al joven onanista, “para siempre desquiciado”, según el narrador.

Sigue un pequeño episodio homosexual con un joven colega de escuela, Lucien, durante el cual “Charlot era la mujer, siempre dominada”.

Lucien empieza a interesarse por las chicas y se pira con el Ejército.

Charlot se alista también, siguiendo sus pasos. Ya soldado, vuelve a pajearse compulsivamente.

Un día sus colegas le llevan al burdel. A Charlot, tras el asqueo inicial, le encanta. Pero no tiene suficiente pasta para volver.

Así que se masturba.

Enflaquece alarmantemente. Es despedido del Ejército.

Vuelve a París, encuentra una prostituta, vuelve a asquearse, se masturba nuevamente.

Vagabundea por la capital. Sufre crecientes alucinaciones. Sueña con asesinar a una niña. Se agencia una navaja. Huye. Vuelve a ver a la niña, que le reprocha haber huído.

Se viste de mujer en su casa, se perfuma. Va a misa.

Un día va con un amigo a ver las célebres histéricas del Doctor Charcot, que empleaba (poco hipocráticamente) a sus pacientes femeninas como freaks de feria por una módica entrada.

Entre las locas, Charlot reconoce a su madre.

Vuelta al cinco contra uno, según la consabida expresión francesa.

Una mujer se tira a sus brazos, escapando de la policía mundana. Empiezan a vivir juntos. Ella trabaja la calle. Él se masturba.

Ella tiene un niño.

Charlot, en la última página, se ahoga con la criatura.

Y luego dicen que algunas novelas o pelis actuales son en exceso depresivas…

No es de extrañar que Bonnetain tuviera algunos problemillas con la censura, aunque por aquellas ya no se estaba en la Francia timorata que condenara a Baudelaire. Así que el buen hombre ganó su juicio y siguió escribiendo tan tranquilo su galería de horrores cotidianos, pronto secundado por cantidad de "buscadores de taras" según el título de Camille Mauclair (otro rayado supino del que tal vez hablemos).

Ignoramos si Charles Chaplin, al bautizar a su genial creación, quiso gastar una broma al público edwardiano y si, al fin y al cabo, se “divirtió” tanto como el héroe homónimo de Bonnetain…

martes, 6 de mayo de 2008

Presidente Schreber


Llegamos a uno de nuestros heteróclitos predilectos (¿y cómo no?), el Presidente Schreber, autor de uno de los Libros Más Increíblemente Extraños del Universo, las bien llamadas Memorias de un neurópata (Dresde, 1903).

En él el Ilustrísimo Presidente nos explica cómo llegó a la conclusión de que era llamado a salvar el mundo. Sólo que con una pequeña condición…

Sólo podría lograr su cometido tras haber sido transformado en mujer…

Estamos a finales del siglo XIX, la Edad de Oro del Decadentismo. El Presidente podría haber optado por convertirse en uno de los “Desnaturados” de la perversa Rachilde (ya os hablaremos de “Señor Venus”). Varios burdeles de “drags” estaban ya a su disposición en las grandes capitales europeas.

Pero eso hubiera sido demasiado sencillo: Schreber afirma que no quiere ser mujer (aunque algunas páginas atrás haya estimado que “debe de ser singularmente bello ser una mujer en pleno apareamiento”) pero que está obligado a ello (!) y que necesita la intervención divina para lograrlo (!!).

De hecho, nos cuenta, el Señor ya ha empezado a transformar cu cuerpo: han ido desapareciendo (!!!) los intestinos, los pulmones, el esófago, las costillas… e incluso su laringe…

Poco a poco Dios los va regenerando, transformándolos en “nervios hembra” que le permitirán fecundar a los futuros humanos…

El imperceptible proceso, empero, tiene ciertos… pequeños inconvenientes. Uno de ellos, el cual irrita especialmente al Presidente (quejándose directamente al Divino), es que de cuando en cuando necesita defecar y no lo logra…

“Vista la significación característica de la pregunta: “¿Porqué no caga usted entonces de una vez?”, debo consagrarle ciertas precisiones: la necesidad de evacuar las materias viene en efecto provocada por milagros. Ocurre del siguiente modo: las materias son empujadas hacia adelante, a veces también hacia atrás en el intestino y cuando ya no queda bastante, habiéndose consumado la evacuación, el orificio anal se ve barruntado con un poco de contenido intestinal.

