domingo, 9 de mayo de 2010

El Chocheras




¿Cómo están ustedes ?

BIEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEN

¿Queréis más extrañezas finiseculares ?

SIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII

Pues ahí va una de uno de mis Extraños predilectos que, por razones del azar y de su ocupada agenda póstuma (aún tienen que redescubrirlo los ladrones de cadáveres universitarios), ha tardado en personarse en este blog.

Él es Dubut de Laforest, al que podríamos llamar sin temor a la hipérbole el Zola de lo Increíblemente Extraño.

Y es que el Dubut se cascó una monumental saga de treinta y siete novelas (en realidad la recopilación de todas sus obras anteriores) que llamó, sin comerse demasiado el tarro, los Últimos Escándalos de París (1898-1900).

Si ya a Zola le llamaron (sus propios colegas, bueno desde que dejaron de serlo, claro) “El gran fecal” por su fascinación por lo sórdido y abyecto, Dubut se llevó la palma del cropo-naturalismo y la perversión textual.

Basta echar una breve ojeada a cualquiera de sus páginas para encontrarnos con un universo barroco poblado por ninfómanas, sátiros (a lo Marou), homosexuales, lesbianas, morfinómanos, prostitutas, proxenetas, asesinos, sádicos, masoquistas, fetichistas, coprófagos, mujeres fatales, necrófilos, monos e incluso (toda una primicia) inseminaciones artificiales.

Y es que Dubut estaba fascinado por las rayadas sexológicas de la época, catalogadas en plan entomologista por el Über-Extraño Krafft-Ebbing en su Psychopathologia sexualis.

En la obra que hoy nos ocupa se trata de un estudio psicopatológico y muy sexual del viejo chocho.

Le Gaga, en gabacho, que es más rítmico y divertido…

un momento, me diréis, ¿no será como una tal Lady…?

¿Quiere entonces decir que su nombre… es Lady Chocho?

Corred a vuestros móviles y portátiles, difundid el scoop…

Lady Gaga es también una extrañonauta de las nuestras.

Y tiene nombre de aparato genital…

Pero volvamos a nuestro Gaga original…

No se trata de cualquier tipo de viejo chocho, claro. El viejo chocho y pervertido. Chocho por pervertido. Y no al revés, ojo.

“Son miles los hombres que se derrumban antes de tiempo. Todos estos viejos chochos, víctimas de su inactividad, están atenazados por la muerte; y si la muerte tarda y si manos acariciantes, dedicadas y fieles no les protegen, todos estos chochos caen, una noche u otra, bajo el peso de la ley y terminan en las colonias penales o en los asilos de alienados”…

El viejo conde Jacques de Mauval, retoño de « una de las más ilustres familias francesas », es un viejo sátiro, en el sentido clínico de Merou, “el viejo enamorado padecía satiriasis, esa neurosis que es, para los hombres, lo que la ninfomanía es para las mujeres”

El Gaga es ante todo, dirá Dubut en el célebre proceso por obscenidad que provocó su libro, “un libro de ciencia. Para convencerse basta ver el lugar que ocupa la historia de la enfermedad, las páginas dedicadas a la decadencia romana, los relatos sobre íncubos y súcubos, las observaciones puramente médicas relativas a los neurópatas, los chochos y los satiriásicos [sic]…”

Toma ciencia, como diría Rogelio (la marioneta. NOTA: Oscura referencia arqueológica a viejos programas tele-infames).

El chocheras que da título a la obra es un senador chocho y sádico casado con una mujer amantísima, una de esas santas del hogar dispuesta a toda para complacer a su infame marido.

A todo. De ahí el proceso por obscenidad.

A los jueces pareció gustarles especialmente una escena un poquito subida de tono (incluso para 1885) donde la mujer se presta a las abyectas fantasías del viejo monómano, con el loable propósito de tratar de curarlo…. Y devolverlo al lecho conyugal y a la virtud!!

Chocheante a golpe de satiriasis, el viejo senador ya casi no puede ni hablar…
“Su voz no era ya más que un farfulleo, una serie de frases perdidas entre sofocos y gargarismos…. Mascando las palabras en un ruido de ferretería, entrecortado por los silbidos de una vieja locomotora descuarinjada y casi acabada…”
Vemos que en cuestión de lirismo, el Dubut no tiene parangón… y el descuarinje parece más de la frase que del viejo chocho…

La escena se vuelve totalmente hilarante cuando en el capítulo VI Mauval tiene que dirigirse al senado, siendo sólo capaz de articular lo siguiente:

“Me- essieurs Mé-é-é-é-essieurs é-é-é-é-é-essieurs...”

hasta que “ya ningún sonido salía de su garganta”

Y todo por darle tanto a la minga.

Claro que es un neurópata.

“Tout s’explique”, como dicen nuestros vecinos.

Para más “ciencia”, Dubut añade al final de la novela una serie de fantasías eróticas del viejo chocho, así a modo de documento psicopatológico. Como haría poco después, en su pequeño gabinete vienés, el joven Sigmund Freud.
Sólo que las guarradas del viejo chocho, por muy científicas que le parecieran a Dubut, no dejaban de ser soberbias guarradas.

Y los jueces, que no eran tontos, se pisparon.

Pero el gaga y su santa esposa no son los únicos colgados de este retablo tremendista (sí, los franceses también son tremendistas, antes, más y mejor que nosotros).

Está el “amigo” del conde, el sadiquísimo marqués de Sombreuse, artífice de su ruina, quien “se arrojaba sobre sus amantes de paso como los grandes monos se arrojan sobre las hembras de los salvajes de América [otra vez el Dubut con sus sinpares símiles!] y, como éstos, capaz de matarlas si se le resistían…”

De hecho, como para ilustrar esta idea, terminará cargándose a su chacha y… a su mono.

Porque resulta que también hay un mono (no sólo de símiles vive el mono…). Y no un monito cualquiera…

Uno de esos monos decadentes que tanto nos gustan. Se llama La Hire y es una especie de eslabón perdido, “supermono” antorpomórfido que recuerda al Hémo de Dodillon, publicado precisamente ese mismo año (vale que la decadencia fuera simiófila y para-darwiniana pero aquí huele un poco a plagio).

Supermono (éste será el título de otra novela extraña de Edme Tassy) o subhomre, La Hire tiene la “talla de un bello caballero francés”, un hocico “poco proeminente, cuyo ángulo no parecía más oblicuo que el de un negro, confiriéndole sorprendente parecido con un humano”… cómo no, hemos reconocido el racismo ordinario de la Europa imperial.

De hecho, por si no quedaba claro, La Hire tiene a su servicio a… un negro!
“En los días más bellos, Jack Novar venía a deshacer la cadena de plata que mantenía al mono junto a su cocotero y ambos, el negro y el animal, como buenos amigos, similares de aspecto y de cara, bajaban a darse una vuelta por el jardín…”

Qué cabrón el Dubut. Lo peor es que en aquella época esto era lo que pensaban, sin pizca de ironía, la inmensa mayoría de los “bienpensantes” europeos.

En el banquete final ofrecido por el marqués de Sombreuse, mezcla alucinante de extrema civilización y extrema barbarie, habrá también un indígena de Tierra-de-Fuego, sacado del Jardín de aclimatación donde estaba expuesto (práctica corriente de las grandes capitales metropolitanas) para mayor recogijo general.
Cuando el banquete degenera en orgía, serán precisamente el mono y el indígena quienes se disputen los favores de… una africana.

Los dos protagonistas de esta fricada se encuentran al final de la orgía cuando el “chocheras” contempla, “saltarineando sobre los cuerpos apelotonados de hombres y mujeres, su pariente y amigo La Hire, el mono riente, rey de la naturaleza”…

Unidos a medio-camino entre la regresión del chocheras al estado animal y la elevación friqui-darwiniana del mono al estado social.

En la nueva escalera evolutiva la regresión del Homo-deus al Homo-sinicus es ya un hecho consumado.

Quizás por ello el extraño Dubut decidió, en pleno apogeo de su éxito, volarse la cabeza en 1902.

sábado, 8 de mayo de 2010

Rabia carnal




Ya os hemos hablado en estas páginas de algunos Libros Increíblemente Extraños de la extrañísima Fin-de-siècle que tanto nos flipa (sin duda por lo mucho que a la vez se nos asemeja y que nos es ya ajena).

