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domingo, 9 de mayo de 2010

El Chocheras




¿Cómo están ustedes ?

BIEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEN

¿Queréis más extrañezas finiseculares ?

SIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII

Pues ahí va una de uno de mis Extraños predilectos que, por razones del azar y de su ocupada agenda póstuma (aún tienen que redescubrirlo los ladrones de cadáveres universitarios), ha tardado en personarse en este blog.

Él es Dubut de Laforest, al que podríamos llamar sin temor a la hipérbole el Zola de lo Increíblemente Extraño.

Y es que el Dubut se cascó una monumental saga de treinta y siete novelas (en realidad la recopilación de todas sus obras anteriores) que llamó, sin comerse demasiado el tarro, los Últimos Escándalos de París (1898-1900).

Si ya a Zola le llamaron (sus propios colegas, bueno desde que dejaron de serlo, claro) “El gran fecal” por su fascinación por lo sórdido y abyecto, Dubut se llevó la palma del cropo-naturalismo y la perversión textual.

Basta echar una breve ojeada a cualquiera de sus páginas para encontrarnos con un universo barroco poblado por ninfómanas, sátiros (a lo Marou), homosexuales, lesbianas, morfinómanos, prostitutas, proxenetas, asesinos, sádicos, masoquistas, fetichistas, coprófagos, mujeres fatales, necrófilos, monos e incluso (toda una primicia) inseminaciones artificiales.

Y es que Dubut estaba fascinado por las rayadas sexológicas de la época, catalogadas en plan entomologista por el Über-Extraño Krafft-Ebbing en su Psychopathologia sexualis.

En la obra que hoy nos ocupa se trata de un estudio psicopatológico y muy sexual del viejo chocho.

Le Gaga, en gabacho, que es más rítmico y divertido…

un momento, me diréis, ¿no será como una tal Lady…?

¿Quiere entonces decir que su nombre… es Lady Chocho?

Corred a vuestros móviles y portátiles, difundid el scoop…

Lady Gaga es también una extrañonauta de las nuestras.

Y tiene nombre de aparato genital…

Pero volvamos a nuestro Gaga original…

No se trata de cualquier tipo de viejo chocho, claro. El viejo chocho y pervertido. Chocho por pervertido. Y no al revés, ojo.

“Son miles los hombres que se derrumban antes de tiempo. Todos estos viejos chochos, víctimas de su inactividad, están atenazados por la muerte; y si la muerte tarda y si manos acariciantes, dedicadas y fieles no les protegen, todos estos chochos caen, una noche u otra, bajo el peso de la ley y terminan en las colonias penales o en los asilos de alienados”…

El viejo conde Jacques de Mauval, retoño de « una de las más ilustres familias francesas », es un viejo sátiro, en el sentido clínico de Merou, “el viejo enamorado padecía satiriasis, esa neurosis que es, para los hombres, lo que la ninfomanía es para las mujeres”

El Gaga es ante todo, dirá Dubut en el célebre proceso por obscenidad que provocó su libro, “un libro de ciencia. Para convencerse basta ver el lugar que ocupa la historia de la enfermedad, las páginas dedicadas a la decadencia romana, los relatos sobre íncubos y súcubos, las observaciones puramente médicas relativas a los neurópatas, los chochos y los satiriásicos [sic]…”

Toma ciencia, como diría Rogelio (la marioneta. NOTA: Oscura referencia arqueológica a viejos programas tele-infames).

El chocheras que da título a la obra es un senador chocho y sádico casado con una mujer amantísima, una de esas santas del hogar dispuesta a toda para complacer a su infame marido.

A todo. De ahí el proceso por obscenidad.

A los jueces pareció gustarles especialmente una escena un poquito subida de tono (incluso para 1885) donde la mujer se presta a las abyectas fantasías del viejo monómano, con el loable propósito de tratar de curarlo…. Y devolverlo al lecho conyugal y a la virtud!!

Chocheante a golpe de satiriasis, el viejo senador ya casi no puede ni hablar…
“Su voz no era ya más que un farfulleo, una serie de frases perdidas entre sofocos y gargarismos…. Mascando las palabras en un ruido de ferretería, entrecortado por los silbidos de una vieja locomotora descuarinjada y casi acabada…”
Vemos que en cuestión de lirismo, el Dubut no tiene parangón… y el descuarinje parece más de la frase que del viejo chocho…

La escena se vuelve totalmente hilarante cuando en el capítulo VI Mauval tiene que dirigirse al senado, siendo sólo capaz de articular lo siguiente:

“Me- essieurs Mé-é-é-é-essieurs é-é-é-é-é-essieurs...”

hasta que “ya ningún sonido salía de su garganta”

Y todo por darle tanto a la minga.

Claro que es un neurópata.

“Tout s’explique”, como dicen nuestros vecinos.

Para más “ciencia”, Dubut añade al final de la novela una serie de fantasías eróticas del viejo chocho, así a modo de documento psicopatológico. Como haría poco después, en su pequeño gabinete vienés, el joven Sigmund Freud.
Sólo que las guarradas del viejo chocho, por muy científicas que le parecieran a Dubut, no dejaban de ser soberbias guarradas.

Y los jueces, que no eran tontos, se pisparon.

Pero el gaga y su santa esposa no son los únicos colgados de este retablo tremendista (sí, los franceses también son tremendistas, antes, más y mejor que nosotros).

Está el “amigo” del conde, el sadiquísimo marqués de Sombreuse, artífice de su ruina, quien “se arrojaba sobre sus amantes de paso como los grandes monos se arrojan sobre las hembras de los salvajes de América [otra vez el Dubut con sus sinpares símiles!] y, como éstos, capaz de matarlas si se le resistían…”

De hecho, como para ilustrar esta idea, terminará cargándose a su chacha y… a su mono.

Porque resulta que también hay un mono (no sólo de símiles vive el mono…). Y no un monito cualquiera…

Uno de esos monos decadentes que tanto nos gustan. Se llama La Hire y es una especie de eslabón perdido, “supermono” antorpomórfido que recuerda al Hémo de Dodillon, publicado precisamente ese mismo año (vale que la decadencia fuera simiófila y para-darwiniana pero aquí huele un poco a plagio).

Supermono (éste será el título de otra novela extraña de Edme Tassy) o subhomre, La Hire tiene la “talla de un bello caballero francés”, un hocico “poco proeminente, cuyo ángulo no parecía más oblicuo que el de un negro, confiriéndole sorprendente parecido con un humano”… cómo no, hemos reconocido el racismo ordinario de la Europa imperial.

De hecho, por si no quedaba claro, La Hire tiene a su servicio a… un negro!
“En los días más bellos, Jack Novar venía a deshacer la cadena de plata que mantenía al mono junto a su cocotero y ambos, el negro y el animal, como buenos amigos, similares de aspecto y de cara, bajaban a darse una vuelta por el jardín…”

Qué cabrón el Dubut. Lo peor es que en aquella época esto era lo que pensaban, sin pizca de ironía, la inmensa mayoría de los “bienpensantes” europeos.

En el banquete final ofrecido por el marqués de Sombreuse, mezcla alucinante de extrema civilización y extrema barbarie, habrá también un indígena de Tierra-de-Fuego, sacado del Jardín de aclimatación donde estaba expuesto (práctica corriente de las grandes capitales metropolitanas) para mayor recogijo general.
Cuando el banquete degenera en orgía, serán precisamente el mono y el indígena quienes se disputen los favores de… una africana.

Los dos protagonistas de esta fricada se encuentran al final de la orgía cuando el “chocheras” contempla, “saltarineando sobre los cuerpos apelotonados de hombres y mujeres, su pariente y amigo La Hire, el mono riente, rey de la naturaleza”…

Unidos a medio-camino entre la regresión del chocheras al estado animal y la elevación friqui-darwiniana del mono al estado social.

En la nueva escalera evolutiva la regresión del Homo-deus al Homo-sinicus es ya un hecho consumado.

Quizás por ello el extraño Dubut decidió, en pleno apogeo de su éxito, volarse la cabeza en 1902.

sábado, 8 de mayo de 2010

Rabia carnal




Ya os hemos hablado en estas páginas de algunos Libros Increíblemente Extraños de la extrañísima Fin-de-siècle que tanto nos flipa (sin duda por lo mucho que a la vez se nos asemeja y que nos es ya ajena).

Pues bien, quizás la que se lleve la palma del malrollismo y la abyectomanía naturalista es la Rabia carnal (Rage charnelle) del belga Jean-François Elslander (1890).

En esta "novela naturalista" (así reza el subtítulo, por si no nos coscamos) nos presenta a uno de esos palurdos degenerados que tanto gustaban a Maupassant, Zola y compañía (por no hablar, en nuestros lares, de Felipe Trigo o Pinillos, sobre los que os tendré que contar algunas extrañezas en algún otro momento).

