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viernes, 24 de abril de 2009

Retrato del pícaro como joven atún



Un mito persistente excluye y purga nuestras letras de todo lo que huela remotamente a maravilloso o fantástico. La literatura hispánica es por cojones (o por gracia de Dios),realista. Se aceptan algunas excepciones, claro, porque, dicen, confirman la regla.


Algo cuanto menos extraño cuando pensamos que salieron de las hispanas imprentas oleadas de libros de caballerías (ignorados, los más delirantes, durante siglos hasta su reciente y paciente rescate por editores “heterodoxos y marginales”) que “conquistaron” Europa y las Américas, emblema e icono de la imaginación más estrafalaria como queda patente en el máximo homenaje, a la vez que réquiem elegíaco y metaficcional parodia, que es el Quijote.


Más allá de esa obviedad nos encontramos con cantidad de Libros Increíblemente Extraños olvidados (o, conspiranoicamente, silenciados) de la tradición hispánica. Así los que, en nuestros Siglos de Oro, retomaron la fecunda tradición lucianesca de las metamorfosis jocosas (y algo rijosas). En la filiación de la novela picaresca apunta así Menéndez Pelayo (el ortodoxo heterodoxo, viviente contradicción que refleja la de toda nuestra cultura) el curioso Crotalón, donde, a imagen del Lucio del Asno de Oro, un gallo (llamado Gallo, por cierto) se ve metamorfoseado en «un muy apuesto y agraciado mancebo cortesano y de buena conversación (…) de natural crianza y continua residencia en la corte de nuestro rey, hijo de un valeroso señor de estado y casa real». Como Lucio también se ve envuelto en una aventura amorosa con una de aquellas «grandes hechizeras encantadoras, y que tenían pacto y comunicación con el demonio para el effecto de su arte y encantamiento», pero que, para suerte de Gallo, no es una vieja decrépita como la que le tocó montar a su predecesor asnil… Otro día os hablaremos más de él, ya que hoy queríamos evocar rareza del mismo palo.

Se trata de la muy desconocida continuación del Lazarillo de Tormes, publicada por primera vez en Amberes en 1555, sin nombre de autor, atribuida por algunos a un tal fray Manuel de Oporto (otro de esos frailes cachondos mentales a lo Rabelais). Esta Segunda parte de Lazarillo de Tormes resultó ser un fiasco, tal vez por romper con la línea realista y picaresca del libro original y porponer una fantasía alegórica lucianesca, en la que el protagonista se convierte en atún, se casa con una atuna con quien procrea alegremente peces y sostiene en la Corte atunil todo tipo de guerras contra varios otros pescados. Posiblemente, el desconocido autor (tal vez alguno de los muchos perseguidos que tuvieron que eclipsarse por Flandes), quiso aludir de forma velada a personajes y circunstancias de la “gesta imperial” hispana (quizás incluso a la reforma militar del Gran Capitán), pero la sátira tuvo poco éxito, y solamente se reimprimió en Milán en 1587 y 1615, irónicamente adjunta (cual monstruoso parásito marino) con el primer Lazarillo.

Lázaro “por importunación de amigos” (un poco como Bardamu al inicio de su Viaje al fin de la noche), se fue a embarcar para la guerra de Argel y en uno de los frecuentes naufragios de nuestra literatura aúrea se vio “hecho atún” por la gracia de Dios (¡otra vez!)…

“Finalmente, el Señor, por virtud de su passión y por los ruegos de los dichos y por lo demás que ante mis ojos tenía, con obrar en mí un maravilloso milagro, aunque a su poder pequeño, y fue que estando yo assí sin alma, mareado y medio ahogado de mucha agua que, como he dicho, se me había entrado a mi pesar, y assí mismo encallado y muerto de frío de la frialdad, que mientras mi conservador en sus trece estuvo, nunca había sentido, trabajado y hecho pedaços mi triste cuerpo de la congoxa y continua persecución, y desfallecido del no comer, a deshora sentí mudarse mi ser de hombre, quiera no me cate, cuando me vi hecho pez, ni más ni menos, y de aquella propia hechura y forma que eran los que cerrado me habían tenido y tenían. A los cuales, luego que en su figura fui tornado, conocí que eran atunes, entendí cómo entendían en buscar mi muerte, y decían: «Este es el traidor, de nuestras sabrosas y sagradas aguas enemigo. Este es nuestro adversario y de todas las naciones de pescados que tan executivamente se ha habido con nosotros desde ayer acá, hiriendo y matando tantos de los nuestros; no es possible que de aquí vaya; mas venido el día, tomaremos dél vengança».

A continuación es llevado ante un poderoso general atún que toma a su servicio (podéis regocijaros con el capítulo en mi www.freaklit.blogspot.com). Lázaro-atún se hace amigo del igualmente atunil capitán Licio, el cual cae en desgracia en la Corte por culpa de una oscura traición y es encerrado en prisión. Lázaro, ni corto ni perezoso, organiza a sus atunes, liderando una revuelta palaciega para librar a su amigo de la muerte y acabar con el traidor don Paver.