Pues bien, quizás la que se lleve la palma del malrollismo y la abyectomanía naturalista es la Rabia carnal (Rage charnelle) del belga Jean-François Elslander (1890).

En esta "novela naturalista" (así reza el subtítulo, por si no nos coscamos) nos presenta a uno de esos palurdos degenerados que tanto gustaban a Maupassant, Zola y compañía (por no hablar, en nuestros lares, de Felipe Trigo o Pinillos, sobre los que os tendré que contar algunas extrañezas en algún otro momento).

Se llama Marou y es leñador y cómo no cazador furtivo. Es también un jodido obseso sexual.

Y una de sus obsesiones es la joven y virginal Madeleine, la hija de su ex amante, ya fallecida.

Un día, en la torre derruída que les sirve de cobijo, se propasa y ella huye.

El la busca, enloquecido, or un paisaje que bien podría ser, más que la campiña belga, el trasunto del propio Infierno, a mil leguas de cualquier idilismo pastoral.

Una noche la encuentra, la viola y la mata.

Luego se la lleva cual animal salvaje, arrastrándola por los matorrales hasta una cueva.

Allí, aún más loco si cabe, pasa días y noches (esto es docenas de páginas bastante indescriptibles) profanando el cadáver hasta que, destruído por su fervor bestial y su carencia de alimento (nuevo y necrófilo Quijano que de mucho... y poco... enfin, creo que queda claro, no?)

Y como decía Porky al final de los dibujos de la Warner, "eso es... eso es to... eso es todo amigos"

Os podéis imaginar, tras ver el vuestro en el espejo, el careto que se le quedó a la peña que leyó esta rayada en 1890.

Marou radicaliza la idea naturalista del hombre regido por la tiranía genética de sus instintos, pasándose, como quien dice, tres pueblos.

Si Charlot se divierte nos presentaba el caso clínico del destajismo onanista, la "rabia carnal" de Marou ejemplifica lo que los sexólogos de la época llamaban, en sus latinajos habituales (igual que ahora se angliciza todo para quedar profesional) la "satiriasis".
Y si pensáis que quizás al Eslander se le ha ido un poquito la mano, bastan con echar una ojeada a uno de los numerosos tratados "satiríasicos" de la época para daros cuenta de a donde os pueden llevar los excesos de "rabia carnal":::

Así leemos en el "Tratado práctico de las enfermedades nerviosas" de Claude-Marie-Stanislaus Sandras y Honoré Bourguignon:

"los organos genitales están excitados, calientes, en acción continua. La verga esté en erección violenta; no solo están duros y llenos los cuerpos cavernosos, como en el priapismo; el canal de la uretra y sobretodo el glande están hinchados y duros. Esos órganos están así en tensión durante horas y días y, si vienen a apaciguarse por un momento, se despiertan a la menor excitación.
Un pensamiento, un olor, una visión, la cercanía de una mujer son suficientes para que el paroxismo empieze de nuevo. En este estado algunos hombres repiten el acto venéreo de manera increíble. Los autores citan ejemplos escalofriantes. He curado a un enfermo que todas las noches reemprendía el coito con su mujer al menos doce o quatorce veces, y cuando ella se negaba a tan penosa fatiga, él se masturbaba a su lado. Esos excesos terminaron, en este caso, por una tisis pulmonar tuberculosa de las más agudas. El desdichado había sufrido durante meses la enorme perdida que su satiriasis implicaba. Los ejemplos de cincuenta, sesenta e incluso setenta coitos completos en veinticuatro horas que los autores describen han sido todos casos de satiriasis aguda"...

Más específico, el Diccionario de medicina y cirugía práctica de Gabriel Andral explica que:

« Tranquilo o furioso, según el paciente, este delirio monomaníaco viene acompañado de fiebre ardiente: la cara se vuelve roja, los ojos brillantes, y la sobre-excitación del encéfalo complica varias funciones de la vida nutritiva; la boca, dicen los autores [siempre los mismos, misteriosos y ausentes!], deja escapar una bava espumajeante; el enfermo exhala un olor similar al de los animales en celo y tan sólo busca satisfacer su rabia amorosa sobre un objeto cualquiera. Si encuentra alguna resistencia empleará todos los medios para superarla. Así un soldado de Montpellier se precipitó sobre una joven y la violó públicamente... “

Así que, por lo que vemos, Eslander no iba tan mal encaminado en su “estudio clínico”.

Y respecto al tema un tanto chocante del abuso póstumo, no hacía más que imitar al abanderado del Naturalismo belga, el gran Camilla Lemonnier que en Un macho (Un mâle) nos presentaba una escena de corte inverso, esto es, a la joven P'tite (esto es Pequeña) satisfaciendo sus "aviesos deseos de virgen" sobre el cadáver de... un cazador furtivo!!

Pero ahí donde Lemonnier se quedaba en una mera alusión, Elslander se recrea a ojos vistas siguiendo las elucubraciones cada vez más repugnantes de su "héroe".

De hecho, anticipando técnicas novelescas de lo que se dio en llamar la Nueva Novela, consigue aquí un exceso de realismo o sobre-realismo que se convierte en delirio casi fantástico.

El libro, como os podéis imaginar, fue interceptado por la Justicia tanto en Francia como en Bruselas y curiosamente (lo cual demuestra lo falso que es suponer una censura puritana de la que nosotros, los más guais, nos habríamos emancipado) absueltos.

Es más, la revista de Edmond Picard L'Art moderne saludó la obra como "una de las más curiosas publicadas en los últimos tiempos [y tanto] y [al loro] fecunda en auténticas bellezas de estilo (!!!!)"

Elslander, que debía de ser un poco rarito, reincidió en la temática macabra en sus cuentos recogidos bajo el simple y efectivo título de Cadáver (1891). En él tenemos desde una historia de matricidio con uno de los sádicos más sádicos del sadiquísimo fin-de-siècle hasta una historia de un cadáver putrefacto que poco a poco obsesiona a su involuntario asesino

Y ahora, como colofón, el detalle quizás más inquietante de toda esta historia.

Jean-François Elslander fue sobre todo conocido por sus libros de pedagogía, con títulos influyentes como La educación desde el punto de vista sociológico (1898) o, ya mucho más tardía, La infancia liberada (1948)…

¿Acojona, no? Si hasta suena como Freinet… ya decía yo que los pedagogos…

En un pequeño texto teórico sobre “la vergüenza de ser uno mismo”, quizás haya desvelado un poco de su bipolaridad nuestro elusivo e inquietante pedagogo:

“En realidad, sean cuales sean las apariencias, siempre estaremos en rebelión contra las leyes de la moral y de la sociedad, y cuando las acatamos es porque se nos imponen a la fuerza, fuerca convencional o ficticia, fuerza social real. Claro, hay en nosotros un convencimiento más o menos razonado, más o menos poderoso, de la necesidad de nuestra sumisión; pero también sentimos que se oponen a menudo a nuestras necesidades y deseos. Y actuamos de un modo u otro según los casos...”

lunes, 22 de febrero de 2010

Corrupción de las costumbres (1911)



“No soy yo, por mi edad ni por mis circunstancias, intolerante ni búho; pero, con todo, es cosa clara a mi ver, que hemos llegado a una época de grande corrupción de las costumbres. Las costumbres modernas, mayormente las costumbres de las ciudades populosas tiranizadas por la moda y por las exigencias y complejidad de la vida de este siglo, hay que reconocer, francamente, que no tienen nada de patriarcales. La frivolidad de todo se adueña. Los vínculos familiares, sino se desatan a menudo, cuando menos suelen estar harto flojos. Ningún empacho siente la más recatada y linajuda dama de mezclarse y arrimarse a la meretriz elegante y pomposa, en casinos, teatros, paseos y otros lugares públicos. Confieso a usted que, a veces, no sé distinguir bien una duquesa de una ramera, y temo cometer indiscreciones y pifias harto enfadosas tomando a unas por otras; tal es el parecido en trajes, modales, y otros ademanes y apariencias, entre muchas damas y muchas prostitutas. Particularmente de los trajes que usan las mujeres en el día, lo mejor será no hablar: en pocos años hemos avanzando tanto en esto del traje femenino que lo de llevar al aire a todas las horas, cuello, pecho y brazos, usar corpiños y medias caladas y faldas ajustadísimas (…) es ya tan corriente que nadie se asusta como no sea sujeto pacato y bobo. Las incitaciones que de suyo tiene el vicio las aumentamos con otras atracciones, tan bien combinadas y disimuladas que hacemos del vicio la cosa más agradable y más amable del mundo. La obscenidad, mejor que se respira, diré que se masca, aun en plena calle y en pleno día, a ciencia y paciencia de las gentes y no hay más que dar un par de vueltas por la calle de Alcalá, de Madrid…”