Se llama Marou y es leñador y cómo no cazador furtivo. Es también un jodido obseso sexual.

Y una de sus obsesiones es la joven y virginal Madeleine, la hija de su ex amante, ya fallecida.

Un día, en la torre derruída que les sirve de cobijo, se propasa y ella huye.

El la busca, enloquecido, or un paisaje que bien podría ser, más que la campiña belga, el trasunto del propio Infierno, a mil leguas de cualquier idilismo pastoral.

Una noche la encuentra, la viola y la mata.

Luego se la lleva cual animal salvaje, arrastrándola por los matorrales hasta una cueva.

Allí, aún más loco si cabe, pasa días y noches (esto es docenas de páginas bastante indescriptibles) profanando el cadáver hasta que, destruído por su fervor bestial y su carencia de alimento (nuevo y necrófilo Quijano que de mucho... y poco... enfin, creo que queda claro, no?)

Y como decía Porky al final de los dibujos de la Warner, "eso es... eso es to... eso es todo amigos"

Os podéis imaginar, tras ver el vuestro en el espejo, el careto que se le quedó a la peña que leyó esta rayada en 1890.

Marou radicaliza la idea naturalista del hombre regido por la tiranía genética de sus instintos, pasándose, como quien dice, tres pueblos.

Si Charlot se divierte nos presentaba el caso clínico del destajismo onanista, la "rabia carnal" de Marou ejemplifica lo que los sexólogos de la época llamaban, en sus latinajos habituales (igual que ahora se angliciza todo para quedar profesional) la "satiriasis".
Y si pensáis que quizás al Eslander se le ha ido un poquito la mano, bastan con echar una ojeada a uno de los numerosos tratados "satiríasicos" de la época para daros cuenta de a donde os pueden llevar los excesos de "rabia carnal":::

Así leemos en el "Tratado práctico de las enfermedades nerviosas" de Claude-Marie-Stanislaus Sandras y Honoré Bourguignon:

"los organos genitales están excitados, calientes, en acción continua. La verga esté en erección violenta; no solo están duros y llenos los cuerpos cavernosos, como en el priapismo; el canal de la uretra y sobretodo el glande están hinchados y duros. Esos órganos están así en tensión durante horas y días y, si vienen a apaciguarse por un momento, se despiertan a la menor excitación.
Un pensamiento, un olor, una visión, la cercanía de una mujer son suficientes para que el paroxismo empieze de nuevo. En este estado algunos hombres repiten el acto venéreo de manera increíble. Los autores citan ejemplos escalofriantes. He curado a un enfermo que todas las noches reemprendía el coito con su mujer al menos doce o quatorce veces, y cuando ella se negaba a tan penosa fatiga, él se masturbaba a su lado. Esos excesos terminaron, en este caso, por una tisis pulmonar tuberculosa de las más agudas. El desdichado había sufrido durante meses la enorme perdida que su satiriasis implicaba. Los ejemplos de cincuenta, sesenta e incluso setenta coitos completos en veinticuatro horas que los autores describen han sido todos casos de satiriasis aguda"...

Más específico, el Diccionario de medicina y cirugía práctica de Gabriel Andral explica que:

« Tranquilo o furioso, según el paciente, este delirio monomaníaco viene acompañado de fiebre ardiente: la cara se vuelve roja, los ojos brillantes, y la sobre-excitación del encéfalo complica varias funciones de la vida nutritiva; la boca, dicen los autores [siempre los mismos, misteriosos y ausentes!], deja escapar una bava espumajeante; el enfermo exhala un olor similar al de los animales en celo y tan sólo busca satisfacer su rabia amorosa sobre un objeto cualquiera. Si encuentra alguna resistencia empleará todos los medios para superarla. Así un soldado de Montpellier se precipitó sobre una joven y la violó públicamente... “

Así que, por lo que vemos, Eslander no iba tan mal encaminado en su “estudio clínico”.

Y respecto al tema un tanto chocante del abuso póstumo, no hacía más que imitar al abanderado del Naturalismo belga, el gran Camilla Lemonnier que en Un macho (Un mâle) nos presentaba una escena de corte inverso, esto es, a la joven P'tite (esto es Pequeña) satisfaciendo sus "aviesos deseos de virgen" sobre el cadáver de... un cazador furtivo!!

Pero ahí donde Lemonnier se quedaba en una mera alusión, Elslander se recrea a ojos vistas siguiendo las elucubraciones cada vez más repugnantes de su "héroe".

De hecho, anticipando técnicas novelescas de lo que se dio en llamar la Nueva Novela, consigue aquí un exceso de realismo o sobre-realismo que se convierte en delirio casi fantástico.

El libro, como os podéis imaginar, fue interceptado por la Justicia tanto en Francia como en Bruselas y curiosamente (lo cual demuestra lo falso que es suponer una censura puritana de la que nosotros, los más guais, nos habríamos emancipado) absueltos.

Es más, la revista de Edmond Picard L'Art moderne saludó la obra como "una de las más curiosas publicadas en los últimos tiempos [y tanto] y [al loro] fecunda en auténticas bellezas de estilo (!!!!)"

Elslander, que debía de ser un poco rarito, reincidió en la temática macabra en sus cuentos recogidos bajo el simple y efectivo título de Cadáver (1891). En él tenemos desde una historia de matricidio con uno de los sádicos más sádicos del sadiquísimo fin-de-siècle hasta una historia de un cadáver putrefacto que poco a poco obsesiona a su involuntario asesino

Y ahora, como colofón, el detalle quizás más inquietante de toda esta historia.

Jean-François Elslander fue sobre todo conocido por sus libros de pedagogía, con títulos influyentes como La educación desde el punto de vista sociológico (1898) o, ya mucho más tardía, La infancia liberada (1948)…

¿Acojona, no? Si hasta suena como Freinet… ya decía yo que los pedagogos…

En un pequeño texto teórico sobre “la vergüenza de ser uno mismo”, quizás haya desvelado un poco de su bipolaridad nuestro elusivo e inquietante pedagogo:

“En realidad, sean cuales sean las apariencias, siempre estaremos en rebelión contra las leyes de la moral y de la sociedad, y cuando las acatamos es porque se nos imponen a la fuerza, fuerca convencional o ficticia, fuerza social real. Claro, hay en nosotros un convencimiento más o menos razonado, más o menos poderoso, de la necesidad de nuestra sumisión; pero también sentimos que se oponen a menudo a nuestras necesidades y deseos. Y actuamos de un modo u otro según los casos...”

miércoles, 8 de abril de 2009

Atmofitas de Ignis



Una de las obras más desconcertantes de la singular Edad de Oro de la anticipación (antes de que Gernsback bautizara el género de la ciencia-ficción) que fue la Fin de Siècle es sin duda la Increíblemente Extraña Ignis del misterioso conde de Chousy. Nada se sabe del tal Chousy y sólo nos queda de él, a modo de juego de pistas borgesiano, una carta ditirámbica al creador de la Eva futura, el también Extraño Villiers de l’Isle-Adam, hasta el punto que algunos eruditos especularon que en realidad se trataba de una broma del propio Villiers, inventándose un heterónimo para firmar otra de sus desopilantes sátiras anti-tecnológicas. Pero encontramos también su nombre en la dedicatoria del poema de C. Cros (otro Increíble Extraño, cómo no) “Sultanerie”, publicado en la revista emblemática del movimiento hidropático L'Hydropathe del 19 de febrero de 1879.

Sea quien fuere de Chousy, el caso es que su única obra es un auténtico meteorito en la órbita de lo “maravilloso científico” anunciado por los Goncourt. En ella asistimos al proyecto del excéntrico y erudito Lord Hotairwell de perforar un gigantesco pozo en Irlanda hasta llegar al legendario “fuego central” de la Tierra, fuente prodigiosa de energía. Sabiendo que el Lord había ya propuesto arrancar Inglaterra de la corteza terrestre para transformar la isla en portentoso navío, no nos hemos de sorprender.

El caso es que, ni corto ni perezoso, ayudado por un matemático absolutamente loco (sospechosamente cercano a nuestro querido Lewis Carroll) y de un ingeniero enano presentando un agudo caso de perforomanía (desviación que se le escapó al contemporáneo Sigmund Freud, siempre tan atento a ese tipo de detalles), el Lord se pone a edificar la ciudad utópica de Industria-City, salvando todo tipo de obstáculos (desde los sabotajes de los militares alemanes hasta los suicidas proyectos de destruir la Tierra de algunos de los propios ingenieros).