Lázaro logra negociar con el rey de los atunes, haciéndose su privado y casándose con la linda Luna. Luego todo se hace más alegórico (la sombra de Erasmo planea sobre Lázaro como sobre toda nuestra literatura del momento), ya que Lázaro, yendo de caza por un bosque como tantos y tantos caballeros de la tradición céltico-artúrica (no olvidemos que sigue siendo un atún, lo cual es cada vez más Extraño), se encuentra nada más ni nada menos que con “la Verdad”…

“ la cual me dixo ser hija de Dios y haber baxado del cielo a la tierra por vivir y aprovechar en ella a los hombres, y cómo casi no había dexado nada por andar en lo poblado, y visitado todos los estados grandes y menores; y ya que en casa de los principales había hallado assiento, algunos otros la habían revuelto con ellos, y por verse con tan poco favor se había retraído a una roca en la mar.

Esta le cuenta “cosas maravillosas que había passado con todos géneros de gentes”, pero por suerte para el sufrido lector, el narrador pasa olímpicamente de referirnos una alegoría al uso (por muy erasmista que sea) y se va no a freír puñetas pero sí a desovar con las atunas (¡!), donde termina tomado en las redes de unos pescadores, volviendo a su morfología habitual,

“Sentí a la parte que de pece tenía detrimento y que se estragaba por no estar en el agua, y supliqué a la señora duquesa y a su marido que, por amor de Dios, me hiciessen sacar de aquella prisión, pues a su alto poder había venido; y dándoles cuenta del detrimento que sentía, holgaron de lo hacer. Y fue acordado que diessen pregón en Sevilla para que viniessen a ver mi conversión, y en una plaça que ante su casa está, hecho un cadahalso, porque todos me viessen allí, fue juntada Sevilla; y desque la plaça se hinchió, por calles y tejados y terrados no cabía la gente. (…)

“Pues puesto en el cadahalso, y allí, tirándome unos por la parte de mi cuerpo que de fuera tenía, otros por la cola del pescado, me sacaron como el día que mi madre del vientre me echó, y el atún se quedó solamente siendo pellejo. Diéronme una capa con que me cobrí, y el duque mandó me truxessen un vestido suyo de camino, el cual, aunque no me arrastraba, me vestí, y fui tan festejado y visitado de gentes, que en todo el tiempo que allí estuve casi no dormí, porque de noche no dexaban de me venir a ver y a preguntar, y el que un rato de auditorio comigo tenía se contaba por muy dichoso…”.

Tras este renacimiento un tanto blasfemo, entre Jonás y el símbolo crístico del pez, Lázaro, hecho hombre, vuelve al “territorio comanche” de nuestra picaresca, entre Sevilla y Salamanca…

Si os preguntáis porqué precisamente se convirtió el pícaro en atún (la mayoría, descreídos de lo imaginativo y literario lo asumirían como una simple y aleatoria barrabasada más, pero no vosotr@s, mis querid@s Extrañ@s), he encontrado una curiosa relación entre pícaros, atunes y… la tuna (!!) en http://www.tunaempresariales.uji.es/historia2.htm

Tuno sería, en efecto aquel que lleva una vida parecida a los atunes, "vagamunda y holgazana", como los antiguos estudiantes, incluidos entre la caterva de pícaros a los que se dirigían las Instrucciones contra Vagos y Maleantes, tal y como señala Fray Martín Sarmiento en su De los Atunes y de sus Transmigraciones y sobre el Modo de Aliviar la Miseria de los de los Pueblos (!!):

"Los atunes no tienen patria ni domicilio constante, todo el mar es patria para ellos. Son unos peces errantes y unos tunantes vagabundos, que a tiempos están aquí y a tiempos están allí. Y si por imitación de los atunes no se formaron las voces tuno, tunante y tunar de la voz atún o del thunnus latino, no se puede negar que los vagabundos y tunantes son unos atunes de tierra, sin patria fija, sin domicilio constante y conocido, sin oficio ni beneficio público, y tal vez sin religión y sin alma”.

Por lo demás existía en la tradición francesa un Roi des Thunes o Rey de los atunes, jefe de los vagabundos franceses, a quien se dio el apelativo original de Rey de Túnez en memoria del Duque del Bajo Egipto, jefe de los gitanos cuando sus bandas llegaron a París en el año 1427…

De ahí vendría la sorprendente metamorfosis de una de nuestras más emblemáticas figuras literarias en vulgar Thunnus (atún calvo… claro).


martes, 10 de febrero de 2009

Lisardo y Lisardo



Una de las ideas más tenaces y tristes de la historiografía literaria patria es la de la vocación unívocamente realista de nuestras letras, desde el Cid hasta la nueva novela social. Lo cual hace de los amantes de lo fantástico tristes huérfanos errabundos, a imagen del emblema máximo de la nostalgia del desengaño desmitificador que fuera don Alonso Quijano.

Por suerte existe un hilo ténue, verdaderamente underground, que nos viene desde la cuentística medieval y que haya, por momentos, potentes ecos que se constituyen en pilares de esa “otra historia” soñada, una literatura fantástica española. Uno de esos pilares subterráneos lo constituye el hoy olvidado comisario de la Inquisición y capellán de Reyes Nuevos, Cristóbal Lozano Sánchez.