Enrique de Benito, 1911

domingo, 31 de enero de 2010

LOS CIRCULOS




Increíbles Extrañ@s:

Estais tod@s invitad@s al lanzamiento de la novela histórico-esotérica y conspiranoica del que suscribe
el día 8 de febrero a las 19h30
en la librería Blanquerna, C/ Alcalá 44 Madrid



Si queréis saber más sobre los entresijos de esta singular obra, que estará en librerías a partir del día 9
podéis echar una ojeada a
www.loscirculoss.blogspot.com
en donde se os mantendrá informad@s de todo tipo de asuntos "circulares"

Gracias por vuestro apoyo y por hacer rular estas informaciones a tod@s l@s Increíbles Extrañ@s que conozcais (e incluso a l@s otr@s!)

lunes, 11 de enero de 2010

Todos los sádicos



Dentro de la tradición más puramente pulp de la ingente novela negra francesa (no olvidemos que fueron los franceses los primeros en denominar el género, así bautizado no en honor de la novela gótica dieciochesca sino del color negro de la Série Noire lanzada por el antiguo colega de los surrealistas Marcel Duhamel, que dio a conocer en Europa –y a veces incluso en los propios Estados Unidos- a los autores míticos del “hardboiled” yanqui) pocas obras hay tan Increíblemente Extrañas como la negrísima Ne sont pas morts tous les sadiques (No han muerto todos los sádicos) de un tal Ernst Ratno, “traducida y adaptada del alemán » por otro tal Max Roussel en el post-bélico año de 1948.

Si el negro fue el color predilecto de la colección de Duhamel, extendiéndose al término “film noir” que se ha quedado tal cual en la jerga cinéfila anglosajona, habría que inventarse un nuevo color para definir el espectro negrísimo de la novela del supuesto Ratno. Y eso que la Série Noire empezó pisando fuerte con algunas de las obras más brutales y molestas del repertorio hardboiled, hasta llegar a la celebérrima salvajada de Boris Vian Escupiré sobre vuestras tumbas (y su consiguiente y sonada condena judicial).

Ne sont pas morts es como una auténtica pesadilla pulp filmada en blanco y negro pero con los más sanguinolentos y rojos close-ups del gore primitivo y casposo de Gordon Lewis himself; algo sumamente incoherente y violento, deprimente y abyecto, patético y repugnante. Como (si quisiéramos hallar un símil acorde con la presente manía de citar a todo el mundo todo el tiempo en cada frase supuestamente enaltecedora de la obra inicial de la que supuestamente se tenía que hablar) Goodis follado por Bukowski aplastados por Céline y vomitados por Genet.

Para que entendáis a que me refiero, ahí va un breve descriptivo de este delirio en negro no apto para bienpensantes y buenistas varios.

Alemania, año cero… Un joven, Johan, trata, como en el film de Rosselini cuyo eco no nos abandona ni por un momento (aunque las convenciones del neorrealismo se nos queden aquí cortas), de sobrevivir en medio de las ruinas del Reich que iba a durar un millón de años. Hambriento y congelado va a ver a “la vieja”, patético despojo, con el fin de prostituirse a cambio de un techo y algo de comida. Mientras copula tristemente (sutil variación de la célebre escena dostoievskiana) Johan empieza a flipar, mal rollado, con el gato y la risa de la ancestra. Así, de repente pasamos a la “náusea” existencialista, tan de moda en ese mismo año del 48, pero en versión hardcore: le arranca, con la hambrienta contribución del minino, el desgastado sexo y la estrangula.

Después de este primer incidente, Johan se encuentra con un niño fugitivo, el joven William con su “sonrisa de ángel triste”, al que esconde en la casa de la vieja. Tras haber congeniado con el chaval, Johan decide seguirlo hasta su guarida donde se encuentra con su “mujer”, la adolescente Edma, su hermana Marlène, la pequeña Georgia y el pequeño acordeonista ciego y desfigurado Frantz. Georgia resulta ser un niño al que William y su chica prostituyen, travestido, junto con la hermana del primero, al ritmo desesperante del acordeón de Frantz. A cambio del techo y la comida, Johan termina otra vez vendiendo su cuerpo (esta vez su parte posterior)… “nadie oyó su grito de dolor que se confundió con el viento, los cantos y el bonito vals que profería el acordeón de Frantz. Nadie salvo quizás William, que tuvo un rictus de alegría”… (por si no nos quedaba claro el carácter über-sádico del pequeño).

Johan se hace amigo de los otros niños, enclaustrados por la sádica parejita. Fuera, le dicen, es aún peor: alguien está secuestrando a los niños, matándolos o haciéndolos desaparecer en misteriosos vagones.

Convencidos de los terrores que asolan la cercana ciudad, los chavales siguen sufriendo todo tipo de abusos hasta que un misterioso cazador, Eric, cliente asiduo del siniestro burdel, les explica que en realidad la guerra ha terminado y que todos esos rumores son triquiñuelas de William para explotarlos a sus anchas.

Al día siguiente Georgia trata de escaparse, siendo interceptado por el omnipresente William, el cual lo asesina sin mayor contemplación. Acto seguido, el sádico ordena a Johan que vayan juntos a la ciudad a buscar a un nuevo niño al que disfrazar.

Johan ya no aguanta más y tiene un nuevo ataque de angustia, acuchillando no sólo a William y su pareja (lo que era de agradecer) sino a la pequeña Marlene, a la cual promete “vengar” (!!!) antes de irse a por el acordeonista y, tras pedirle que toque un último vals (al más puro estilo del spaghetti western), volarle la cabeza con una Browning.

Siguiendo con su limpieza en seco, Johan prende fuego a la casa y se encamina hacia la ciudad, vestido aún de mujer y cubierto de sangre.

Meses más tarde, Johan trabaja en un club de alterne para homosexuales. El patrón, Emil, está preocupado por los asesinatos del “asesino de sádicos” que se ha cargado ya a un centenar de invertidos al salir de su local (visto lo cual su preocupación nos parece bastante comprensible, ¿no?).

Una noche llega un cliente que se levanta a Johan. Ya fuera del garito, Johan saca su puñal, dispuesto a cobrarse su cientoyoctava víctima… pero resulta que el hombre se le adelanta. Sabe que él es el asesino y ha venido a buscarle para que se apunte a su organización terrorista (!!!)

Le propone encauzar su manía homicida hacia un objetivo más elevado que la mera homofobia, cargándose a tipos importantes. Pasamos entonces al subgénero del asesino a sueldo, siguiendo distintos atentados puntuados con elevadas dosis de alcohol y poco aleccionantes escenas prostibularias donde Johan, cliente esta vez, afirma guarramente su heterosexualidad. Pero Johan se aburre (como todo buen existencialista). No hay suficientes víctimas para su gusto, ni suficiente alcohol, ni suficientes coños.

Habiéndose familiarizado con los explosivos, decide hacer saltar su antiguo club de alterne por los aires, con sus clientes y antiguos compañeros. Poco después se carga a un ministro y, totalmente borracho, es detenido. Logra escaparse y refugiarse en Ginebra (ironía intencional respecto al alcohol ingerido) donde se dedica… a escribir (!!). Y no sólo eso, ha escribir bajo la influencia de Gogol y… San Juan Evangelista (!!!).

Descubrirá pocos después que el hombre que le introdujo en la organización era en realidad un agente doble. Lo hace venir a Ginebra, lo encañona con su revolver y… lo deja pirarse (otro giro que comparte con sus contemporáneos héroes del absurdo existencialista).

Ya sólo le queda a nuestro “héroe” (¿?) dejar putas, alcohol y libros (!) y… “REUNIRSE CON LA RAZA DE LOS SÁDICOS” (así, en mayúsculas, y con un buen par…).

¿Qué cojones se supone que quiere decir eso? ¿Qué diablos significa esta novela? ¿Qué coño es lo que ha estado ocurriendo? ¿Y quién demonios es Ernst Ratno?