Para ello inventarán los extraños Atmofitas, « hilotas de vapor » que prefiguran los robots que iban a inundar el género a partir de los años 20 (el término, como es bien sabido, será introducido por Karel Capek, jugando con el término checo robota o trabajo servil). Extremadamente dóciles en un principio, los esclavos mecánicos terminarán, cómo no, por rebelarse contra el régimen “pantopantárquico” (reino de todos sobre todos) de Industria, anunciando también otro de los más célebres topoï que iba a terminar, como quien dice, hasta en la sopa. Se genera así un cuanto menos absurdo debate en el Parlamento (al cual sólo son admitidos especimenes cuyo cerebro pesa más de dos libras) sobre la nueva “cuestión social” presentada por la “plebe de metal”…

Luego asistimos a las maravillas de la “Confortable City”, parodia feroz del utopismo positivista a lo Julio Verne, característico de la burguesía finisecular (y de la otra también). Autómatas en todo momento vigilados por el telectroscopo de Lord Hotariwell, los habitantes de Industria disfrutan del telecromofoto-fonotetroscopo, anticipación de todos los inventos en telecomunicaciones posibles e imaginables (más o menos viene a ser como los hologramas de la saga intergaláctica de Georges Lucas) hasta el día en que se produce una inverosímil hecatombe… la rebelión de las telecomunicaciones contra sus usuarios… en 1883!!

Liderados por “una especie de elefante armado de una maza incrustada en su trompa”, martillo de 200 mil kilos, las Máquinas electrocutan a los parlamentarios mientras los habitantes de la ciudad son despedazados y sometidos a todo tipo de tecno-suplicios delirantes…

Algo que tendría que haber abierto a de Chousy las puertas del Panteón de la Ciencia-ficción, pensaréis. Pues no. A pesar de haber sido “coronada por la Academia francesa”, Ignis pasó por completo desapercibida hasta que nuestro Maestro indiscutido Pierre Versins la exhumó. Por lo demás, como bien sabéis los más conspiranoicos, el negocio editorial de la ciencia-ficción está bastante controlado por el complejo militar-industrial yanqui (o cuanto menos por el complejo editorialo-periodístico yanqui), poco interesado en todo lo que no es anglo-sajón, sepultando siglos de anticipación europea bajo una pesada losa de silencio.

En todo caso nosotros le abrimos las puertas de nuestro Panteón Increíblemente Extraño y esperemos que se quede tan a gusto.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El Escarabajo andrógino



Cuentan que Bram Stoker y su colega Richard B. Heldmann apostaron, como hicieran antaño Byron, Shelley y Mary, a quién escribiría la historia más terrorífica. Richard se pulió la suya en unas cuantas semanas. Stoker tardó aún unos cuantos años en terminar Drácula. La de Richard (publicada con el pseudónimo Marsh) sería una de las obras más Increíblemente Extrañas del fin de siglo, conociendo un éxito fulgurante pero eclipsado, ante la posteridad, por el Conde inmortal de su amigo. Un selecto club de fans ha mantenido viva, empero, la llama del Escarabajo y ahora entenderéis por qué.

Paul Lessingham viaja en su juventud, como tantos otros niños bien del Imperio británico, por Egipto. En las calles del Cairo oye una voz embriagadora proveniente de un café. Dentro hay una fascinante hurí que, como era de esperar, droga al joven pardillo y (algo ya más inquietante) lo lleva a un templo subterráneo consagrado a la diosa Isis, utilizándole (how very shocking!) como juguete sexual durante unos meses, entre “orgías de horrores indecibles” que incluyen sacrificios humanos, preferentemente de virginales inglesitas que se han visto sometidas a “más variedades vejaciones que las que las mentes de los demonios podrían concebir”…!!

Durante uno de esos sacrificios el drogado Lessingham consigue desatarse y estrangular a la sanguinaria sacerdotisa… Lo cual no resulta ser una buena idea, ya que se transforma, ante sus propios ojos, en un enorme escarabajo, “creación delirante de alguna loca pesadilla”… Y es que los Hijos de Isis pueden transformarse en escarabajos al morir…

Veinte años más tarde (cómo no), Paul se volverá a encontrar con su antigua dominatrix, en el preciso momento en que este se va a casar con la respetable Marjorie Lindon (algo similar ocurre, en cierto modo, en la obra de Stoker). El escarabajo (¿O deberíamos decir “la escarabaja”? Aquí la neutralidad del inglés nos aventaja) aparece en Inglaterra, hipnotizando, ni corto ni perezoso, a un pobre indigente, Thomas Holt, en una escena totalmente decadentista que nada tiene que envidiar a los mordiscos del Conde y sus esclavas…

Transformando la posesión fálica en una pesadilla freudiana (por desgracia desconocemos qué opinó Sigmund de este perverso best-seller), el Escarabajo trepa por las piernas del homeless hasta llegar a sus labios y… en ese momento se transforma en un extraño andrógino, “horrendamente repulsivo” que le obliga a desnudarse, mirándole con “sonrisa de sátiro” y palpándole las carnes como “si hubiera sido alguna res lista para la plancha del carnicero”…

Como el Renfield de Drácula, Holt se verá impelido a servir a su Amo/Ama en sus maquiavélicas disposiciones, algunas de ellas ridículamente victorianas (como el robo de las cartas de Paul a su prometida!). Tras varios incidentes a cada cual más delirante, el Escarabajo rapta a la virginal Marjorie, con la clara intención de llevársela a sus indescriptibles orgías egipcias… Sigue una persecución, hasta que, de modo un tanto simplón, el tren que lleva al engendro y su víctima se descarrila, matando al primero y dejando ilesa a la segunda, que puede finalmente casarse con su galán. Se nos refiere, por último, que el templo de los Hijos de Isis fue encontrado y destruído por las autoridades…

Destacando en la ingente masa de producciones fantásticas victorianas y finiseculares, El Escarabajo combina grandes temas decadentes como el orientalismo, la mujer fatal, la metamorfosis, la androginia, la hipnosis y las sociedades secretas dotándoles de una energía que ya prefigura los delirios de la era dorada del Pulp y de los “seriales” cinematográficos tales como el Retorno de Chandú. Lástima que ninguno de los estudios se atreviera con ella pero así nos queda a nosotros el placer de imaginarla entre decorados estrafalarios de cine mudo y absurdas persecuciones ralentizadas por nuestras cámaras mentales…

Marsh prosiguió con su exitosa carrera como escritor de best-sellers, hoy ya totalmente olvidados. La exquisitamente gótica editorial Valancourt ha resucitado dos curiosos opúsculos, The Joss, A Reversion, y Curios, Some Strange Adventures of Two Bachelors. The Joss narra la enrevesada historia de una joven empleada, Mary Blyth, que recibe en herencia de un misterioso tío lejano una mansión poseída por el torturado espíritu de éste, también codiciada por tres grotescos homicidas, ignorantes del horrible secreto que alberga. Más Extraña (e inquietantemente afín a nuestro actual proyecto) resulta Curios, colección de historias narradas por los bizarros Mr. Pugh y Mr. Tress, coleccionistas rivales de “curiosidades” rayanas en lo macabro y terrorífico. Mientras Pugh, supersticioso, cree que toda antigualla que cae en sus manos está encantada, Tress, cínico y desencantado no se arredra ante nada –inclusive el asesinato- para añadir una nueva pieza a su colección. Juntos evocarán una pipa envenenada que toma vida al ser fumada, una mano cortada del siglo XIV con desagradable propensión al asesinato y un fonógrafo en el que una mujer asesinada habla desde su tumba…

Felices sueños.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Don Manuel de Poictesme



Una de las obras más inclasificables, por lo Increíblemente Extraña, de la Fantasy norteamericana es sin duda la inmensa saga de James Branch Cabell Biografía de la vida de Don Manuel. En sus 25 volúmenes –escritos entre 1905 y 1927- seguimos la vida, ilusiones y decepciones del héroe epónimo, guardián de cerdos que poco a poco asciende hasta el rango de conde de Poictesme (provicincia ficticia de Francia, entre Poitiers y Angoulême) así como de sus descendientes físicos o espirituales (!) a través de varias generaciones (y con varias rarezas temporales, desde reencarnaciones hasta inmortalidades…).

Una estructura común une las distintas obras, según el autor: "La comedia siempre es la misma. En el primer acto el héroe imagina un lugar donde la felicidad existe. En el segundo se encamina tras ese objetivo. En el cuarto se queda corto o lo que viene a ser lo mismo consigue lograrlo sólo para darse cuenta de que la felicidad queda un poco más allá todavía…” Lo cual redunda en una relectura irónica del moto del propio Manuel, Mundus Vult Decipi (el mundo quiere ser engañado), pues los propios héroes, manipuladores de sus coetáneos, vagabundean por el tiempo y el espacio persiguiendo ilusiones.