Se trata de un milagro del Dios superior, milagro que se reproduce varias docenas de veces al día…

Toda la perfidia de la política dirigida contra mí queda aquí evidenciada: Cada vez que la necesidad de evacuar me es miraculada, me envían a alguien de entre mis próximos del gabinete para impedirme defecar…”

Y es que el Presidente Schreber, por si no os habéis dado cuenta, era un tanto paranoico. Acusaba a su médico, el Dr Fleschig, de haberlo hipnotizado para experimentar con él como cobaya, siendo el auténtico responsable de su “eviración”.

El Dr. Fleschig fue, pues, quien cortocircuitó la conexión nerviosa del Presidente y Dios, “sin duda con la intención de negar a la descendencia Schreber toda prosperidad o al menos denegarle la posibilidad de prosperar en profesiones que, como la de especialista de las enfermedades nerviosas (!), la habrían conducido a relaciones más íntimas con Dios…”

La cosa, como veis, es un tanto confusa. Nos hallamos, según el autor, ante « el caso de un hombre único en su especie, con quien Dios ha entrado permanentemente en contacto por mediación de rayos (!), contacto que ya no puede ser roto y que por lo tanto constituye una amenaza para el orden mismo del universo (!!)”…

Mil detalles más amenizan la lectura de este auténtico Descenso al Infierno, bastante más pronunciado que la temporadita que allí pasó Rimbaud y sólo comparable a las glosolalías del Artaud más decrépito.

De hecho el Presidente chilla. Sus aullidos son la única manera de acallar las voces que intrusionan sin cesar su asediado cerebro, “manifestándose en la medida en que no puedo a cada instante dar a Dios, que está lejos y que considera que estoy loco, la prueba de lo contrario…

El pobre Schreber tuvo el dudoso honor de pasar a la historia como “EL Paranoias” mayúsculo, pues sus Memorias fueron utilizadas por el mismísimo Sigmund Freud para ilustrar su teoría psicoanalítica de la dolencia siendo secundado, años después, por el Vice-Psicoanalista Jacques Lacan.

Pese a que los análisis sesudos de Freud y Lacan resulten a menudo involuntariamente divertidos (con una jerga casi neo-escolástica que hubiera hecho las delicias de Rabelais), seguimos prefiriendo el propio relato del Presidente, uno de los "documentos humanos" más flipantes que jamás encontraréis.

Esperemos que, esté donde esté, haya logrado evacuar en paz.



p.s. A los que interese ahondar en el cuadro clínico del Presidente pueden dirigirse al siguiente ensayo

lunes, 5 de mayo de 2008

Coitos satánicos


Entre los Libros Increíblemente Extraños de demonología que asolaron Europa entre 1486 y principios del siglo XVIII nos gustaría citar, aunque sólo fuera por el título, el de Johannes Henricus Pott, Specimen Juridicum de Nefando Lamiarum cum Diabolo Coitu (Jena, 1689).

Pott, egregio profesor de Derecho, se dedica aquí a recopilar del modo más crédulo la delirante tradición de sexo satánico que teólogos, médicos y juristas habían venido pacientemente elaborando desde hacía tres siglos.

La cosa, pese a lo sugerente que resulte, presentaba algunos problemillas, especialmente porque se suponía que los diablos no podían copular física y directamente con los humanos.

Pero los teólogos nunca han retrocedido ante tales minucias: así, nuestro ya citado Tomás de Aquino se salió con una distinción ciertamente astuciosa:

“Si algunas veces han nacido niños de cópulas con demonios, ello no se debe al esperma emitido por éstos o por los cuerpos que han asumido, sino por esperma robado de algún otro humano para este propósito, ya que el mismo demonio que actúa como súcubo de un hombre será el íncubo de una mujer” (Summa Theologica).

Chúpate esa. Y, por si no quedara claro, añade en De Trinitate:

“Los demonios recogen en verdad esperma humano, gracias al cual son capaces de producir efectos corporales; pero esto no puede hacerse sin algún movimiento local por el cual los demonios pueden transferir el esperma recolectado e inyectarlo en los cuerpos de los humanos”…

Quedaba así abierta la puerta (sin ánimo de ofender) para el coito satánico, acusación por la cual miles de desgraciad@s iban a perecer, sin comerlo ni beberlo, en la hoguera.