Emblema del desmadre imaginativo de nuestros inigualados Siglos de Oro, que tanto fascinaran a los románticos de los países más “racionales”, nutriendo la imagen de una piel de toro fantasmagórica y espectral, Lozano es considerado el último buen prosista antes del descalabro imaginativo de la Ilustración carpeto-vetónica. Significativamente las narraciones legendarias y macabras de Lozano conocerían un éxito significativo en su propio país desde su publicación (1658) hasta, salvando las críticas previsibles de los sesudos ilustrados enemigos de la “España negra” (10) , la pálida adaptación local del romanticismo, que encontraría en ellas materia para sus mejores y más duraderos logros, desde el Estudiante de Salamanca cantado por Espronceda hasta la escena final del Tenorio de Zorrilla, pasando por obras de Juan Eugenio Hartzenbusch o Antonio García Gutiérrez y culminando en la figura insignia, si bien tardía, de nuestro Goticismo, Gustavo Adolfo Bécquer.

Y es que no hay para menos. Las leyendas recogidas en Reyes nuevos de Toledo (Cueva de Hércules, amores de Galiana y Carlomagno, nacimiento de Pelayo, etc.) y las novelas cortas de Soledades de la vida y desengaño del mundo (título ultra-barroco donde los haya, mezclando ingeniosamente a Góngora y Quevedo) son un receptáculo de ese fantástico hispano que triunfó durante dos siglos, a través de las baladas macabras canturreadas por los pueblos y las “comedias de santos” (y los consiguientes diablos tentadores o, mejor aún, diablesas) o las “comedias mitológicas” que poblaban los escenarios mientras los estantes de las librerías rebosaban de libros de caballerías.

El relato más célebre que ha mantenido el recuerdo de Lozano en esas cápsulas de crionización defectuosa que son los artículos eruditos de los académicos es sin duda el del estudiante Lisardo. Narrado en primera persona por el personaje homónimo, cuenta su pecamonisa y nocturna expedición al convento donde se haya su amada, Teodora (tema tradicional del erotismo blasfemo hispano).

He aquí que oye “confuso ruido de espadas y broqueles”…

“Oí que dijo uno en alta voz: “¡LIsardo es, matadle!” y reptidiento todos “!Muera, muera!”, movieron un tropel de cuchilladas y a poco rato, escuchando una voz, que lastimada y triste dijo solamente, “!Ay, que me han muerto!” escaparon todos corriendo a toda prisa, dejando la calle en aquel sordo silencio que antes estaba”…
Acercándose temerosamente al difunto el estudiante verifica que se trata, efectivamente, de su propio cuerpo asesinado…

“Aquí confirmé verdad lo que juzgaba sueño, aquí miré cumplido lo que juzgaba fantasía y aquí (…) finalmente volví a resolver las dudas de si era yo el difunto; y no muy descaminado, pues juzgando aquel cadáver ser mi cuerpo, sólo me contaba ya por alma en pena”…

Temiendo ser atrapado por la justicia como su propio asesino (!!), huye. Pero poco después se topa con “un grande acompañamiento de eclesiástico de sobrepellices y roquetes, con su cruz y manga negra delante”, que “llevaban entre cuatro un difunto tendido en un pavez y cubierto con una bayeta negra”…

“Me acerqué un poco al último de los cantores que estaban en aquella banda y tirándole de la ropa, y él inclinado el cuerpo para oírme, le pregunté con mucha cortesía quién era aquel difunto que enterraban, y respondióme, dando primero un suspiro:
- Este es Lisardo el estudiante.
- ¿Qué Lisardo?- le repliqué, palpitando ya el corazón en nuevas y más crecidas angustias, y díjome:
- Lisardo el de Córdoba, que vos concéis como a vos mismo”…

La historia ya había sido narrada en otro Libro Increíblemente Extraño de nuestras Letras, el Jardín de Flores Curiosas de Antonio de Torquemada (no confundir con el de las hogueras). Pero Lozano le añadió el dramatismo y la interiorización aterrada que hicieron de él precursor barroco del romanticismo internacional (el cual no fue tal vez más que un revival neobarroco, desde el calderonismo alemán hasta el shakespearismo anglosajón).

Más allá del moralismo obvio de la historia, tan acorde con la “pastoral del miedo” que triunfó incontestada con la Contra-Reforma (el propio Carlos V se había metido en su ataúd durante el “ensayo” de su futuro entierro), quedaba aquí patente una fibra macabra rayana en lo metafísico que caracterizaría la inquietud fantástica en nuestra cultura hasta el glorioso fantaterror de los setenta (los Caballeros Templarios de Osorio son tan becquerianos como lozanianos) y el revival presente (algo hay de Lisardo en el César de Abre los ojos, ¿no os parece?).