La novela más conocida (digamos mejor la única conocida) de la serie es la octava, la simpar Jurgen (1919). Prestamista cincuentón, Jurgen se hace un día el abogado del diablo ante un monje. Agradecido, el propio Satanás se le aparece y le ayuda a deshacerse de su mujer, Dama Lisa, excesivamente chismosa. Pero el remordimiento lanza a Jurgen en busca de su mujer y juventud perdidas. Rejuvenecido por un nuevo milagro, dotado por el centauro Neso de una camisa mágica y una sombra que apunta sus mínimos gestos y palabras, se lanza a una serie de aventuras predominantemente eróticas, marcadas por el feliz amoralismo que iba a triunfar en los locos años 20.

Siguiendo un meteórico ascenso similar al de su ancestro Manuel, elevado a duque, príncipe, emperador y papa, Jurgen se va cansando de trajinarse a la insaciable Anaitis, se casa con una curiosa hamadríade (!), o silfa arbórea, se enrolla con la Bella Helena de la mitología –aquí doble fabuloso de su amor de infancia, Dorothy la Deseada- y hasta con una vampiresa bastante deslenguada en el fondo del Infierno. En el Paraíso, le enseña las matemáticas a Dios mientras discuten de metafísica. Al final del dantesco y faústico perilo que alterna irónicamente personajes de la mitología cristiana con héroes antiguos y fábulas medievales, Koschquei, nuevo Mefistófeles, le devuelve su antigua identidad y su mujer.

Curiosamente esta “comedia de la justicia” que redunda en una apología de la monogamia fue considerada obscena por la Sociedad neoyorquina de lucha contra el Vicio y le valió al autor un sonado juicio que, como suele ser el caso, le confirió una extraordinaria (si efímera) fama internacional.

Dandy marcado por la cultura “fin-de-siècle” de su adolescencia, Cabell había ya vivido envuelto en el escándalo, desde su expulsión del College de Virginia (que ahora, irónicamente, se honra de albergar sus obras en la biblioteca a la cual da nombre) por su relación “demasiado íntima” con uno de los profesores, hasta su supuesto asesinato del amante de su madre.

La extraña versión cabelliana de lo que se daría en llamar la “fantasía heroica” o “espada y brujería” debía más al Simbolismo descabellado de Lord Dunsany o de William Morris que a los pulps que empezaban a conquistar el mercado y las mentes de América. La Mejor de las Bromas (The Cream of the Jest) retomaría así el conflicto entre el ideal erótico y la realidad –clave en la cultura finisecular- apuntado en Jurgen con la historia de Felix Kennaston, novelista de éxito que huye del tedio de la vida contemporánea gracias a los sueños inducidos por un disco mágico que descubre en su jardín. Transformado en un tal Horvendille salva a la bella Ettara a la que persigue incansablemente a través de los sueños y las épocas, desde la Crucifixión hasta el Terror revolucionario del 93. Cada vez que cree poseerla su sueño se desvanece. Hasta que un vecino le convence de que su disco mágico es sólo un vulgar tarro de cosméticos y que su mujer Kathleen, a la que tiene totalmente olvidada con tanto onirismo, no es sino la reencarnación de su soñada Ettara. La reconciliación final está aquí, contrariamente a Jurgen, teñida de tragedia, pues Felix se da cuenta de su error justo cuando su mujer muere, condenándole a la soledad.

El estilo arcaizante del autor, muy marcado por el Decadentismo y por la recuperación que hiciera Audrey Beardsley del ciclo arturiano de Thomas Malory, envejeció súbitamente con la llegada de la “generación perdida”. El perfume escandaloso de Jurgen, saboreado por contemporáneos como Mark Twain o el mismísimo Alisteir Crowley, se desvaneció como había llegado, sumiendo a Cabell en el mismo letargo encantado que sus propias irónicas y frágiles criaturas.

lunes, 27 de octubre de 2008

Los Ritos Escatológicos del Capitán Bourke



Uno de los libros más extraños de la antropología decimonónica fue sin duda el Notes and Memoranda on Human Ordure and Human Urine Rites of Religious or Semi-Religous Character in Various Nations (1888), a veces simplemente aludido como Scatologic Rites of All Nations (Ritos escatológicos de todas las naciones) de JOHN G. BOURKE Capitán del Tercer Cuerpo (que no del cinematográfico Séptimo) de Cavallería de la United States Army e importante estudioso de los amerindios que se suponía debía exterminar…

Empezando por estudiar la danza de la orina de los Zunis de Nuevo Mexico (8-10), comparándola con la de los Beduinos y los Parsis, así como las de Apaches, Mojaves, Moquis, y Sioux, pormenoriza la absorción del dicho líquido así como la ingestión de excrementos caninos y humanos.

Explica la dieta excrementicia de varios indios de Florida, Texas y California. Cita luego una extraña modalidad de hospitalidad siberiana en la que las mujeres son ofrecidas a los extranjeros pero no para que se solacen vulgarmente como en Los dientes del diablo, sino para que beban su orina. En Africa, Mungo Park refería por su parte cómo la orina de las novias era alegremente esparcida entre los convidados a la boda. Una estilizada variante consistía en lograr miccionar a través de la alianza –costumbre que tal vez inspire a algun@ de nuestr@s contemporáne@s, ávidos de novedades bodísticas… Los Hotentotes por su parte, no se limitaban a salpicar orina sobre los himeneos, sino también sobre los guerreros y, para que no se sintieran sólos, los muertos.

Analiza luego Bourke aspectos escatológicos de las Fiestas de los Tontos en la Europa medieval, citando la aspersión de “aguita amarilla” (como en la célebre tonadilla de los Toreros Muertos) sobre los regocijados festejantes en Portugal y pasa luego, como quien no quiere la cosa, a los ritos psicotrópicos –en los que a menudo interviene la absorción de la droga a través de la orina del chamán.

Estudia la influencia de “la mierda de vaca y la orina de vaca en la religión” (no es broma!!), refiriendo especialmente su papel en los antiguos Israelitas (!!!) y los asirios (cuyos altares se llenaban, al parecer, de tordos votivos a Baal-Peor). Nos habla de Dioses excrementicios entre los egipcios y los romanos (así la poca conocida –al menos por nosotros- Cloacina). Cita también cómo los Sioux y los Assinniboines juran solemnemente sobre pedazos de boñigas de búfalo (resecas, eso sí).

Los excrementos también fueron empleados como curas medicinales, así en Paraná contra flechas envenenadas o en Irlanda para los niños con fiebre. Por extensión, se utilizaron para combatir el mal de ojo y todo lo brujeril: así las matronas romanas miccionaban sobre las estatuas de la diosa Berecinthia mientras los Hurones canadienses se rebozaban en mierda, según el Padre Le Jeune, para combatir malos espíritus.

Nuestro capitán nos habla luego del papel de la orina en las abluciones, especialmente en el tratado del cabello y la conservación de los dientes, precediendo nuestros golosíneos dentríficos… La belleza lograda “cum stercore humano” es de hecho un topos de la Chylologia clásica, citada tanto por Apuleyo, Catulo, Estrabón, Diodoro y sobre todo nuestro queridísimo (por su Extrañismo) Plinio (Historia Natural, libro XVIII, cap. V)

Con el Renacimiento “renace” también este lugar común estético-higiénico, “alimentando” una auténtica Biblioteca scatologica como bien señala Dominique Laporte en su frustrante –por lo breve y un tanto incoherente- Historia de la mierda (1978). Citemos, por el placer de la compilación de Títulos Extraños, el De Excrementis, el Dissertatio de expulsione et retentione excrementorum, la Dissertatio de medicina stercoraria (1700), la Chylologia historico-médica (1725) o la Dissertatio de alvina excretione ut signo (1756).

Paralelamente se iba afinando en las Cortes del absolutismo el arte del perfume (trasfondo del ingenioso best-seller de Süskind). El médico M. Geoffroy cita así el caso de una coqueta aristócrata que se lavaba con las deyecciones de “un joven mayordomo muy sano cuya función consistía en satisfacer las necesidades de la Naturaleza en una bacenilla de cobre, cerrada exactamente por una tapa. La cosa hecha, la bacenilla era al punto recubierta, por miedo a que se evarporara algo de su contenido, y cuando el joven juzgaba que todo estaba ya enfriado, recogía atentamente el agua que salía de ella, la metía en un frasco para que fuera conservada como un perfume precioso para el aseo de su ama. Dicha Dama no dejaba de lavarse cara y manos con ella todos los días y gracias a este fardo odorífero había encontrado el secreto de conservarse bella durante toda su vida” (Continuación de la Materia médica de M. Geoffroy, p. 474).