Cantidad de solícitos soplagaitas iban a perfeccionar la teoría, añadiendo los detallitos que faltaban. Así Cesario de Heisterbach afirmó que el método de recolección de semen empleado por los demonios era el hurto puro y simple, recogiendo las emisiones nocturnas y los frutos perdidos de los solaces onanistas…

San Bonaventura va aún más allá, afirmando que:

“Los demonios en forma de mujer [súcubos] se ofrecen a los machos y reciben su esperma; maliciosamente preservan su potencia y, luego, con el permiso de Dios [siempre con el permiso de Dios, sino el Diablo sería otro Dios, lo cual era herejía y uno pasaba a la hoguera], se transforman en íncubos y lo derraman en los repositorios femeninos”….

¿Qué clase de pornógrafo austriaco podría inventarse tamaña proeza? En todo caso se trata de un buen argumento de peli X (una versión “adulta” de la ya clásica serie Gothic Sex Witches) así que si alguien se anima… (ponednos eso sí en algún lugar de los títulos de crédito, junto al santo Bonaventura).

Y, cada vez más delirante, Sinistrari afirma:

“Si queremos aprender de las Autoridades [término teológico para referirse a las absurdeces anteriormente citadas] cómo es posible que el demonio, que no tiene cuerpo, puede realizar un verdadero coito con hombres o mujeres, unánimemente afirman [lo cual, por suerte, es totalmente falso] que el demonio anima el cadáver de algún ser humano, hombre o mujer, o que, de la mezcla de otros materiales, formatea para sí mismo un cuerpo, dotado de movimiento, gracias al cual cuerpo copula [el demonio] con el humano”…

Operación en la cual, según Tomás Malvenda y el Dr. Francisco Valerio,

“lo que los íncubos introducen en la matriz no es el esperma humano ordinario en cantidad normal, sino abundante, muy espeso, muy caliente, rico en espíritus y libre de serosidad [!]. Esto es fácil para ellos, ya que sólo tienen que escoger jóvenes ardientes y robustos cuyo esperma es naturalmente copioso y con el cual los súcubos mantienen relaciones, y luego el íncubo copula con mujeres de idéntica constitución, teniendo cuidado de que ambos disfrutan de un orgasmo más que normal [!], ya que cuanto más grande es la excitación venérea más abundante es el esperma”…

Sin embargo, esta cuestión del sémen increíblemente cálido y rico fue largamente debatida porque la mayor parte de los “especialistas” afirmaban, al contrario que el esperma demoníaco era gélido… cuestión peliaguda sobre la cual, tal vez, volveremos.

Fuera lo que fuere, todo esto de los coitos diabólicos, como afirma Peter Binsfeld en su De Confessione Maleficarum (1589) “es una verdad indiscutible que no sólo es probada de modo fehaciente por la experiencia [!!] sino que es confirmada por la historia, pese a lo que unos cuantos doctores y juristas puedan suponer”…

Así llegamos poco a poco a Pott, quien en setenta sustanciosas páginas de Sexología Aberrante nos cuenta pormenizadamente cómo ciertas brujas parieron gusanos que fueron luego empleados para formar piernas o brazos humanos y nos habla de cópulas monstruosas, retomando el clásico ejemplo del hombre y la vaca que dieron fruto a un extraño individuo de apariencia humana pero que sentía una irresistible atracción hacia rumiar hierba y sociabilizarse con bovinos.

Para aderezar tanto Sexo Increíblemente Extraño, Pott añade un pequeño ejemplo de pacto escrito con el Diablo (no se sabe si para dar ideas al personal y así alimentar un poquito más la maquinaria represiva) en apéndice a su volumen, tal vez porque se le quedaba chiquito en comparación con los demás mamotretos brujeriles… en un momento en que el mercado estaba literalmente invadido: se estiman a más de 100.000 los publicados solamente en Alemania, algo sólo comparable a la reciente oleada de thrillers esotéricos más o menos cazurros...

jueves, 24 de abril de 2008

Zingha


En la serie de Libros Increíblemente Extraños de nuestro querido siglo de las Luces (y sus correspondientes Sombras), tratamos ahora de una extraña y olvidada novela “histórica”, Zingha, reina de Angola de Jean-Louis Castilhon (1769).