Desafortunadamente no podemos responder a ninguna de estas preguntas.

Tan sólo señalar que Max Roussel publicó una obra casi tan desquiciada como esta en las míticas ediciones del Escorpión (más negras que la negra de Duhamel, big time)… El Festín de las Carroñas (Le Festin des Charognes) del que quizás (si os portais bien) os hablemos algún día. Todo apunta a que Ratno fue el simple pseudónimo de Roussel (haciéndose pasar, en el 48, por un escritor alemán, lo cual no dejaba de ser bastante irónico… y peligroso). Pero la cosa no pararía ahí ya que…

Roussel fue probablemente, a su vez, un pseudónimo para encubrir a un antiguo colaboracionista filonazi (“ceci explique cela” como dicen los franceses)… un tal Ernest Lévy. Salvo que este apellido de resonancias judaicas, atribuido a un nazi añade aún más misterio, si cabe, a este escurridizo y enfermizo creador…

Aunque quizás, pensándolo bien, no querramos saber mucho más de él, por temor a que algo (aunque sea una ínfima parte) de su podrido universo se vierta en nuestro mundo real (tan podrido ya por lo demás).


miércoles, 23 de septiembre de 2009

Monsieur Baluchon


Nada sabemos de Monsieur Baluchon ni de su supuesta obra baudeleriano-decadente Tas d'Ordures (Montón de Basura) fuera de lo que de ambos comenta Eugène Minot en su artículo sobre "Nuestros poetas" publicado en La Parisienne de octubre de 1865.

Minot acusa a los poetas de su tiempo por no tener originalidad. "Se me citará a M. Charles Baudelaire", escribe, reconociendo que este "ha sabido cortarle el rabo a su perro para singularizarse". Sin embargo, para Minot, Las Flores del Mal no son en realidad tan originales... buena prueba de ello sería la obra de M. Baluchon, poeta-trapero del barrio (entonces) marginal de Batignolles.

Se nos afirma que Baluchon tiene preparado su Montón de Basura, con títulos como: "Pedazo de Melón", "Espina de pescado", "Hueso de cereza", "La Tibia de la Oca en la noche de Navidad", "El gato espichado", "Pellejos y huesecillos"...

Y se nos cita, a modo de ejemplo, el del gato...

O pauvre chat crevé!
Toi que voilà sans poils gisant sur le pavé,
Le ventre à plat, la queue inerte,
L'oeil chaviré dans son orbite verte,
Toi, jadis la terreur des rats et des souris,
Et l'heureux sultan des houris
Qui cascadent sur la gouttière,
C'est donc bien vrai! tout n'est rien que poussière!
A ton tour te voilà surpris
Dans l'éternelle souricière...


O pobre gato espichado!
Hete aquí sin pelos agonizando en el pavimento,
Despanzurrado, la cola inerte,
El ojo revuelto en su órbita verde,
Tú, antaño terror de ratas y ratones,
Feliz sultán de las huríes
Que cascadean por los canalones,
Es verdad pues! Todo no es sino polvo!
Hete a tu vez sorprendido
En la eterna ratonera...

Y Minot concluye:
"El padre Baluchon me parece con mucho superior a Monsieur Baudelaire..."

Todo apunta a que Monsieur Baluchon salió del tintero de Monsieur Minot, a modo de fácil sátira.

Un Montón de Basura pasará pues a las filas ingentes de esa Literatura Inexistente que flota, casi espectralmente, sobre la otra -no menos inexistente, cuando no leída.

Quizás alguien, tal vez incluso alguno de Uds. se anime a dotar de vida a todos esos residuos poéticos, anticipación clara de la estética del deshecho que, de Daniel Spoerri al junk art contemporáneo, inunda nuestros museos y, en cierto modo, nuestras fétidas vidas.

jueves, 4 de junio de 2009

El Mayor Espejo del Mundo



Uno de los tratados más Increíblemente Extraños de la bizarrísima producción enciclopédica del Medievo es sin duda el Speculum Maius (o Gran Espejo) del dominico Vicente de Beauvais.

Inspirándose en nuestro querido Isidoro de Sevilla y nutriéndose de las novedades científicas de los árabes, Vicente montó un bicho enorme que trataba de dar cuenta a los fratres communes de la totalidad de los saberes permitidos por el studium de su Orden (sin permitirse, cómo no, caer en el pecado de la vana curiosidad o libido sciendi como decían entonces los tratadistas)

Nutriéndose de cientos de fuentes (entre las cuales los “sospechosos habituales” de la época, Alberto Magno y su Aristóteles redescubierto, Plinio, Hipócrates, Avicena, Avicebrón, Isaac Israeli, etc) dividió su Speculum en tres espejos (ya que “es espejo todo aquello que es digno de contemplación”…), el Naturale, el Doctrinale y el Historiale que fue el que mayor éxito cosechó (más de 200 manuscritos subsisten hoy en día de aquel best-seller dominico –me pregunto si esa categoría existe en alguna biblioteca del mundo…). Algún listo, aprovechándose del renombre de la obra, añadió un cuarto Espejo, Morale, que es en realidad un refrito de Aquino y compañía.

El más freaky de los tres es sin duda el Espejo de la Naturaleza, constituido por 32 mamotretos y nada más ni nada menos que 3708 capítulos. Se trataba de compilar todos los conocimientos “naturales” disponibles hasta la fecha en las fuentes griegas, latinas, hebreas y arábigas. Pero en realidad se trataba de una elucubración bastante sorprendente (y, podemos añadir, monstruosa) sobre el Génesis.

Así el primer libro nos habla de la Trinidad en su relación con la creación, antes de proseguir discurriendo sobre los atributos, poderes y distintos órdenes de los ángeles, entrando en minucias como sus métodos de comunicación (sus pensamientos y su lenguaje, afirma el letrado, difieren en sus respectivos procesos… como muestra a continuación (Hala, a sacar los diccionarios de latín, que no tengo versión castellana del tratado…):

“Angelorum autem locutio spiritualis qua eius sibi invicem ostendunt affectus suos et intellectus de hiis rebus quarum cognitio non erat in eis a principio duplex est. Una secundum naturam suam in qua communicant boni et mali angeli scilicet cogitatio directa per voluntatem ostendendi alteri ipsi cogitatum vel intentum. Non enim in angelo loqui est cogitare tantum vel intelligere, sed cogitatum vel intentum quadam luminositate irradiante alii voluntarie exprimere. Et quod uni exprimitur, non semper ab aliis intelligitur nisi ille velit qui loquitur. Alia vero per gratiam scilicet secundum virtutem speculi sive motoris supremi, in qua communicant angeli boni tantum et anime sanctorum. Unicuique enim innotescit intellectus vel voluntas alterius secundum speculi representationem, et ipsius motoris supremi voluntatem qui ostendit cui vult, quantum vult. Non enim omnes angeli omnia vident in speculo, sed hec plena revelatio reservatur plenitudini glorie, qua consummabitur eorum premium in futuro. Ad animam quoque loquitur angelus bona suadendo sine medio corporali cooperante, vel impediente quadam virtute occulta intentionem suam ei imprimendo sicut magnes attrahit ferrum, etiamsi interponatur argentum, et etiam ymagines imprimendo incitantes ad bonum sicut dyabolus ad malum. Est autem tertia locutio qua utuntur angeli deum laudando scilicet secundum intellectum et secundum affectum, quia intellectus comprehendit secundum modum suum et miratur bonitatem dei, et affectus consentit et adheret et conformat se ei. Unde hiis laudare deum est bonitatem dei cognitam protestari, et cognitio quidem pertinet ad intellectum, protestatio vero ad affectum. »

El segundo libro trata del mundo creado, la luz, el color, los cuatro elementos, Lucifer y sus ángeles caídos y lo que ocurrió el primer día de la Creación…

Los libros tres y cuatro tratan de los cielos y del tiempo, medido por el movimiento de los cuerpos celestes, hablando también de los vientos, la lluvia o el rayo…

Luego la obra trata del mar y la tierra firme, los ríos y la agricultura, los metales, las piedras preciosas, las plantas, las hierbas, los árboles y las frutas. Cada especie viene con su utilización medicinal posible.

En el capítulo 7 del libro seis Vicente se pregunta qué pasaría si una piedra cayera por una agujera y fuera hasta el centro de la tierra. La respuesta es que se quedaría allí, como atraída magnéticamente.