El insólito tratado de Bourke tuvo una posteridad insospechada al inspirar a dos de los más influyentes espíritus de la cultura finisecular, al James Frazer del Ramo de Oro y al mismísimo Sigmund Freud, autor de un célebre prefacio a la edición alemana. Gracias a ambos, los “ritos escatológicos de todas las naciones” están aún entre nosotros…

miércoles, 15 de octubre de 2008

El Arte de la Locura




Uno de los documentos más Extraños sobre la locura nos viene, una vez más, de la zumbadísima “fin-de-siècle” gala.

Se trata de Los Misterios del poder oculto. El Arte de hacer locos y locas desenmascarado por revelaciones sobre el origen de la locura; e historia de un loco contada por sí mismo del olvidado Henry Rollin (1896).

“Lo que se designa bajo el nombre de locura”, explica el autor, “no es simple y llanamante más que hipnotismo, y como somos todos hipnotizables somos igualmente susceptibles de volvernos locos (o locas)”, añade.

Acto seguido nos explica el procedimiento a seguir: “Para hipnotizar a alguien se le hace absorber, sin que se de cuenta, un producto diluido en sus alimentos o su bebida que no es sino un violento veneno. El producto es la castaña de la India [!], fruto que orna nuestros paseos públicos o privados y que, reducida en polvo, puede meterse en el pan antes de cocerse (…) mientras que en las bebidas se utiliza, creo, esencia o extracto de castaña”.

Pero la cosa no para ahí. Una vez hipnotizada la víctima, hay que llevársela a un asilo…
“En los asilos existen varias categorías de internos; hay los locos propiamente dicho, es decir los hipnotizados; también están los hipnotizadores, diseminados entre estos y encargados de sugerirles los actos y palabras constituyentes de la locura…”!!!

¿Os suena por casualidad a película de terror? ¿Tal vez al clásico del horror paranoide El Gabinete del Doctor Caligari? Pues no sé si Hans Janowitz y Carl Mayer se inspiraron en Rollin para su magnífico guión (lo cual sería todo un scoop para los cinéfagos del mundo mundial) o si lo hemos de achacar al turbulento Zeitgeist (“espíritu de época”, en cristiano) finisecular pero todo lo demás concuerda…

“La mayoría de los guardianes son igualmente lectores de pensamiento (!) e hipnotizadores, sugestionando ellos también a las desgraciadas víctimas, reprimendándoles luego por los mismos actos a los que las han abocado… Cuando un infeliz no sabe ya lo que hace y que ya no es necesario, para su locura, sugestionarle con frecuencia, se dice de él que “ya anda solito” [!!]. Es el término empleado por el gremio…”

Y, más caligaresco aún, el régimen onírico de Rollin:
“Los sueños tienen idéntico origen, los lectores de pensamiento fastidian a la gente durante el sueño, proporcionándonos telepáticamente sueños a cada cual más estúpidos, ya que se sueña con frecuencia con cosas que uno no ha visto jamás y que ni siquiera existen. Así pues no es la preocupación personal la que hace soñar, ya que en ese caso se soñaría con cosas naturales y sensatas; así que es una tercera persona (un manipulador de bolas [!!] macho o hembra como se llaman a sí mismos; comprended manipulador de cabezas) quien nos sugiere todos esos sueños y sin esos reptiles no soñaríamos jamás”…

Así que ya tenéis una estupenda excusa para volver a ver el Opus Magnum del expresionismo alemán (descargable ahora legal y gratuitamente en el Internet Archive) con otros ojos, como diría el propio Rollin…

Mi cabeza… Me da vueltas… Veo…

Veo…

sábado, 11 de octubre de 2008

La locura de Jeschouabar


Los delirios del positivismo, en concreto en el terreno de la psicología, igualaron a veces en intensidad los de la teología escolástica.

Buena prueba de ello es el insólito tratado del Dr. Binet-Sanglé consagrado a La locura de Jesús, su hereditariedad, su constitución, su fisiología (1908).
En él descubrimos que “desde hace 1900 años la humanidad occidental vivie en un error de diagnóstico”. “Sin prejuicios”, se trata de “aplicar a Jeschouabar-Iossef (el Jesús de toda la vida!!) el método de las ciencias naturales y establecer en parte su observación clínica”.

Ahí va. “Nacido entre el Mediterranio y el lago de Tiberias, en medio de una provincia montañosa poco frecuentada, salvaje, país de buen vino en una época en la que el alcoolismo se abatía sobre la población judía, en un agujero perdido cuyos autóctonos eran el hazmerrreir de los urbanitas; hijo de un carpintero piadoso y de una devota, hermano de un asceta esmirriado y cochambroso que, sugestionado por él, se hizo jefe de secta y pagó su fanatismo con la vida; tío de un jefe de secta que vivió el mismo destino, tío abuelo de palurdos cuya ingenuidad e impotencia excitaron la piedad de los romanos, contando en su familia siete místicos sobre trece miembros; pequeño de talla y de poco peso, de constitución delicada, presentando una anorexia de larga duración y una crises de hematidrosis (!), muerto prematuramente en la cruz de un síncope de deglución facilitada por la existencia de una peluresis posiblemente de origen tuberculosa y localizada en el ventrículo izquierda; teniendo ideas de eunuquismo, edipismo y de amputación manual (será por lo aquello de la mano pecadora…), reveladores de deseos sexuales ardientes, incluso de perversión sexual; por lo demás impotente y esteril Jeschouabar-Iossef aparece como un degenerado físico y mental”…

La idea del desequilibrio mental de Jesús no era, empero, original. Se podría incluso decir que constituyó un mini-subgnéro psiquiátrico a finales del siglo XIX (cómo no!). Desde que Friedrich Strauss en su histórica Vida de Jesús, hubiera catalogado el “fanatismo de Jesús” como “próximo a la locura”, el argumento floreció. El cachondo Jules Gay comentaba en sus Mezclas satíricas (1877), “creerse Dios o cualquier otro ser extraordinario es un caso de locura muy común. Jesús era sin duda un loco de esa especie”. Oskar Holtzmann, en Fue Jesús un Extático? (suena más contundente, como siempre, en alemán: War Jesu Ekstatiker? Buen título para un tema techno, por cierto) respondía con la afirmativa (1903), sugiriendo que no tenía gran contacto con la realidad…

Un año después el danés Emil Rasmussen escribió Jesus, Un studio comparado de psicopatología, concluyendo que el individuo en cuestión era epiléptico, citando el petit mal (o yuyu, diríamos hoy) en Getsemanía y el grand mal con los mercaderes del Templo. Dr. George de Loosten en Jesucristo desde el punto de vista de un psiquiatra (1905) explica que su comportamiento bizarre venía de una mala herencia genética que hacía de él un “degenerado” con un “sistema halucinatorio fijo”.

Y ahí llegó nuestro Binet-Sangle con su citado diagnóstico, “demencia”, apoyándose en el Estudio clínico sobre el delirio religioso de un tal J.-M. Dupain y su noción de causada “paranoia religiosa”, identificando siete halucinaciones claras, dos de las cuales fueron puramente visuales, el resto siendo a la vez visuales y auditorio-verbales… Sus ideas serían retomadas por el neoyorquino Dr. William Hirsh dos años después Religión y Civilización—Conclusiones de un Psiquiata, añadiendo al diagnóstico la “megalomania, incesante e inconmesurable”: “Todo lo que sabemos sobre él coincide tan perfectamente con el cuadro clínico de la paranoia que es casi inconcevible que la gente pueda aún cuestionarse el diagnóstico”.

Tras un par de tratados más (tratando de mitigar la locura de Jesús, situándola en el contexto de las supersticiones de su tiempo), del alemán Dr. Albert Schweitzer y del Dr. Walter Bundy (La salud mental de Jesús, 1922) y un artículo con un título que bien podría anunciar un bailongo tema de Fatboy Slim (“Crazy Jesus” de E. Haldeman-Julius, 1925), el tema desapareció por completo del panorama psiquiátrico hasta nuestros días… ¿Se trata de una nueva conspiración vaticana? ¿Hemos de temer otro de Dan Brown?
Respecto a Binet-Sanglé, poca cosa sabemos, pero todo apunta a que pertenece a nuestra tribu Extraña. Libertario radical como sólo los había entonces escribió sobre “antropología sobrenormal” (!) y afirmó que “la virtud, en el sentido completo de la palabra, sólo se encuentra en las mujeres cuyo sistema nervioso genital no se ha desarrollado; es decir, en las degeneradas” (Le Haras humain, 1921) y que« el coito hace durar la vida », aduciendo la longevidad de los asnos sementales y el hecho de que « las solteronas no llegan a centenarias ».