(10) Don Leandro Fernández de Moratín cuenta en La derrota de los pedantes (1789) cómo Bartolomé Leonardo de Argensola «cayó al suelo sin sentido de un golpazo que le dieron con los Reyes Nuevos del famoso Lozano» durante la lucha que sostuvo con los malos poetas. En cuanto a la popularidad de los libros de Lozano, ya había hecho referencia a ello Francisco Gregorio de Salas, cantando lo que vio en casa de un "vulgar" zapatero: «Una Gaceta atrasada,
un jilguero y un pardillo.
Los Doce Pares de Francia
con el David Perseguido», digresiva saga novelesca de Lozano.

martes, 23 de diciembre de 2008

Navidades fantasmales



Nada mejor, para sobrevivir a estas empalagosas fiestas, que retrotaernos a una de las más peculiares costumbres que las acompañaron en el pasado. Nos referimos al bizarro subgénero de la historia de fantasmas navideños, creado por los mismos victorianos que nos legaron la parafernalia moderna de jinglebells, chimeneas y juguetes para los “niños-reyes”.

Si todos conocemos como si lo hubiéramos parido el Christmas’ Carol de Dickens pocos sospechan la ingente cantidad de relatos fantásticos que acompañaron las navidades del siglo XIX, coronando las ediciones especiales de las grandes revistas (que por entonces tenían la buena idea de ofrecer ante todo intrigantes ficciones y no dar tanto el coñazo con el famoseo, el marketing y las liposucciones).

Entre las creaciones más Extrañas de esa peculiar celebración navideña (ya casi halloweenesca) se cuenta sin duda la Casa Desvaneciente (Vanishing House) del prolífico Bernard Capes publicada en The Sketch el 5 de enero del finisecular 1898. Durante una cena de Navidades unos músicos se agarran un buen pedal, charlando de lo humano y lo divino. Jack, el del banjo, cuenta cómo su abuelo, que formaba parte de un trío de músicos errantes, se encontró con un auténtico fantasma.

Era, cómo no, Navidad. El trio se perdió en la campiña. Para no desfallecer de frío, se ponen a tocar.

De repente ven una verja que no habían advertido en la oscuridad. Siguen tocando y la puerta se abre, dando paso a una bella joven que les da, como en un anuncio de Freixenet, un reconstituyente. Sólo que las caras raras que se agolpan contra las ventanas de la mansión no saldrían jamás en un anuncio de Freixenet.

El abuelo, sobreponiéndose al miedo, le da un lingotazo al brebaje.

La mujer ríe, diciéndole que acaba de beber sangre.

Acto seguido lanza el resto de la copa a la cara de los dos músicos, la estrella contra la verja y se desmaya.

El trío despierta al amanecer. Evidentemente la verja y la mansión han desaparecido.

Pero queda una mancha roja en la nieve.

Y otras dos, imborrables, sobre la cara de los dos músicos.

Una tercera, más sutil, se alojó en el cerebro del abuelo, provocándole un tumor cuarenta años después…

Clásico. Incluso predecible.

Pero por lo menos no tiene nada de renos ni duendecillos ni chimeneas.

Y nos recuerda un tiempo en que las Navidades eran, ante todo, fantasmales.

jueves, 20 de noviembre de 2008

El Misterioso Doctor Cornelius



La llamada Belle Époque (por contraste con la que iba a caer luego, en 1914) fue en Francia la Edad de Oro del folletín más delirante. Poco antes de que los pulps norteamericanos tomaran el relevo de lo Increíblemente Extraño se puede decir que el hexágono se llevó la palma en lo que a rarezas y friquismos se refiere, fruto de una generación enfermiza que contaba a polígrafos iluminados como Gaston Leroux, Jean de la Hire, H. Gayar, Maurice Renard, André Couvreur o el tándem de Pierre Souvestre y Marcel Allain.

Pero sin duda, primus inter pares, destacó la figura el Gustave Le Rouge, superviviente de la bohemia heroica del Procopio y el Gato rojo, del circo Priami y de Verlaine (llegando a compartir la última cena del poeta!), buscavidas polifacético que encontró en el formato industrial del folletín el laboratorio para sus experimentos de automatismo pre o para o supra surrealista.

1912, dos años antes del inicio de la “carnicería heroica” que derrumbaría a Europa.
Una ciudad champiñón del Far West (¡aún existía el Far West!), al pie de las Montañas Rocosas.
Un millonario, Fred Jorgell, da una fiesta en honor de su hija Isidora.
Un rubí único, de color sangre, desaparece.
Un invitado es electrocutado.
Y luego más y más tipos.
Cada vez que las luces de la ciudad se apagan aparecen nuevos cadáveres.
El sofisticado homicida eléctrico resulta ser el vicioso hijo del millonario, Baruch Jorgell.
Descubierto y perseguido, Baruch huye.
Una mansión perdida en Bretaña.
Un prestigioso químico y minerólogo, M. de Maubreil, acoge a un desvalido vagabundo.
Maubreil ha logrado realizar la síntesis que permite crear innumerables diamantes.
El vagabundo, que no es sino Baruch fugitivo, mata al viejo.
“¡Muere, viejo loco!”
Se lleva el secreto de los diamantes.
De vuelta en América Baruch se entrevista con un antiguo cómplice, el inquietante “escultor de carne humana”…
El Dr. Cornelius Kramm, el genial creador de la “carnoplastia”.
Ni corto ni perezoso el Dr. transforma la cara del asesino, dándole la del inocente hijo del millonario William Dorgan…
Y así comienzan las cada vez más abracadabrantes aventuras del misterioso Doctor y su psicopático hermano Fritz, el ladino Baruch y la temible organización secreta “Mano Roja”.
Robando, asesinando, raptando, cambiando rostros (algunos de ellos una y otra vez!!) y clonando víctimas.
Haciendo, en general, el mal por todo el orbe, de Canadá a Japón, de “la torre febril” a la “isla de los ahorcados”…
En el vertiginoso periplo encontraremos cantidad de seres bizarros, como el muy decadentista lord Burydan, “buscador de sensaciones raras”, el “patriarca de la secta de los vitalistas místicos”, un exjockey transformato en psicólogo mentalista y podomántico, el jorobado Oscar Tournelos o el afable Prosper Bondonnant, científico soñador que logra dominar las intemperies y la vegetación, así como las capilosidades femeninas (!!) gracias a su prodigioso “elixir capilógeno”…
Así irrumpía la “Patafísica” de Alfred Jarry en el universo de las aventuras científico-policiaco-junglescas…
Fascinado, su amigo el poeta vagabundo Blaise Cendrars se propuso gastarle una pequeña broma y homenaje, demostrándole a él y al mundo la genialidad latente de la obra…
Así que cortó aquí y allá párrafos y frases.
Los fue juntando, a modo de versos libres.
Y publicó con ellos un pequeño poemario, llamado, en honor a la nueva musa de la modernidad, Kodak.
El libro fue un pequeño éxito de los Locos Años 20.
Pero nadie entendió la broma. Empezando por el propio Le Rouge.