El libro quince trata de astronomía, presentando la luna, las estrellas, el sol, los planetas y el zodiaco mientras los dos siguientes tratan de los peces, presentados en orden alfabético y según sus virtudes medicinales.

Luego se nos habla de los animales salvajes y domésticos, refiriéndonos extrañezas como la del “pescado sierra”, (xvii, ch. 127) engendro alado que “nada escondido bajo los barcos, rompiendo a través de sus calas para que, al entrar el agua, ahogue a su tripulación y él pueda deleitarse con sus carnes” (traducción libre, claro). Los últimos libros hablan de la psicología (¡) y fisiología del ser humano, ápex y pináculo de la Creación, desde sus órganos y sentidos hasta su razón y su memoria, pasando por los fenómenos oníricos y otras intrigantes lindezas.

En el Speculum doctrinale (17 libros con 2354 capítulos), se nos hablan de las artes y ciencias gracias a las cuales el hombre consigue parcialmente retomar los bienes perdidos con la Caída original. El historiale (31 libros, 3793 capítulos) narra la historia de la humanidad desde la creación hasta 1254, anticipando un poco sobre la inminencia del Juicio Final…

Vicente escribió también unos tratados para el rey Luis IX, uno sobre la educación de los hijos de los nobles De eruditione filiorum nobilium (1247-50) y otro sobre la conducta del príncipe ideal De morali principis institutione (1260-62). Allí se nos explica, por ejemplo, la utilidad de tener monarcas…

“Dada la precariedad de este siglo, la monarquía —a pesar de tener sus inicios en el mal— se debe mantener para que los que obran mal sean corregidos por castigos, mientras que los que obran bien sean premiados y recompensados, según se dice en Romanos XIII, [3]: "Los gobernantes no están para amedrentar a los que obran bien, [sino a los que obran mal]"; y I Pedro II, [13-14]: "Sed sumisos a toda autoridad humana por amor al Señor: al emperador como soberano, a los gobernadores como delegados suyos para castigar a los que obran mal y premiar a los que obran bien." En el mismo sentido, comenta San Gregorio en su Regula pastoralis: "La naturaleza engendró iguales a todos los hombres, pero la culpa los fue diferenciando según el distinto grado de sus pecados. Ahora bien, el juicio divino halló una compensación a la diversidad surgida de la culpa, esto es, que los hombres sean regidos por hombres, puesto que no pueden vivir en condiciones igualitarias. Por tanto, los gobernantes no deben interpretar su poder como una forma de superioridad, sino de igualdad y, en vez de alardear de su primacía, se deben mostrar útiles a sus súbditos…"


jueves, 14 de mayo de 2009

Baldus



Una de las obras más Increíblemente Extrañas de la literatura renacentista (e italiana en su conjunto) es la gigantesca saga “macarrónica” del singar Teófilo Folengo.


Nacido un año antes del descubrimiento del Nuevo Mundo en un suburbio de Mantua, Teófilo entró a los 16 años en un convento de Benedictinos, del que se piró a los 20 con una mujer a la que había seducido. Arrestado por las autoridades pontificias, encerrado durante varios añitos, prosiguió una vida de mendicidad por la Italia aúrea de Maquiavelo y compañía-


Su hermano, el filósofo Juan, le trajo de vuelta a su convento, dándole unas buenas chapas que luego publicó en un Tratado de Moral y de Teología donde contrastaba su heroico combate contra las pasiones con los errores amorosos de su díscolo hermano. Contento, tras todas las movidas por las que había pasado, de calentar su culo en el aburrido convento, Teófilo se dedicó a rememorar nostálgicamente sus aventuras que ya habían dado pie, en 1517, a una epopeya bufa ciertamente singular, publicada en Venecia bajo el pseudónimo de Merlinos Cuqus (Merlín el cocinero).


Parodiando así desde el propio pseudónimo, como Luigi Pulci, las novelas caballerescas que tanto fascinaban aún a aristócratas y villanos, Teófilo creó el género “macarrónico”, es decir, escrito en un idioma inventado que mezcla palabras del dialecto original del autor con la sintaxis y los prefijos y sufijos latinos. El término vendría ya de antes, aludiendo a un personaje que fabricaba macarrones ( !!) en una historieta del trovador Alione d'Asti.


Así la historia comienza con el rapto de Ralduina, hija de Carlomagno (nada menos) por Guy, descendiente del famoso Renaldo de Montalbán, que se la lleva, disfrazados de mendigos, a casa de un campesino (Bertus Panada) en un pueblucho italiano, antes de partir a la conquista de algún que otro principado. La pobre Ralduina la palma al dar a luz al pequeño Baldus, de fuerza extraordinaria, que crecerá ignorando su ilustre origen, nutrido de fábulas caballerescas por su campechano tutor, junto a simpáticos compañeros como el gigante Fracasso, descendiente de Morgante (y prototipo del Gargantua de Rabelais), Falchetto y el sutil Cingar, ladrón de iglesias y de todo lo que se le ponga por delante.


Tras cantidad de gamberradas que constituyen una pequeña epopeya campesina y popular (entre las cuales cargarse, literalmente, al macho alfa local) Baldus termina en la cárcel, de donde le saca Cingar, disfrazado de confesor. Empiezan así años de errancia dignos de las aventuras más caballerescas: exterminio de brujas que tenían trato carnal con el propio demonio, masacre de corsarios, expediciones a las lejanas fuentes del río Kû –de culo, claro- en África, peleas con extrañas criaturas anguiloides y ballenas, el encuentro in extremis con su padre, que se ha hecho ermitaño y le predice un futuro glorioso y, por fin… la visita a los mismísimos Infiernos.

Allí terminan por llegar a una gigantesca calabaza (para los que os preguntábais dónde se escondían las criaturas del Bosco en la literatura) donde se encuentran, torturados por diablillos arrancadores de dientes, con una cantidad de charlatanes, desde los astrólogos y nigromantes hasta los propios poetas, en cuya compañía decide quedarse el propio narrador (¡!!), despidiéndose de Baldus y deseándole buena suerte en algún otro libro…


Más allá de la parodia y de la invención verbal, Teófilo aprovechó (como un siglo después nuestro genial Manco) para decir unas cuantas verdades sobre la religión, la política, las ciencias, los papas, los reyes, los curas y el pueblo de la época… Así arremete (como era tan propio de la época) contra las órdenes mendicantes en violentas sátiras (el octavo canto es un catálogo de los habituales vicios frailunos, de la pereza e ignorancia a la avaricia, la glotonería y la lascivia ilimitada, sin cesar alimentada por ejércitos de meretrices) que van hasta la escatología y la discreta blasfemia


Así uno de los personajes que se cruzan con Baldus le comenta que había abierto un pequeño albergue a la entrada del paraíso… lo cual resultó ser una idea catastrófica (algo que da que reflexionar en estos tiempos de crisis): se tiró cuarenta años sin apenas clientes…

“Si llegaba alguno era algún cojo, o jorobado, tuerto o ciego. Pocas veces he visto papas, reyes, duques, ni señores, marqueses, barones, de esos que llevan mitras o atuendos cardenalcios. Si alguna vez veía llegar algún procurador, algún avogado o notario, no creyendo a mis propios ojos, me exclamaba: “Milagro!”…


Satirizando, como Erasmo y Lutero los cultos a las reliquias, Folengo evoca el sacrosanto cuchillo de san Brancat, que resucita a aquellos a los cuales ha contribuido a cortar el pescuezo… Hasta las pelotas también de la escolástica, reserva un digno lugar en los Infiernos a los adeptos de Alberto el Grande y el Tomás de Aquino, “fuente permanente de población infernal”…


Prefigurando la moda postmoderna de la metaficción, el narrador se cachondea constantemente de su lector. En el libro 22 Merlino introduce incluyo una pequeña autobiografía (o, más precisamente, auto-ficción al tratarse de un ente imaginario) donde refiere su infancia entre la familia Folengo (la de Teófilo, claro), mezclada con las confesiones de todos sus personajes (!!), inclusive los numerosos híbridos (que, prudentemente, no tienen que confesar lo que hicieron sus órganos bestiales…).