Muy inquietante fue empero su afiliación al eugenismo finisecular. En 1919, tras la Primera Guerra escribió El arte de morir. Defensa y técnica del suicidio asistido. Allí afirmaba que “el infanticidio de los degenerados, el asesinato de los idiotas y de los melancólicos incurables (!) así como incentivar el suicidio de los malos procreadores son perfectamente racionales”…

“Si todos los medios de educación y profilaxia son impotentes para impedir que ciertos anormales y enfermos sean un peligro grave para la sociedad y su descendencia no habría que dudar en eliminarlos de modo ilimitado de la vida social (!), a condición que su segregación (!!) sea humana, científica, sin preocupaciones penales, inspirada ante todo con el deseo de curarlos (!!!)”. Así pues propuso la “creación de un Instituto de eutanasia donde los degenerados cansados de la vida (!!) serán anestesiados hasta la muerte con protóxido de azoto o gas hilarante”.

Sabemos así cual hubiera sido la suerte de Jeschouabar de haber caído entre las manos, no de Pilatos, sino de nuestro Doctor. La cámara de gas estaba ya a la vuelta de la esquina…

lunes, 6 de octubre de 2008

Dr Voronoff II



Voronoff fue, como anunciábamos, el modelo para el Profesor Preobrazhensky (transfiguración, en ruso) de Mijail Bulgakov en su Extraño Corazón de Perro. Sátira ácida del Nuevo Hombre soviético, sólo pudo ser escrita durante el paréntesis dorado (comparado con las purgas que iban a seguir) de la NEP, equivalente soviet (salvando las distancias) de los locos años 20.

El Profesor chiflado en cuestión implanta testículos humanos y una pituitaria (provenientes de un borrachuzo llamado Chugunkin, parodia velada del nuevo líder Stalin- stal es acero y chugun es hierro) en un perro abandonado, el inolvidable Sharik. A raíz del xenotransplante, Sharif se va humanizando –al contrario del profesor Presbury pero a semejanza del mono kafkiano de Informe para una Academia, su contemporáneo. Tanto es así que adopta el nombre Poligraf Poligrafovich Sharikov (pulla del autor contra los plumíferos que le estaban amargando la existencia), encontrando curro en el Departamento de Limpieza de Moscú, responsable de la eliminación de cuadrúpedos errantes, venganza sobre sus antiguos rivales giróvagos (y doble ironía del ajuste de cuentas de Mijail)

La obra tuvo que esperar 60 años para ser publicada oficialmente en ruso, tras una existencia larvada en los samizdats. La sátira de la utopía soviética de transformar a la humanidad (contemporánea, no lo olvidemos, del eugenismo nazi que substituyó los enemigos de clase por los raciales), prefiguración de las teorías de Lysenko sobre el homo sovieticus, se mezclaba con la crítica desopilante de un sistema donde un perro puede terminar convertido en burócrata. Todo ello, como su genial correlato en la obra maestra de Bulgakov, El Maestro y Margarita, resultaba inasimilable para un régimen cada vez más totalitario.

Como el Maestro, la historia de Sharik (que algo le debe a nuestro cervantino Coloquio de los perros) recibe ahora estatuto de culto en Rusia, tras triunfar en la ópera (El asesinato del Camarada Sharik de William Bergsma, 1973), y el cine (de "Cuore di cane" con el siempre estupendo Max Von Sydow como trasunto voroffiano a la rusa Sobachye Serdtse del 88, filmada desde el punto de vista del perro por Vladimir Bortko).

Pero las andanzas de Voronoff no pararon ahí. Tratando de ampliar su clientela, el ya millonario doctor se puso a transplantar ovarios de mono en las mujeres. Y al revés (!!). Transplantó ovarios humanos en hembras simias, inseminándolas luego con esperma humano. Tal rayadura, ya plenamente cercana al Dr. Moreau de H. G. Wells, causó tremenda sensación, propiciando una inencontrable novela del olvidado hidrópata (algún día os hablaremos de tan ilustre cofradía) Félicien Champsaur, Nora, la guenon devenue femme (la mona hecha mujer).

Obra de ciencia ficción totalmente finisecular (los escritores fin de siècle lo fueron hasta la muerte, arrastrando sus neuras por la primera mitad del siglo XX), Nora narra la historia de una xenotransformación dirigida por el mismísimo Voronoff (¿cómo le habrá sentado tal dudosa publicidad?) por la cual una mona se convierte en estrella del music-hall. Se trataba sin duda de una caricatura racista (el paralelismo entre los monos y los negros era una constante del discurso racial eurocéntrico) de la célebre Joséphine Baker, icono de los años 20 y abanderada de la « negrofilia » de las nuevas élites que iba del neo-primitivismo cubista hasta las estatuillas del Art Déco. Sin embargo la obra termina exaltando los instintos, en especial “el amor sin freno ni ley”, contra las convenciones supuestamente civilizadas, lo cual aproxima a Champsaur de los jóvenes surrealistas que por entonces empezaban a pulular por los baretos y burdeles de Montparnasse.
Y, como no, el tema de la mujer-simia es también la ocasión de jugar con fantasías bestialistas, animalizando esta vez a la hembra frente a obras ya aludidas como Gamiani de Musset o La novela de un mono de Charpentier…

"En la depilación del cuerpo de la mona, los médicos habían formado un triángulo, de un ébano sedoso y Nora, divertida, lo acariciaba dulcemente, curbándose cada vez más para no perder detalle alguno de las voluptuosas contracciones de aquella orquidea. De repente sintió dos manos acariciantes tomándola por los flancos mientras un soplo ardiente le quemaba la nuca (…). El bramido de placer de los orangutanes rugíó en su garganta y se sintió penetrada hasta lo más profundo de su ser…”

El que así penetra a la estrella del « ballet negro » es Narciso, él también orangután hominizado… Otros capítulos incluyen, como el llamado Orgía de mujeres, alegres festividades tribádicas –tan de moda en los años 20- interrumpidas por la intrusión del celoso orangutánido, o el violento ataque a Anatole France en ocasión de su muerte (sólo superado por el célebre manifiesto de los surrealistas que lo ponía a caer de un burro), provocada, según Champsaur, por un injerto fallido de testículos. Mientras France se va al hoyo Narciso canta La Internacional, final inesperado para una obra cuanto menos singular.

Champsaur sigue siendo uno de esos prolíficos escritores de aquella increíble época totalmente olvidado pese a títulos tan geniales como Los jodidos de la vida, Noche de fiesta, El sembrador de amor, Orgía latina, El combate de los sexos y sobre todo Matar a los Viejos! Gozar! que en su día pasaban de los 100 mil ejemplares (¿quién cojones se atrevería no ya a publicar sino a escribir eso en nuestros días fuera de los webzines más bizarros?) .

Así mismo los experimentos del Voronoff “real” fueron cayendo en desgracia tras la resaca del krach. Todo un sistema de vida (golfa) se venía abajo, y con él las Glándulas de Mono, en cocktail o en especie…

La comunidad científica fue crecientemente escéptica. Se acusó al excéntrico millonario de charlatanismo, próximo a “los métodos de las brujas y los magos” según el cirujano británico Kenneth Walker. El descubrimiento de la testosterona tampoco avaló sus teorías. Cuando murió el 3 de septiembre de 1951 en Lausanne, casi ningún periódico incluyó su obituario.

Mayor oprobio cayó aún sobre su nombre cuando, a mediados de los años 1990, algunos investigadores relacionaron las experiencias voroffianas de xenotransplantes con la transmisión del virus de inmunodeficiencia simia a los humanos… haciendo del extraño Doctor uno de los causantes de la terrible enfermedad que nos asola…
Siniestro epitafio para nuestro sabio loco de serie B…

viernes, 3 de octubre de 2008

Dr. Voronoff



A petición de mi mujer (¿Qué no haríamos por ellas?) os hablaré hoy del extrañísimo Dr. Voronoff, célebre (pese a lo hoy olvidada) figura de los Locos Años 20 cuyo impacto en la historia literaria ha sido injustamente obviada.

Serge Abrahamovitch Voronoff era un cirujano francés de origen ruso fascinado por los transplantes y más concretamente, la xenotransplantación introducida por el Dr. C-E. Brown-Séquard. Tanto es así que en 1889, ni corto ni perezoso (tenía entonces 23 añitos), Voronoff se injectó subcutáneamente extractos de testículos de perros y cobayas. Infructuosamente. Por el momento.