El cual siguió, dale que te pego, enfrascado en su colosal obra (que totalizó, según Cendrars, 310 volúmenes) hasta palmarla, un año antes de la ocupación nazi. En cierta medida la dominación mundial soñada por su sabio loco estaba a punto de hacerse realidad, a manos de otros “escultores de carne humana”…

Hablaremos otro día de la otra gran obra de Le Rouge, el ciclo de aventuras marcianas de Robert Danvil, enfrentado, entre otras minucias, a obstinados vampiros interestelares…

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El Escarabajo andrógino



Cuentan que Bram Stoker y su colega Richard B. Heldmann apostaron, como hicieran antaño Byron, Shelley y Mary, a quién escribiría la historia más terrorífica. Richard se pulió la suya en unas cuantas semanas. Stoker tardó aún unos cuantos años en terminar Drácula. La de Richard (publicada con el pseudónimo Marsh) sería una de las obras más Increíblemente Extrañas del fin de siglo, conociendo un éxito fulgurante pero eclipsado, ante la posteridad, por el Conde inmortal de su amigo. Un selecto club de fans ha mantenido viva, empero, la llama del Escarabajo y ahora entenderéis por qué.

Paul Lessingham viaja en su juventud, como tantos otros niños bien del Imperio británico, por Egipto. En las calles del Cairo oye una voz embriagadora proveniente de un café. Dentro hay una fascinante hurí que, como era de esperar, droga al joven pardillo y (algo ya más inquietante) lo lleva a un templo subterráneo consagrado a la diosa Isis, utilizándole (how very shocking!) como juguete sexual durante unos meses, entre “orgías de horrores indecibles” que incluyen sacrificios humanos, preferentemente de virginales inglesitas que se han visto sometidas a “más variedades vejaciones que las que las mentes de los demonios podrían concebir”…!!

Durante uno de esos sacrificios el drogado Lessingham consigue desatarse y estrangular a la sanguinaria sacerdotisa… Lo cual no resulta ser una buena idea, ya que se transforma, ante sus propios ojos, en un enorme escarabajo, “creación delirante de alguna loca pesadilla”… Y es que los Hijos de Isis pueden transformarse en escarabajos al morir…

Veinte años más tarde (cómo no), Paul se volverá a encontrar con su antigua dominatrix, en el preciso momento en que este se va a casar con la respetable Marjorie Lindon (algo similar ocurre, en cierto modo, en la obra de Stoker). El escarabajo (¿O deberíamos decir “la escarabaja”? Aquí la neutralidad del inglés nos aventaja) aparece en Inglaterra, hipnotizando, ni corto ni perezoso, a un pobre indigente, Thomas Holt, en una escena totalmente decadentista que nada tiene que envidiar a los mordiscos del Conde y sus esclavas…

Transformando la posesión fálica en una pesadilla freudiana (por desgracia desconocemos qué opinó Sigmund de este perverso best-seller), el Escarabajo trepa por las piernas del homeless hasta llegar a sus labios y… en ese momento se transforma en un extraño andrógino, “horrendamente repulsivo” que le obliga a desnudarse, mirándole con “sonrisa de sátiro” y palpándole las carnes como “si hubiera sido alguna res lista para la plancha del carnicero”…

Como el Renfield de Drácula, Holt se verá impelido a servir a su Amo/Ama en sus maquiavélicas disposiciones, algunas de ellas ridículamente victorianas (como el robo de las cartas de Paul a su prometida!). Tras varios incidentes a cada cual más delirante, el Escarabajo rapta a la virginal Marjorie, con la clara intención de llevársela a sus indescriptibles orgías egipcias… Sigue una persecución, hasta que, de modo un tanto simplón, el tren que lleva al engendro y su víctima se descarrila, matando al primero y dejando ilesa a la segunda, que puede finalmente casarse con su galán. Se nos refiere, por último, que el templo de los Hijos de Isis fue encontrado y destruído por las autoridades…