El imaginario sexual también es cuanto menos sorprendente. Así la nariz de Cingar se ve encantada, logrando fantásticas y freudianas proporciones, apaleada por dos invisibles efebos (¡) invocados por Seraphus, el doble malicioso de Merlino. Tan desigual combate en torno a “la verga” de Cingar, explícitamente aludida en una de las habituales y verborreicas listas de la obra (umido mucrone, fral cannuccia, mirabil Vermo, etc.) es seguido, en el libro 23, por la transformación de un tal Boccalo en un asno apuleico que se identifica con la virginal Io, violada por Zeus… Con lo que la temática gay (tan habitual en la subcultura goliarda) queda bastante clara… hasta el punto que el nuevo asno trata de montar al propio Baldo, que asiste, invisible, a su flagelación por órdenes de la malvada reina Culfora (¡!)…


La crítica decimonónica vio en todo esto la señal de una mentalidad revolucionaria nutrida de odio implacable contra las clases dominantes y toda forma de tiranía, mientras que la visión actual, nutrida de las teorías carnavalescas de Bajtín y las teorías relativas a la cultura popular de la época, nos muestra la complejidad de aquellos auténticos “outsiders” del Renacimiento, clérigos desclasados que unían la erudición humanista con la jocosidad y la mala leche de los oprimidos.


Aunque también hay algunos hermenéupatas que ven en el Baldus una autobiografía velada, regida por recuerdos de abusos sexuales infantiles… a manos de los frailes.


(No es coña, ved sino

http://www.teofilofolengo.com/Docs/Allegorical_Reading_4_13_09.pdf)

viernes, 24 de abril de 2009

Retrato del pícaro como joven atún



Un mito persistente excluye y purga nuestras letras de todo lo que huela remotamente a maravilloso o fantástico. La literatura hispánica es por cojones (o por gracia de Dios),realista. Se aceptan algunas excepciones, claro, porque, dicen, confirman la regla.


Algo cuanto menos extraño cuando pensamos que salieron de las hispanas imprentas oleadas de libros de caballerías (ignorados, los más delirantes, durante siglos hasta su reciente y paciente rescate por editores “heterodoxos y marginales”) que “conquistaron” Europa y las Américas, emblema e icono de la imaginación más estrafalaria como queda patente en el máximo homenaje, a la vez que réquiem elegíaco y metaficcional parodia, que es el Quijote.


Más allá de esa obviedad nos encontramos con cantidad de Libros Increíblemente Extraños olvidados (o, conspiranoicamente, silenciados) de la tradición hispánica. Así los que, en nuestros Siglos de Oro, retomaron la fecunda tradición lucianesca de las metamorfosis jocosas (y algo rijosas). En la filiación de la novela picaresca apunta así Menéndez Pelayo (el ortodoxo heterodoxo, viviente contradicción que refleja la de toda nuestra cultura) el curioso Crotalón, donde, a imagen del Lucio del Asno de Oro, un gallo (llamado Gallo, por cierto) se ve metamorfoseado en «un muy apuesto y agraciado mancebo cortesano y de buena conversación (…) de natural crianza y continua residencia en la corte de nuestro rey, hijo de un valeroso señor de estado y casa real». Como Lucio también se ve envuelto en una aventura amorosa con una de aquellas «grandes hechizeras encantadoras, y que tenían pacto y comunicación con el demonio para el effecto de su arte y encantamiento», pero que, para suerte de Gallo, no es una vieja decrépita como la que le tocó montar a su predecesor asnil… Otro día os hablaremos más de él, ya que hoy queríamos evocar rareza del mismo palo.

Se trata de la muy desconocida continuación del Lazarillo de Tormes, publicada por primera vez en Amberes en 1555, sin nombre de autor, atribuida por algunos a un tal fray Manuel de Oporto (otro de esos frailes cachondos mentales a lo Rabelais). Esta Segunda parte de Lazarillo de Tormes resultó ser un fiasco, tal vez por romper con la línea realista y picaresca del libro original y porponer una fantasía alegórica lucianesca, en la que el protagonista se convierte en atún, se casa con una atuna con quien procrea alegremente peces y sostiene en la Corte atunil todo tipo de guerras contra varios otros pescados. Posiblemente, el desconocido autor (tal vez alguno de los muchos perseguidos que tuvieron que eclipsarse por Flandes), quiso aludir de forma velada a personajes y circunstancias de la “gesta imperial” hispana (quizás incluso a la reforma militar del Gran Capitán), pero la sátira tuvo poco éxito, y solamente se reimprimió en Milán en 1587 y 1615, irónicamente adjunta (cual monstruoso parásito marino) con el primer Lazarillo.

Lázaro “por importunación de amigos” (un poco como Bardamu al inicio de su Viaje al fin de la noche), se fue a embarcar para la guerra de Argel y en uno de los frecuentes naufragios de nuestra literatura aúrea se vio “hecho atún” por la gracia de Dios (¡otra vez!)…

“Finalmente, el Señor, por virtud de su passión y por los ruegos de los dichos y por lo demás que ante mis ojos tenía, con obrar en mí un maravilloso milagro, aunque a su poder pequeño, y fue que estando yo assí sin alma, mareado y medio ahogado de mucha agua que, como he dicho, se me había entrado a mi pesar, y assí mismo encallado y muerto de frío de la frialdad, que mientras mi conservador en sus trece estuvo, nunca había sentido, trabajado y hecho pedaços mi triste cuerpo de la congoxa y continua persecución, y desfallecido del no comer, a deshora sentí mudarse mi ser de hombre, quiera no me cate, cuando me vi hecho pez, ni más ni menos, y de aquella propia hechura y forma que eran los que cerrado me habían tenido y tenían. A los cuales, luego que en su figura fui tornado, conocí que eran atunes, entendí cómo entendían en buscar mi muerte, y decían: «Este es el traidor, de nuestras sabrosas y sagradas aguas enemigo. Este es nuestro adversario y de todas las naciones de pescados que tan executivamente se ha habido con nosotros desde ayer acá, hiriendo y matando tantos de los nuestros; no es possible que de aquí vaya; mas venido el día, tomaremos dél vengança».

A continuación es llevado ante un poderoso general atún que toma a su servicio (podéis regocijaros con el capítulo en mi www.freaklit.blogspot.com). Lázaro-atún se hace amigo del igualmente atunil capitán Licio, el cual cae en desgracia en la Corte por culpa de una oscura traición y es encerrado en prisión. Lázaro, ni corto ni perezoso, organiza a sus atunes, liderando una revuelta palaciega para librar a su amigo de la muerte y acabar con el traidor don Paver.

Lázaro logra negociar con el rey de los atunes, haciéndose su privado y casándose con la linda Luna. Luego todo se hace más alegórico (la sombra de Erasmo planea sobre Lázaro como sobre toda nuestra literatura del momento), ya que Lázaro, yendo de caza por un bosque como tantos y tantos caballeros de la tradición céltico-artúrica (no olvidemos que sigue siendo un atún, lo cual es cada vez más Extraño), se encuentra nada más ni nada menos que con “la Verdad”…

“ la cual me dixo ser hija de Dios y haber baxado del cielo a la tierra por vivir y aprovechar en ella a los hombres, y cómo casi no había dexado nada por andar en lo poblado, y visitado todos los estados grandes y menores; y ya que en casa de los principales había hallado assiento, algunos otros la habían revuelto con ellos, y por verse con tan poco favor se había retraído a una roca en la mar.

Esta le cuenta “cosas maravillosas que había passado con todos géneros de gentes”, pero por suerte para el sufrido lector, el narrador pasa olímpicamente de referirnos una alegoría al uso (por muy erasmista que sea) y se va no a freír puñetas pero sí a desovar con las atunas (¡!), donde termina tomado en las redes de unos pescadores, volviendo a su morfología habitual,

“Sentí a la parte que de pece tenía detrimento y que se estragaba por no estar en el agua, y supliqué a la señora duquesa y a su marido que, por amor de Dios, me hiciessen sacar de aquella prisión, pues a su alto poder había venido; y dándoles cuenta del detrimento que sentía, holgaron de lo hacer. Y fue acordado que diessen pregón en Sevilla para que viniessen a ver mi conversión, y en una plaça que ante su casa está, hecho un cadahalso, porque todos me viessen allí, fue juntada Sevilla; y desque la plaça se hinchió, por calles y tejados y terrados no cabía la gente. (…)

“Pues puesto en el cadahalso, y allí, tirándome unos por la parte de mi cuerpo que de fuera tenía, otros por la cola del pescado, me sacaron como el día que mi madre del vientre me echó, y el atún se quedó solamente siendo pellejo. Diéronme una capa con que me cobrí, y el duque mandó me truxessen un vestido suyo de camino, el cual, aunque no me arrastraba, me vestí, y fui tan festejado y visitado de gentes, que en todo el tiempo que allí estuve casi no dormí, porque de noche no dexaban de me venir a ver y a preguntar, y el que un rato de auditorio comigo tenía se contaba por muy dichoso…”.