Primera novela europea centrada íntegramente en la historia de África negra, Zingha levantó cierta polémica, siguiendo la historia de Ana Nzingha, reina de Ndongo (1581-1663) que había luchado contra los colonos portugueses (sus antiguos aliados) por el control del próspero tráfico de esclavos, disparado con el ciclo azucarero brasileño.


Al frente de los Mbundu, Nzingha entendió que, para prosperar, su reino tenía que situarse como intermediario de dicho tráfico y no como suministrador (¡!). Así logró un acuerdo con los portugueses, triunfando así sobre sus enemigos de tribus rivales africanas (las cuales se depredaban despiadadamente en busca de “materia prima” humana que no fuera la propia…). La reina llevó dicha “colaboración” hasta hacerse bautizar por la Iglesia católica, siempre ávida de salvar almas.

Como siempre, el taimado Hombre Blanco terminó haciéndole el lío a su aliado “salvaje”. Ana y los suyos se vieron obligados a huir, fundando un nuevo estado en Matamba, fuera del alcance portugués. Mostrando nuevamente su inteligencia, la reina ofreció acogida a todos los esclavos fugitivos en un original quilombo enfocado hacia la resistencia armada.

Encontró nuevos aliados en los holandeses, que estaban dispuestos a borrar a los lusos de Luanda pero, tras un ataque fallido de ambas fuerzas, Nzinga se retiró de nuevo a Matamba, convirtiéndola en un próspero Estado comercial.

A partir de estos hechos cuanto menos “exóticos” (la palabra ya hacía furor en los salones de la Europa ilustrada), Castilhon logra construir un extraño arquetipo prometido a un bello futuro: la femme fatale salvaje, capaz de asesinar a sus amantes y comerse (literalmente) a sus oponentes.

“Monstruoso ensamblaje de todos los vicios y todas las virtudes”, sublime y cruel, Zingha anuncia la Julieta del Marqués de Sade, quien brindará homenaje a Castilhon en su delirante reino psico-sexual de Butua, dentro de su Extrañísimo novelón Aline y Valcour.

Tremebundas orgías a golpe de látigo y cazuela (en el sentido canibalístico, se entiende), violaciones en serie de mujeres embarazadas, prostitución forzada, bebés machacados en morteros artesanales… La crueldad es, para Zingha y su vieja confidente, Run-Lan, un sustituto de la sexualidad.

Baste como ejemplo la siguiente escena, escogida al azar:

“Era Zingha, la propia Zingha, desnuda, los ojos brillantes con el fuego de la cólera, un puñal en la mano, abalanzándose en medio de los cautivos, golpeándolos, inmolándolos, masacrándolos, abriendo el torso del último que acaba de degollar, arrancándole el corazón, devorándolo y avanzando, formidable como el relámpago hacia los cuatrocientos contrincantes: "¿Cual de vosotros osará disputarme la dignidad suprema, que la propia Tem-Ba-Dumba vino a confiarme? Que lo demuestra, que se acerque, que venga y me siga en las tinieblas de la tumba de nuestra legisladora y pronto me veréis salir victoriosa, empapada en su sangre y arrastrando tras de mí sus miembros desgarrados"...

La violencia aberrante de Castilhon contrasta con la producción “exótica” de su época, seguida tímidamente por algunos heterodoxos como Lesuire, quien en su L’aventurier français presenta una República femenina que reduce a los hombres a la más abyecta esclavitud, transformándolos en juguetes y ridículas monturas (según una antigua iconografía que remonta a una leyenda medieval relativa a Aristóteles).

Demasiado poco para Zingha, diréis.

Y tenéis razón.

Rindamos aquí homenaje a la fuente viva de todas las lúbricas y sádicas Amazonas de los Pulps y los Men’s Adventure Magazines (ahora magnificamente homenajeados por la editorial Taschen) revividas, años más tarde, en las infra-humanas películas de caníbales italianos...


p. s. Hay copia facsímile bajable en francés en:
Zingha