Entre 1896 y 1910 estudió en Egipto los efectos rejuvenecedores de la castración en los eunucos (!). Empezábamos bien. Pensó entonces que los transplantes de glándulas serían más eficaces. Entre 1917 y1926, realizó más de 500 transplantes de testículos de jóvenes ovejas y cabras en especimenes más ancianos, logrando (según él) efectos rejuvenecedores que describe en el extraño Les Sources de la Vie.

Listo ya para dar el gran salto comenzó a transplantar testículos de criminales ajusticiados a pacientes millonarios pero, ante la abrumadora demanda, se pasó a los cojones de mono.

El primer transplante oficial de la “glándula simia” en un humano ocurrió el 12 de junio de 1920. Pequeñas tiras de testículos de chimpancés fueron implantados en el escroto del paciente. En 1923, el Congreso Internacional de Cirujanos de Londres celebraba el éxito de la experiencia del Dr. Voronoff…

Entre los efectos, descritos detalladamente en su opúsculo Etude sur la Vieillesse et la Rajeunissement par la Greffe (1926), más allá del meramente erectil (precedente de nuestro Viagra), se contaban el incremento de la memoria, de la capacidad laboral, la pérdida de la miopía (!), el tratamiento de la demencia precoz (!!) y el prolongamiento de la vida. La ilustración de arriba nos muestra lo infalible del método…

A finales de la década más de 500 hombres habían sido tratados en Francia y miles más alrededor del globo, en multitudinarias tournées (aún no existían las estrellas del rock). El Doctor creó su propio “Macacario” destinado a la reproducción de especimenes en la Riviera Italiana, empleando a un antiguo domador circense. La “crème de la crème” se precipitaba a por los milagrosos testículos, enriqueciendo de modo fabuloso (a lo Gatsby) al Doctor, envuelto en una nube de chóferes, mayordomos, sirvientes, secretarias y amantes.

El tratamiento de la “glándula simia” causó furor en la cultura popular de los cachondos años 20. Aparecieron curiosos ceniceros donde monos reticentes cubrían sus partes exclamando: “No, Voronoff, no me pillarás!”. Las fiestas privadas se plagaron de adeptos cuchicheando las virtudes de la glándula, llevando al avezado Harry MacElhone, propietario del famoso Harry's New York Bar en París a bautizar a su nuevo cocktail “La glándula de Mono”.

Inciso para los curiosos que quieran impresionar al personal en el próximo guateque: ginebra, zumo de naranja, granadina y absenta (!). No hay efectos secundarios conocidos. El primero que lo pruebe que escriba a estas páginas...

Irving Berlin se marcó una canción destinada al éxito, "Monkey-Doodle-Doo", que fue integrada (¿cómo no?) en un film algo olvidado de los Hermanos Marx, Los Cuatro Cocos. No podemos resistir el transcribirla. Para los que la quieran ver y oir en la versión Marx, id aquí.

“Oh, a little monkey playing on his one key
Gives them all the cue
To do the Monkey Doodle Doo

Let me take you by the hand
Over to the jungle band
If you're too old for dancing
Get yourself a monkey gland
And then let's

Go, my little dearie, there's the Darwin theory
Telling me and you
To do the Monkey Doodle Doo…”

En Brasil, tras una sonada visita donde el Doctor injertó a buena parte de la élite tropical, tuvo tambien un importante eco musical, al inspirar una de las primeras sambas del genial Noel Rosa, Minha Viola. El experimento falla, pues la virilidad orangutanesca se trueca en maullidos gatunos…

“Eu tive um sogro cansado dos rega-bofe
Que procurou o Voronoff, douto muito creditado
E andam dizendo que o enxerto foi de gato
Pois ele pula de quatro, miando pelos telhados...”

El propio poeta E. E. Cummings inmortalizó el tema del “famoso doctor que injerta glándulas de mono en millonarios” (más sonoro en inglés, claro: “monkeyglands in millionaires", hubiera sido un buen título de pulp, si es que no existe ya).

La historia del extraño Doctor no podía menos que atraer a los amantes de lo Bizarro (magnífico adjetivo que no poseemos plenamente, por desgracia, en castellano; hay que meterlo, y ya, en nuestro léxico).
Conan Doyle se inspiró en el experimento de Voronoff para su “Aventura del Hombre que Trepaba” (aunque en inglés Creeping Man puede también aludir a su degeneración, con connotaciones que van de lo siniestro a lo vagamente cerdo). El tardío relato (es de 1923) acerca el universo sherlockiano a la otra rama practicada por el Dr. Doyle, la ciencia-ficción, con la patética historia de un anciano enamorado, el Professor Presbury, que trata de recuperar el vigor y la energía perdidos, aún a riesgo de violar las leyes de la naturaleza.

Varios extraños incidentes se suceden: el profesor desaparece por las noches, a veces durante temporadas enteras (la familia se entera que ha estado por Praga… en una época en que aún no existían los low costs, recordemos). Su fiel cachorro no le reconoce, incluso trata de morderle. Las reacciones del profesor cambian, siendo cada vez más inquietantes. Así, a veces se dedica a arrastrarse a cuatro patas por el lujoso hall de su mansión… y su hija Edith lo ve trepando por la ventana de su dormitorio a altas horas de la madrugada… (Me encantan estos profesores degenerativos, hijos bastardos del Dr. Jekyll. No puedo sino imaginármelos en fotogramas algo descoloridos de la Hammer…).

Una carta llega de Praga, de un tal Dorak, un zíngaro (cómo no) que tiene una extraña tienda de ultramarinos (SÍ!!!). Holmes, as usual, reúne todas las piezas del rompecabezas y descubre que el Profesor se droga (como el propio Holmes o el otro Doctor de los 20, Sigmund Freud), exactamente cada nueve días, suministrado por el correo de Dorak. Luego trepa y hace esas cosas raras. ¿O deberíamos decir… simiescas?
La droga resulta ser extracto de langures (quizás el híbrido Trachypithecus johnii) que no sólo han revitalizado al profesor sino que le han transmitido algunas propiedades del animal… Elemental, queridos (aunque de sobra sabéis que Holmes nunca dijo eso bajo la pluma de Doyle…).

Pero la obra voroffiana más célebre es sin duda Corazón de Perro de M. Bulgakov, publicada dos años después del Trepador.

Os hablaremos de ella en breve.

jueves, 26 de junio de 2008

Marquesa de Sade


¿Os acordáis de aquella Torre de Amor necro-fetichista de la extraña Rachilde?

Hoy, como prometido, os hablaremos de otra de sus singulares criaturas, Mary Barbe, la Marquesa de Sade que da título a la Muy Decadente novelita publicada en el Año de Gracia de 1887.

Mujer fatal (en el sentido literal, claro) como toda Musa decadente, Mary es una vampiresa sui generis, ya que para desgracia suya no ha sido “fertilizada” por su mítico contemporáneo, el Drácula de Bram Stoker (pináculo de la necrofilia finisecular).

Así que tiene que contentarse con pequeñas sangrías a sus anodinos amantes. Hasta el día en que encuentra a su víctima ideal, el pobre Paul Richard que tiene la interesante característica de ser… hemófilo (!).

En su primer encuentro el joven Paul, violentamente emocionado por la vampiresa, tiene un primer ataque, enrojeciendo y sangrando con efusión, algo que fascina, claro está, a su compañera.

Comprendiendo poco a poco lo que “pone” a ésta, Paul entra en una rutina masoquista: “A veces se golpeaba la frente, como quién no quiere la cosa. Otras veces mantenía la cabeza baja y la levantaba violentamente, esperando como recompensa la cruel sonrisa de la mujer caprichosa. Entonces ella le abrazaba con más fuerza, embriagándose con la sangre que la embadurnaba”…

Como en la obra maestra de Stoker, la sangre es evidente trasunto de los “otros” fluidos corporales, no en sentido metafórico o simplemente metonímico, sino literal. Una patología absoluta y perversa del coito fin de siglo.

Por desgracia Paul va curándose de sus crisis hemorrágicas. Así que Mary va distanciándose de él.

Al principio trata de torturarlo, abriéndole heridas para que la sangre vuelva a fluir: empieza con sus uñas, urgándole los poros de la piel, luego con alfileres y “una punta de metal mal afilada con la que tatuaba sus iniciales, apoyando primero dulcemente, escribiendo luego en la carne viva”.

Paul Richard, tratando desesperadamente de conservar a su bella, sustituye el orgasmo por los gemidos de dolor, radicalizando el esquema establecido por el célebre barón (coronado, no lo olvidemos, con la Legión de Honor) Sacher-Masoch.

Como era de esperar el idilio acaba cual rosario de la aurora, con la degradación absoluta de Paul y su abandono.

Nos quedamos con Mary errando por las noches parisinas de la Belle Époque, en busca de nuevas víctimas, prefigurando la Madame la Mort de la obra homónima (1891), ecuación absoluta entre feminidad y óbito.