Tras este renacimiento un tanto blasfemo, entre Jonás y el símbolo crístico del pez, Lázaro, hecho hombre, vuelve al “territorio comanche” de nuestra picaresca, entre Sevilla y Salamanca…

Si os preguntáis porqué precisamente se convirtió el pícaro en atún (la mayoría, descreídos de lo imaginativo y literario lo asumirían como una simple y aleatoria barrabasada más, pero no vosotr@s, mis querid@s Extrañ@s), he encontrado una curiosa relación entre pícaros, atunes y… la tuna (!!) en http://www.tunaempresariales.uji.es/historia2.htm

Tuno sería, en efecto aquel que lleva una vida parecida a los atunes, "vagamunda y holgazana", como los antiguos estudiantes, incluidos entre la caterva de pícaros a los que se dirigían las Instrucciones contra Vagos y Maleantes, tal y como señala Fray Martín Sarmiento en su De los Atunes y de sus Transmigraciones y sobre el Modo de Aliviar la Miseria de los de los Pueblos (!!):

"Los atunes no tienen patria ni domicilio constante, todo el mar es patria para ellos. Son unos peces errantes y unos tunantes vagabundos, que a tiempos están aquí y a tiempos están allí. Y si por imitación de los atunes no se formaron las voces tuno, tunante y tunar de la voz atún o del thunnus latino, no se puede negar que los vagabundos y tunantes son unos atunes de tierra, sin patria fija, sin domicilio constante y conocido, sin oficio ni beneficio público, y tal vez sin religión y sin alma”.

Por lo demás existía en la tradición francesa un Roi des Thunes o Rey de los atunes, jefe de los vagabundos franceses, a quien se dio el apelativo original de Rey de Túnez en memoria del Duque del Bajo Egipto, jefe de los gitanos cuando sus bandas llegaron a París en el año 1427…

De ahí vendría la sorprendente metamorfosis de una de nuestras más emblemáticas figuras literarias en vulgar Thunnus (atún calvo… claro).


lunes, 20 de abril de 2009

Exhibición de Atrocidades



J. G. Ballard ha sido abducido por sus propias pesadillas. En los últimos meses estaba redactando el proceso de su cáncer terminal, máxima frontera del espacio interior en el cual siempre había buceado.


En el vasto panorama de su proteica y teratológica galería mental es sin duda la Exhibición de Atrocidades la obra que mejor merece el título de Increíblemente Extraña Cum Laude. Publicada en el Reino Unido en el año de gracia de 1970 (la edición americana, titulada Love and Napalm: Export U.S.A. sólo saldría dos años después), se trataba de un Ovni literario incluso en el contexto de los prodigiosos seventies, tan dados al experimentalismo y la transgresión. Ballard recogía en sus “novelas condensadas” (troceadas en secciones de densos párrafos, herederos de los cut-ups del gurú beat William Burroughs, prefacista por lo demás de la Exhibición) textos radicales ya antes publicados en la constelación fanzinerosa de la Nueva Ola de la Ficción Especulativa británica.

El “protagonista” (cuyo nombre, al parecer inspirado en el enigmático novelista Traven, autor del extraño Barco de la Muerte, cambia en cada nuevo capítulo) es un trasunto arquetípico de la obra de Ballard, declaradamente obsesiva y circular. Psiquiatra rendido paulatinamente a la psicosis reconfigura maniáticamente los grandes eventos de la década de los 60 (el suicido de Marilyn, el alunizaje del programa Apolo y sobre todo el asesinato de Kennedy) en un “espacio interior” corroido por el discurso mediático y la proliferación de la “iconosfera” contemporánea (junto a Burroughs podríamos situar a Marshall McLuhan como la otra influencia clave de la obra).


Su mujer, a la que ha asesinado (como Burroughs himself y contrariamente a Mary Ballard, fallecida accidentalmente en 1963 en la localidad de… Alicante!), muere y revive innumerables veces mientras Marilyn le acompaña en un viaje suicida quemada por extrañas radiaciones nucleares (la Bomba rige, omnipotente, sobre toda la década y especialmente sobre Ballard) y los espacios “exteriores” contaminan víricamente el “interior” de la psique… e inversamente, más allá de las referencias surrealistas (Magritte y Dalí han tomado posesión del continuum espacio-temporal, monstruosos profanadores no sólo de cuerpos sino de ideo-cosmos y socio-cosmos) naufragadas por los párrafos de la obra.

El surrealismo ha muerto puesto que hemos entrado en la esfera de lo hiperreal. Los paisajes destrozados del Shangai ocupado le enseñaron desde la infancia que “la realidad misma es un estado que puede ser desmantelado en cualquier momento, no importa cuán magnífica pueda parecer". Los gepetos radiados de Hiroshima y los cuerpos de los crematorios nazis han vuelto inevitablemente obsoletas las anamorfosis dalinianas.

Pero, entonces,


¿Porqué quiero follarme a Ronald Reagan?


Reagan, por entonces gobernador de California (como nuestro patético Schwartzie), candidato a las presidenciales de 1968 (demasiado pronto, Ronald, aún habría que esperar a que la oleada libertaria se pegara la Gran Hostia), fue para Ballard una revelación, la llegada de un nuevo fascismo, el de los “políticos mediáticos” (el antiguo, en realidad, ya lo era, como Ballard bien sabía, pero en plan aún un poco “artesanal”). La presidencialidad del actor de serie B (y coleguita de la mafia, como se sabría después para confirmar, por si cabiera duda, su carácter totalmente ballardiano –o dickiano, pues Dick y Ballard constituyen la doble hélice de nuestro enfermizo ADN) presagiaba el salto final hacia la Hiperrealidad Terminal, basado en la superjodida psicosexualidad creada por los media.


El texto analizaba fría, tecnocráticamente, el efecto sexual del “show” reaganiano (“en tests colectivos la cara de Reagan era uniformemente percebida como una erección penil”; “los speeches de Reagan pasados a cámara lenta producen un marcado efecto erótico entre los niños espásticos”, etc.). Lo más escalofriante fue que diez años después la Convención Republicana de San Francisco distribuyó el texto de Ballard como prueba del “sex appeal” subliminal del candidato… y el resultado electoral confirmó sus premisas!!


El camino estaba preparado para la Tercera Guerra Mundial, y no sólo en la mente del Doctor Traven, o Talbert o Travis…



ps. http://freaklit.blogspot.com/

miércoles, 8 de abril de 2009

Atmofitas de Ignis



Una de las obras más desconcertantes de la singular Edad de Oro de la anticipación (antes de que Gernsback bautizara el género de la ciencia-ficción) que fue la Fin de Siècle es sin duda la Increíblemente Extraña Ignis del misterioso conde de Chousy. Nada se sabe del tal Chousy y sólo nos queda de él, a modo de juego de pistas borgesiano, una carta ditirámbica al creador de la Eva futura, el también Extraño Villiers de l’Isle-Adam, hasta el punto que algunos eruditos especularon que en realidad se trataba de una broma del propio Villiers, inventándose un heterónimo para firmar otra de sus desopilantes sátiras anti-tecnológicas. Pero encontramos también su nombre en la dedicatoria del poema de C. Cros (otro Increíble Extraño, cómo no) “Sultanerie”, publicado en la revista emblemática del movimiento hidropático L'Hydropathe del 19 de febrero de 1879.

Sea quien fuere de Chousy, el caso es que su única obra es un auténtico meteorito en la órbita de lo “maravilloso científico” anunciado por los Goncourt. En ella asistimos al proyecto del excéntrico y erudito Lord Hotairwell de perforar un gigantesco pozo en Irlanda hasta llegar al legendario “fuego central” de la Tierra, fuente prodigiosa de energía. Sabiendo que el Lord había ya propuesto arrancar Inglaterra de la corteza terrestre para transformar la isla en portentoso navío, no nos hemos de sorprender.