Destacando en la ingente masa de producciones fantásticas victorianas y finiseculares, El Escarabajo combina grandes temas decadentes como el orientalismo, la mujer fatal, la metamorfosis, la androginia, la hipnosis y las sociedades secretas dotándoles de una energía que ya prefigura los delirios de la era dorada del Pulp y de los “seriales” cinematográficos tales como el Retorno de Chandú. Lástima que ninguno de los estudios se atreviera con ella pero así nos queda a nosotros el placer de imaginarla entre decorados estrafalarios de cine mudo y absurdas persecuciones ralentizadas por nuestras cámaras mentales…

Marsh prosiguió con su exitosa carrera como escritor de best-sellers, hoy ya totalmente olvidados. La exquisitamente gótica editorial Valancourt ha resucitado dos curiosos opúsculos, The Joss, A Reversion, y Curios, Some Strange Adventures of Two Bachelors. The Joss narra la enrevesada historia de una joven empleada, Mary Blyth, que recibe en herencia de un misterioso tío lejano una mansión poseída por el torturado espíritu de éste, también codiciada por tres grotescos homicidas, ignorantes del horrible secreto que alberga. Más Extraña (e inquietantemente afín a nuestro actual proyecto) resulta Curios, colección de historias narradas por los bizarros Mr. Pugh y Mr. Tress, coleccionistas rivales de “curiosidades” rayanas en lo macabro y terrorífico. Mientras Pugh, supersticioso, cree que toda antigualla que cae en sus manos está encantada, Tress, cínico y desencantado no se arredra ante nada –inclusive el asesinato- para añadir una nueva pieza a su colección. Juntos evocarán una pipa envenenada que toma vida al ser fumada, una mano cortada del siglo XIV con desagradable propensión al asesinato y un fonógrafo en el que una mujer asesinada habla desde su tumba…

Felices sueños.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Don Manuel de Poictesme



Una de las obras más inclasificables, por lo Increíblemente Extraña, de la Fantasy norteamericana es sin duda la inmensa saga de James Branch Cabell Biografía de la vida de Don Manuel. En sus 25 volúmenes –escritos entre 1905 y 1927- seguimos la vida, ilusiones y decepciones del héroe epónimo, guardián de cerdos que poco a poco asciende hasta el rango de conde de Poictesme (provicincia ficticia de Francia, entre Poitiers y Angoulême) así como de sus descendientes físicos o espirituales (!) a través de varias generaciones (y con varias rarezas temporales, desde reencarnaciones hasta inmortalidades…).

Una estructura común une las distintas obras, según el autor: "La comedia siempre es la misma. En el primer acto el héroe imagina un lugar donde la felicidad existe. En el segundo se encamina tras ese objetivo. En el cuarto se queda corto o lo que viene a ser lo mismo consigue lograrlo sólo para darse cuenta de que la felicidad queda un poco más allá todavía…” Lo cual redunda en una relectura irónica del moto del propio Manuel, Mundus Vult Decipi (el mundo quiere ser engañado), pues los propios héroes, manipuladores de sus coetáneos, vagabundean por el tiempo y el espacio persiguiendo ilusiones.

La novela más conocida (digamos mejor la única conocida) de la serie es la octava, la simpar Jurgen (1919). Prestamista cincuentón, Jurgen se hace un día el abogado del diablo ante un monje. Agradecido, el propio Satanás se le aparece y le ayuda a deshacerse de su mujer, Dama Lisa, excesivamente chismosa. Pero el remordimiento lanza a Jurgen en busca de su mujer y juventud perdidas. Rejuvenecido por un nuevo milagro, dotado por el centauro Neso de una camisa mágica y una sombra que apunta sus mínimos gestos y palabras, se lanza a una serie de aventuras predominantemente eróticas, marcadas por el feliz amoralismo que iba a triunfar en los locos años 20.

Siguiendo un meteórico ascenso similar al de su ancestro Manuel, elevado a duque, príncipe, emperador y papa, Jurgen se va cansando de trajinarse a la insaciable Anaitis, se casa con una curiosa hamadríade (!), o silfa arbórea, se enrolla con la Bella Helena de la mitología –aquí doble fabuloso de su amor de infancia, Dorothy la Deseada- y hasta con una vampiresa bastante deslenguada en el fondo del Infierno. En el Paraíso, le enseña las matemáticas a Dios mientras discuten de metafísica. Al final del dantesco y faústico perilo que alterna irónicamente personajes de la mitología cristiana con héroes antiguos y fábulas medievales, Koschquei, nuevo Mefistófeles, le devuelve su antigua identidad y su mujer.

Curiosamente esta “comedia de la justicia” que redunda en una apología de la monogamia fue considerada obscena por la Sociedad neoyorquina de lucha contra el Vicio y le valió al autor un sonado juicio que, como suele ser el caso, le confirió una extraordinaria (si efímera) fama internacional.

Dandy marcado por la cultura “fin-de-siècle” de su adolescencia, Cabell había ya vivido envuelto en el escándalo, desde su expulsión del College de Virginia (que ahora, irónicamente, se honra de albergar sus obras en la biblioteca a la cual da nombre) por su relación “demasiado íntima” con uno de los profesores, hasta su supuesto asesinato del amante de su madre.