Rachilde seguiría ahondando en su teratología sexual, jugando con el lesbianismo más “fatal” (Madame Adonis, 1888), el fetichismo (la heroína de La Jongleuse, de 1900, se lo monta, por así decir, con una ánfora griega!), el incesto (Les hors nature, 1897), la obsesión erótica compulsiva (L'heure sexuelle, 1898), o el amor de las niñas (La souris japonaise, 1921).

Nosotros nos quedamos con Mary,

“rondando de noche y durmiendo de día, como las fieras (…) Su ser de carne incorruptible paseaba en medio de las histerias de su tiempo como una salamandra entre las llamas; vivía de los nervios ajenos más que de los propios, sorbiendo voluptuosamente los cerebros... "

Quién sabe si aún se esconde en alguna callejuela sombría del viejo París…


p.s Los que queríais saber de la verdadera Marquesa de Sade, esto es la mujer del Divino Marqués, Renée-Pélagie de Montreuil, seréis satisfechos en su debido momento, cuando comentemos la curiosa correspondencia entre ambos cónyuges…

viernes, 6 de junio de 2008

La Torre de Amor



Ya evocamos alguna vez la Edad de Oro de lo Extraño que supuso el Decadentismo europeo.


Hoy hablaremos de una de sus musas más célebres, Rachilde (más prosaicamente Mme Alfred Vallette) que pasó de ser amiga del inenarrable Alfred Jarry a ser abofeteada por los Surrealistas en un célebre banquete.


Especialista de las sexualidades “fuera de la naturaleza”, según el título de uno de sus novelas, Rachilde (quien gustaba de vestir a lo “amazona” o “ginandra”, como se decía en la época) se centra en La Tour d’Amour (1899) en un tema predilecto del Decadentismo, tal vez El tema decadente por antonomasia, el amor de los muertos.


Desde el caballeresco título, con ribetes trovadorescos, se alude al tema, si bien la Torre en cuestión no es otra que el apocalíptico faro de Ar-men, digno baluarte en la larga lista de faros literarios, de Julio Verne a Virginia Woolf.


Auténtico protagonista de la novela (es un cliché pero en este caso no queda otra), el faro va adquiriendo verdadera vida al modo de las casas malditas del género Gótico (Edgar Allan Poe es aquí, como en el Decadentismo mismo, referencia ineludible).


Completamente aislado en la inhóspita costa bretona, construido a costa de innúmeras vidas humanas, el faro es aprovisionado desde un barco a través de un sistema de poleas. En él habita un viejo solitario, el inolvidable Mathurin Barnabas (onomástica ya maldita) y a él llega un joven virginal, Jean Maleux, relevando en su puesto a un guardián muerto (cómo no) en extrañas circunstancias.


La novela va a seguir la iniciación traumática del joven, iniciación que, fiel al ideario pesimista del Fin de siglo, sólo puede desembocar en el desastre.


Poco a poco nos vamos adentrando con Jean en la locura de Mathurin hasta descubrir su macabro secreto: la obsesión por las bellas ahogadas.


Necrofetichista más que necrófilo propiamente dicho, Mathurin recoge sus cuerpos arrastrados por la marea hasta el faro, les arranca los cabellos (con los cuales se cubre, anticipando a Ed Gein y su célebre trasunto ficticio Leatherface) y les cercena las cabezas, que guarda escondidas como auténticas reliquias.


Sólo la vista de una nueva ahogada puede solazar a este ser totalmente animalizado, ilustrando las teorías contemporáneas de Krafft-Ebing en su Increíblemente Extraño Psychopathia Sexualis (del cual ya hablaremos, no os preocupéis).


Figura del misógino delirante que sólo puede gozar del cuerpo femenino cuando este está muerto y desmembrado, Mathurin es, como el faro que lo alberga (y del cual él es como un Minotauro degradado), un potente arquetipo de la Decadencia.


Jean, poco a poco, irá animalizándose a su vez, poseído por el espíritu mórbido del lugar (que sin duda se cobró la vida de su predecesor). Asistirá a la agonía del viejo y cohabitará durante quince días con su cadáver en acelerado proceso de descomposición.


Cuando llega el nuevo relevo Jean es ascendido a guardián del faro, encerrándose en este y en lo que sabe que es “el inicio de la locura”…



Algún día os hablaremos de las demás criaturas de la singular Rachilde, empezando por la extraña pareja formada por Paul Richard y la Marquesa de Sade…




jueves, 8 de mayo de 2008

Charlot onanista



Pese a lo dogmático y petardo que puedan resultar varios Movimientos literarios siempre se les puede colar algún Libro Increíblemente Extraño entre ellos.

Tal fue el caso, por ejemplo, del Naturalismo, de tan aburrida memoria para todos los alumnos de Lite. Pese a las pretensiones documentalistas del Papa Zola se le colaron unos cuantos colegas bastante zumbadetes (del propio Huysmans –del cual hablaremos en breve- a Octave Mirbeau por citar a los dos Rayados Naturalistas más conocidos).

Una de las flores más raras que creció a la sombra del movimiento zolesco fue el poco conocido Charlot se divierte de Paul Bonnetain (1883). La peculiaridad de esta novela es que está íntegra y exclusivamente consagrada al tema inagotable de la Masturbación (aludida e irónica "diversión" del título).

No era la primera rareza del género, ya que el propio discurso médico y jurídico sobre el Onanismo nació con un anónimo libelo de por sí Extrañísimo, Onania, El Horrendo Pecado de la Auto-polución y todas sus Espantosas Consecuencias para Ambos Sexos, Considerado (1710), acertadamente definido por un estudioso como “porno soft médico”.

Pero la novela de Bonnetain lleva la paranoia onanista hasta límites insospechados de sordidez decadente, ilustrando los “horrores” del abuso de sí que provocan, como todo el mundo sabe, desde mórbidas alucinaciones hasta impulsos suicidas…

Y ello desde el sorprendente arranque: un accidente laboral. Un obrero lleva al hijo del difunto a su casa. La viuda lúbrica aprovecha para tirarse literalmente sobre el obrero que le trae la mala noticia, violándolo (técnicamente).

A cambio el obrero le da una paliza, a la cual asiste el traumatizado niño que grita “!Papá! no golpees a mamá… No lo volverá a hacer” (!!).

Poco después, tras el entierro del padre, el niño, llamado Charlot, se masturba.

Indignada la madre le mete en una institución religiosa.

El superior, padre Hilarion, secundado por el padre Eusebio pervierten totalmente al joven onanista, “para siempre desquiciado”, según el narrador.

Sigue un pequeño episodio homosexual con un joven colega de escuela, Lucien, durante el cual “Charlot era la mujer, siempre dominada”.

Lucien empieza a interesarse por las chicas y se pira con el Ejército.

Charlot se alista también, siguiendo sus pasos. Ya soldado, vuelve a pajearse compulsivamente.

Un día sus colegas le llevan al burdel. A Charlot, tras el asqueo inicial, le encanta. Pero no tiene suficiente pasta para volver.

Así que se masturba.

Enflaquece alarmantemente. Es despedido del Ejército.

Vuelve a París, encuentra una prostituta, vuelve a asquearse, se masturba nuevamente.

Vagabundea por la capital. Sufre crecientes alucinaciones. Sueña con asesinar a una niña. Se agencia una navaja. Huye. Vuelve a ver a la niña, que le reprocha haber huído.

Se viste de mujer en su casa, se perfuma. Va a misa.

Un día va con un amigo a ver las célebres histéricas del Doctor Charcot, que empleaba (poco hipocráticamente) a sus pacientes femeninas como freaks de feria por una módica entrada.

Entre las locas, Charlot reconoce a su madre.

Vuelta al cinco contra uno, según la consabida expresión francesa.

Una mujer se tira a sus brazos, escapando de la policía mundana. Empiezan a vivir juntos. Ella trabaja la calle. Él se masturba.

Ella tiene un niño.

Charlot, en la última página, se ahoga con la criatura.

Y luego dicen que algunas novelas o pelis actuales son en exceso depresivas…

No es de extrañar que Bonnetain tuviera algunos problemillas con la censura, aunque por aquellas ya no se estaba en la Francia timorata que condenara a Baudelaire. Así que el buen hombre ganó su juicio y siguió escribiendo tan tranquilo su galería de horrores cotidianos, pronto secundado por cantidad de "buscadores de taras" según el título de Camille Mauclair (otro rayado supino del que tal vez hablemos).

Ignoramos si Charles Chaplin, al bautizar a su genial creación, quiso gastar una broma al público edwardiano y si, al fin y al cabo, se “divirtió” tanto como el héroe homónimo de Bonnetain…