El caso es que, ni corto ni perezoso, ayudado por un matemático absolutamente loco (sospechosamente cercano a nuestro querido Lewis Carroll) y de un ingeniero enano presentando un agudo caso de perforomanía (desviación que se le escapó al contemporáneo Sigmund Freud, siempre tan atento a ese tipo de detalles), el Lord se pone a edificar la ciudad utópica de Industria-City, salvando todo tipo de obstáculos (desde los sabotajes de los militares alemanes hasta los suicidas proyectos de destruir la Tierra de algunos de los propios ingenieros).

Para ello inventarán los extraños Atmofitas, « hilotas de vapor » que prefiguran los robots que iban a inundar el género a partir de los años 20 (el término, como es bien sabido, será introducido por Karel Capek, jugando con el término checo robota o trabajo servil). Extremadamente dóciles en un principio, los esclavos mecánicos terminarán, cómo no, por rebelarse contra el régimen “pantopantárquico” (reino de todos sobre todos) de Industria, anunciando también otro de los más célebres topoï que iba a terminar, como quien dice, hasta en la sopa. Se genera así un cuanto menos absurdo debate en el Parlamento (al cual sólo son admitidos especimenes cuyo cerebro pesa más de dos libras) sobre la nueva “cuestión social” presentada por la “plebe de metal”…

Luego asistimos a las maravillas de la “Confortable City”, parodia feroz del utopismo positivista a lo Julio Verne, característico de la burguesía finisecular (y de la otra también). Autómatas en todo momento vigilados por el telectroscopo de Lord Hotariwell, los habitantes de Industria disfrutan del telecromofoto-fonotetroscopo, anticipación de todos los inventos en telecomunicaciones posibles e imaginables (más o menos viene a ser como los hologramas de la saga intergaláctica de Georges Lucas) hasta el día en que se produce una inverosímil hecatombe… la rebelión de las telecomunicaciones contra sus usuarios… en 1883!!

Liderados por “una especie de elefante armado de una maza incrustada en su trompa”, martillo de 200 mil kilos, las Máquinas electrocutan a los parlamentarios mientras los habitantes de la ciudad son despedazados y sometidos a todo tipo de tecno-suplicios delirantes…

Algo que tendría que haber abierto a de Chousy las puertas del Panteón de la Ciencia-ficción, pensaréis. Pues no. A pesar de haber sido “coronada por la Academia francesa”, Ignis pasó por completo desapercibida hasta que nuestro Maestro indiscutido Pierre Versins la exhumó. Por lo demás, como bien sabéis los más conspiranoicos, el negocio editorial de la ciencia-ficción está bastante controlado por el complejo militar-industrial yanqui (o cuanto menos por el complejo editorialo-periodístico yanqui), poco interesado en todo lo que no es anglo-sajón, sepultando siglos de anticipación europea bajo una pesada losa de silencio.

En todo caso nosotros le abrimos las puertas de nuestro Panteón Increíblemente Extraño y esperemos que se quede tan a gusto.

domingo, 22 de marzo de 2009

Un hijo desnaturalizado



Dentro del sangriento panorama del teatro barroco europeo pocas obras resultan tan truculentas como la desconocidísima Tragödie ven einem ungerathenen Sohn o sea Tragedia de un hijo desnaturalizado (¡y tanto!) del excéntrico duque Heinrich Julius von Brunswick.

Obispo desde la tierna edad de los dos años (!!), Heinrich asistió a sesudos debates teológicos (en latín, cómo no) desde los doce años y poco después optó por la Reforma protestante, de la cual se hizo importante artífice. También decidió cambiar la ley Sajona que regía el principado de Wolfenbüttel por la ley romana, comenzando una espantosa caza de brujas y de judíos. Apasionado por el teatro y la arquitectura hizo constuir uno en su castillo, invitando a una importante compañía itinerante del teatro jacobeo (sinónimo, como bien sabemos, de horrores y mutilaciones) para que amenizaran sus veladas con todo tipo de aberraciones.

Motivado por el descubrimiento (viendo realizadas en escena quien sabe qué inconfesables fantasías) el duque parió, entre 1593 y 1594, nada menos que once obras de teatro, cinco comedias de enredo italianizantes (cercanas a la dramaturgia, también desconocida, de su herético contemporáneo Giordano Bruno) y cinco espantosas tragedias que dejan chiquitas las barbaridades de Thomas Kyd y sucedáneos. De ellas se lleva la palma la ya citada del hijo que salió rana.

Nero (trasunto evidente del demente emperador romano), el hijo menor de un decrépito duque (¿Julius, el del propio Heinrich?), es un auténtico rayado. Tras caer en desgracia, finge arrepentirse, tan sólo para cometer una serie de crímenes que hacen de él, más que Macbeth y demás amateurs, el principal psycho-killer (literario) de la era barroca. Empieza por su propio hijo, fruto natural de un culpable coito. Y empieza por todo lo alto, como ahora veréis.

Se lleva a su vástago al bosque, donde prepara una hoguera. El chaval se huele algo e intenta huir, en vano. Como las incautas víctimas de los cuentos, el niño pregunta inocentemente qué es lo que va a a guisar su padre, ya que no se han traído nada para papear. Nero lo tira al suelo, le pone su rodilla en la boca, le abre el vientre con un cuchillo y le extrae el corazón, asándolo lentamente a la parrilla y engulléndolo después. Luego recoge la sangre en un vasito, la mezcla con vino y padentro.

El tema del corazón comido era ya un antiguo topos medieval reactivado por los rumores de canibalismo que llegaban del Nuevo Mundo y la parodia de Eucaristía remitía a las supersticiones católicas denunciadas por los protestantes. Aún así representar la escena constituía sin duda una barrabasada máxima a finales del siglo XVI.

Del bosque Nero pasa a un jardín donde se encuentra con su padre, clavándole a hachazos un taco en el cráneo. Luego, como en la mítica canción de los Doors o en cualquier vulgar matanza estudiantil de los últimos años, sigue su periplo homicida por la corte (¿de Wolfenbüttel?). Se encuentra a su sobrino sobado, estrangulándolo con una cuerda. En ese momento es sorprendido por su madre, a la que corta el cuello.
Luego alerta a todo el mundo, fingiendo inconmesurable dolor ante tamaña masacre. Lo cual le permite ganar un poco de tiempo, cargándose a su hermano y cercenando las cabezas de los tres consejeros de su padre.

En el último acto comienzan los remordimientos (¡!) y las paranoias (esto fue escrito unos diez años antes de Macbeth). Huyendo de extraños ruidos se refugia en el jardín, tumbándose un ratico. Se le aparecen los espíritus de los asesinados. Horrorizado, huye al bosque, encontrándose con los cadáveres descabezados de los consejeros que se levantan a saludarlo. Más allá se le aparece su hijo, con el corazón en una mano y el vasito de morapio en la otra (estampita crística un tanto gore). Clama venganza. El espíritu del padre también se apunta, con un hacha en la mano y el taco aún en el cráneo.

Nero huye, tropezando con el fantasma del sobrino, con la cuerda rodeada al cuello como un fantasmita nipón de reciente cuño. Vuelven los consejeros sin cabeza.
Acorralado, Nero se tira al suelo pataleando y berreando. Intenta por tres veces suicidarse, anunciando a los vagabundos beckettianos. El cuchillo se parte, el cinturón con el que iba a ahorcarse de rompe y el veneno cae al suelo derramándose.

Entonces la obra se va realmente de madre. Aparecen unos diablos apoderándose de él con alborozo y llevándose dios sabe dónde (bueno, claro que sabe dónde, igual que los espectadores). Un corto epílogo nos recuerda la moraleja de toda esta escabechina, a saber que los hijos no deben desobedecer a sus padres (!!!).
“Hija desnaturalizada” del teatro de la venganza inglés, la tragedia de von Brunswick evidencia, más allá de la oleada de horror escénico que se extendió por todo Europa, las tensiones atroces de la era de la caza de brujas (a las que, sintomáticamente, Heinrich tanto contribuyó).

Años después nuestro insólito duque moría alcoholizado en la Increíblemente Extraña Corte praguense de Rodolfo II, del que había llegado a ser consegliere particular. Podemos hacernos una pequeña idea de cuales fueron las criaturas que le asistieron en sus últimos estertores de delirium tremens.


p.s. La imagen de arriba es un gravado de la impresionante biblioteca ducal de Wolfen büttel.