La extraña versión cabelliana de lo que se daría en llamar la “fantasía heroica” o “espada y brujería” debía más al Simbolismo descabellado de Lord Dunsany o de William Morris que a los pulps que empezaban a conquistar el mercado y las mentes de América. La Mejor de las Bromas (The Cream of the Jest) retomaría así el conflicto entre el ideal erótico y la realidad –clave en la cultura finisecular- apuntado en Jurgen con la historia de Felix Kennaston, novelista de éxito que huye del tedio de la vida contemporánea gracias a los sueños inducidos por un disco mágico que descubre en su jardín. Transformado en un tal Horvendille salva a la bella Ettara a la que persigue incansablemente a través de los sueños y las épocas, desde la Crucifixión hasta el Terror revolucionario del 93. Cada vez que cree poseerla su sueño se desvanece. Hasta que un vecino le convence de que su disco mágico es sólo un vulgar tarro de cosméticos y que su mujer Kathleen, a la que tiene totalmente olvidada con tanto onirismo, no es sino la reencarnación de su soñada Ettara. La reconciliación final está aquí, contrariamente a Jurgen, teñida de tragedia, pues Felix se da cuenta de su error justo cuando su mujer muere, condenándole a la soledad.

El estilo arcaizante del autor, muy marcado por el Decadentismo y por la recuperación que hiciera Audrey Beardsley del ciclo arturiano de Thomas Malory, envejeció súbitamente con la llegada de la “generación perdida”. El perfume escandaloso de Jurgen, saboreado por contemporáneos como Mark Twain o el mismísimo Alisteir Crowley, se desvaneció como había llegado, sumiendo a Cabell en el mismo letargo encantado que sus propias irónicas y frágiles criaturas.

viernes, 31 de octubre de 2008

Zofloya


Celebremos hoy Halloween, la fiesta de lo Bizarro, con uno de nuestros géneros literarios predilectos, a fuer de Increíblemente Extraño, la Novela Gótica, floreciente a la sombra de las Luces y cuya apoteosis coincidió con el Romanticismo más frenético, macabro y delirante.

Entre las joyas olvidadas (y recientemente rescatadas) de aquella barahúnta infernal de mazmorras, torturas, sepelios, ultratumbas y estatuas malignas, brilla con inusitado fulgor (satánico, por supuesto) la novela de la misteriosa Charlotte Dacre, Zofloya o el Moro (1806).

Dejando a un lado los sentimentalismos didácticos de sus Confesiones de una monja de St Omer, y bajo el efecto de la obra inmortal de “Monk” Lewis (el primer seudónimo literario de la autora fue precisamente “Rosa Matilda”, en homenaje a la heroína del Monje), Dacre traza la carrera criminal de Victoria de Lorendani, prototipo de la Femme Fatale más salvaje y una de las malas más malas de la historia de la literatura.

Trasunto femenino del lujurioso Ambrosio de Lewis, Victoria hace un pacto, para satisfacer sus ilimitados y perversos deseos, con un hijo de Satanás, el moro Zafloya que da título a la obra. El hermano de Victoria, Leonardo, tampoco se queda corto, ni la brutal amante de éste, Magalena Strozzi, ya que ambos la inician en los placeres del vicio, completando su pedagogía sadiana (¿Leyó Dacre al Divino Marqués? Conjeturamos que Lewis seguramente sí, pero en realidad el sadismo no fue una rayada individual, por muy genial que fuera Donatien Alphonse de Sade…) con los placeres del asesinato.

Victoria es enviada a Venecia para casarse con un tal Berenza, típico sosete de novela sentimental de la época. Aburrida (y con razón), decide trajinarse más bien al hermano, Henríquez. Subvirtiendo la lógica patriarcal de la novela dieciochesca, la encargada de perseguir con ánimos lúbricos a su víctima es aquí la propia hembra. Victoria trata por todos los medios de cepillarse al escurridizo galán, contactando (en sueños!!) con el demoníaco sirviente de éste, el Zofloya.

Tras envenenar al engorroso Berenza, Zofloya y Victoria organizan el espantoso asesinato de la amada de Henriquez, Lilla, en una de las escenas más gore (que ya es decir) del género gótico, eco de los Crímenes del amor sadianos.
“Sin poder, ni querer, controlarse, Victoria agarró las fluidas trenzas de la frágil Lilla y la echó para atrás. Con su puñal la apuñaló en el pecho, en el hombro y en otras partes del cuerpo. La expirante Lilla cayó sobre sus rodillas. Victoria redobló sus puñaladas. Curbió el bello cuerpo con innumerables heridas, antes de arrojarla de cabeza por el borde del acantilado”.

Acosada por la Inquisición, Victoria cae cada vez más en las redes del diabólico Zofloya. Remedando el inolvidable clímax del Monje, Victoria, a cambio de escapar a los brutales tormentos del Santo Oficio, rinde cuerpo y alma a Zofloya sobre un vertiginoso precipicio. El moro al punto se transforma en “el jurado enemigo de toda la Creación, llamado por los hombres SATAN”!!!!

Irónicamente, Victoria se salva así de la hoguera para verse precipitada de cabeza (como su virginal víctima) en el “aterrador abismo”, que, nos podemos imaginar, no se limita al simple despeñadero sino que va bastante más abajo…

La obra conoció un momentáneo éxito de público e influyó vivamente sobre algunos contemporáneos, empezando por el propio Percy Shelley (el torturado amante de Mary, creadora de Frankestein y El último hombre), mientras la crítica, como era habitual con los –y especialmente LAS- gótic@s, lamentaba hipócritamente aquello mismo que la sustentaba, el sensacionalismo más radical. “Hay una voluptuosidad de lenguaje y alusiones en esos volúmenes que hubieramos esperado la delicadeza de una pluma femenina hubiera rechazado trazar (!); y hay una exhibición de puterío (!!) y de rijosidad que hubieramos deseado que la delicadeza de una mente femenina hubiera sido demasiado chocada en imaginar…” escribía un anónimo chupatintas de la Annual Review and History of Literatura.

Por suerte a Dacre, y a las góticas más radicals que la sucedieron hasta nuestros días (pues el terror, y no la chick lit que nos aflige, es sin duda uno de los campos más fértiles de la literatura femenina), toda esa delicadeza le tocaba bastante los ovarios.

Para que quedara claro, Dacre volvió a la carga al año siguiente con otra escandalosa obrita, simple y llanamente titulada El Libertino, (nada que ver con el sosete biopic del genial duque de Rochester, pese al siempre sugerente Johny Depp), que venía a ser como las Relaciones Peligrosas a lo gótico; una tragedia de la seducción dominada por pulsiones sádicas y masoquistas que prefiguran los melodramas delirantes de los paperbacks y culminan en incesto, infanticidio y suicidio…


Ps. Existe edición española de Zofloya, gracias a Jaguar Ediciones (2005).

sábado, 21 de junio de 2008

Al-Qalyoûbî

Una de las fuentes del supuesto “choque de civilizaciones” que nos aflige es sin duda el enorme y mutuo desconocimiento. Reducir la cultura musulmana a lo que de ella expurga una clase de ideólogos cerriles es como hacer de los “halcones” de Bush emblema preclaro de Occidente.

Afortunadamente hay tradiciones mucho más irónicas y escépticas en ambas culturas (por lo demás tan mezcladas históricamente, como bien sabemos los íberos). Buena prueba de ello son las obras Increíblemente Extrañas que pudieron florecer pese a los credos y tabúes de cada "campo".

Sin remontarnos a la Obra por anotomasia, auténtica Biblia (o Corán) de todo amante de la ficción (hablamos, claro está, de Las Mil y Una Noches, en sus variadas versiones), evocaremos hoy una pequeña y poco conocida joya escrita a finales del siglo XVI –al tiempo que Cervantes homenajeaba la tradición árabe en la figura de Cide Hamete Benengeli.

Se trata de Lo fantástico y lo cotidiano, de Ahmad al-Qalyoûbî, curioso personaje nacido en la pequeña ciudad egipcia que le dio su apellido, edificada (no podía ser más premonitorio) sobre una antigua necrópolis de la era faraónica.

Como señala René R. Khawan, traductor e introductor de la obra, “hay una propensión peligrosa [en ésta] a hablar de los muertos, de visiones fantásticas, de luces surgiendo de repente de las tumbas, de escenas de fusión entre los Satanes machos y hembras, de viajes de Djinns por la alta atmósfera, de levitaciones y de metamorfosis”.

Esta vertiente, más afirmada en sus Historias extrañas y maravillosas (afín a la tradición persa de las Mil y Una Noches), se infiltra, como indica el título de nuestra obra, en la realidad cotidiana para crear una especie de “realismo mágico” (término e idea que precede con creces su captación por el “boom” latinoamericano). “Lo cotidiano, iluminado por una cierta mirada, se transforma y toma una dimensión completamente diferente”.

Entre los casi 300 relatos que componen el libro hemos escogido el primero.

Espero que os guste tanto como a nosotros.

“La mano sobre el rostro

Un hombre pasó un día cerca de la escuela en la que enseñaba el imán más grande y se acercó para oír lo que decía. Oyó lo siguiente:

-Si alguien de vosotros quiere hacer sus necesidades, que se ponga la mano delante del rostro mientras tanto, y de esa manera la conservará pura

El hombre, después de haber oído estas palabras, se fue precisamente a hacer sus necesidades. Encontró un lugar retirado y se dirigió a él para realizar la operación. De pronto, cuando ya había comenzado, vio frente a él, a una cierta distancia, a su enemigo. El hombre no sabía que hacer. Pero he aquí que de pronto se acordó de las palabras del sheik y se puso la mano delante del rostro. Su enemigo, que creía haberle reconocido, se prepraraba para lanzarle una flecha mortal. Pero tuvo una duda:

- Tal vez no sea él, quizás sea otra persona.

Continuó observándole por un momento, pero, como no lograba reconocerle, ya que el otro mantenía su mano delante del rostro, decidió continuar su camino, creyendo que se había equivocado de persona. De esta manera, esta actuación salvó al hombre de una muerte segura.”

Mektoub.