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lunes, 20 de abril de 2009

Exhibición de Atrocidades



J. G. Ballard ha sido abducido por sus propias pesadillas. En los últimos meses estaba redactando el proceso de su cáncer terminal, máxima frontera del espacio interior en el cual siempre había buceado.


En el vasto panorama de su proteica y teratológica galería mental es sin duda la Exhibición de Atrocidades la obra que mejor merece el título de Increíblemente Extraña Cum Laude. Publicada en el Reino Unido en el año de gracia de 1970 (la edición americana, titulada Love and Napalm: Export U.S.A. sólo saldría dos años después), se trataba de un Ovni literario incluso en el contexto de los prodigiosos seventies, tan dados al experimentalismo y la transgresión. Ballard recogía en sus “novelas condensadas” (troceadas en secciones de densos párrafos, herederos de los cut-ups del gurú beat William Burroughs, prefacista por lo demás de la Exhibición) textos radicales ya antes publicados en la constelación fanzinerosa de la Nueva Ola de la Ficción Especulativa británica.

El “protagonista” (cuyo nombre, al parecer inspirado en el enigmático novelista Traven, autor del extraño Barco de la Muerte, cambia en cada nuevo capítulo) es un trasunto arquetípico de la obra de Ballard, declaradamente obsesiva y circular. Psiquiatra rendido paulatinamente a la psicosis reconfigura maniáticamente los grandes eventos de la década de los 60 (el suicido de Marilyn, el alunizaje del programa Apolo y sobre todo el asesinato de Kennedy) en un “espacio interior” corroido por el discurso mediático y la proliferación de la “iconosfera” contemporánea (junto a Burroughs podríamos situar a Marshall McLuhan como la otra influencia clave de la obra).


Su mujer, a la que ha asesinado (como Burroughs himself y contrariamente a Mary Ballard, fallecida accidentalmente en 1963 en la localidad de… Alicante!), muere y revive innumerables veces mientras Marilyn le acompaña en un viaje suicida quemada por extrañas radiaciones nucleares (la Bomba rige, omnipotente, sobre toda la década y especialmente sobre Ballard) y los espacios “exteriores” contaminan víricamente el “interior” de la psique… e inversamente, más allá de las referencias surrealistas (Magritte y Dalí han tomado posesión del continuum espacio-temporal, monstruosos profanadores no sólo de cuerpos sino de ideo-cosmos y socio-cosmos) naufragadas por los párrafos de la obra.

El surrealismo ha muerto puesto que hemos entrado en la esfera de lo hiperreal. Los paisajes destrozados del Shangai ocupado le enseñaron desde la infancia que “la realidad misma es un estado que puede ser desmantelado en cualquier momento, no importa cuán magnífica pueda parecer". Los gepetos radiados de Hiroshima y los cuerpos de los crematorios nazis han vuelto inevitablemente obsoletas las anamorfosis dalinianas.

Pero, entonces,


¿Porqué quiero follarme a Ronald Reagan?


Reagan, por entonces gobernador de California (como nuestro patético Schwartzie), candidato a las presidenciales de 1968 (demasiado pronto, Ronald, aún habría que esperar a que la oleada libertaria se pegara la Gran Hostia), fue para Ballard una revelación, la llegada de un nuevo fascismo, el de los “políticos mediáticos” (el antiguo, en realidad, ya lo era, como Ballard bien sabía, pero en plan aún un poco “artesanal”). La presidencialidad del actor de serie B (y coleguita de la mafia, como se sabría después para confirmar, por si cabiera duda, su carácter totalmente ballardiano –o dickiano, pues Dick y Ballard constituyen la doble hélice de nuestro enfermizo ADN) presagiaba el salto final hacia la Hiperrealidad Terminal, basado en la superjodida psicosexualidad creada por los media.


El texto analizaba fría, tecnocráticamente, el efecto sexual del “show” reaganiano (“en tests colectivos la cara de Reagan era uniformemente percebida como una erección penil”; “los speeches de Reagan pasados a cámara lenta producen un marcado efecto erótico entre los niños espásticos”, etc.). Lo más escalofriante fue que diez años después la Convención Republicana de San Francisco distribuyó el texto de Ballard como prueba del “sex appeal” subliminal del candidato… y el resultado electoral confirmó sus premisas!!


El camino estaba preparado para la Tercera Guerra Mundial, y no sólo en la mente del Doctor Traven, o Talbert o Travis…



ps. http://freaklit.blogspot.com/

domingo, 22 de marzo de 2009

Un hijo desnaturalizado



Dentro del sangriento panorama del teatro barroco europeo pocas obras resultan tan truculentas como la desconocidísima Tragödie ven einem ungerathenen Sohn o sea Tragedia de un hijo desnaturalizado (¡y tanto!) del excéntrico duque Heinrich Julius von Brunswick.

Obispo desde la tierna edad de los dos años (!!), Heinrich asistió a sesudos debates teológicos (en latín, cómo no) desde los doce años y poco después optó por la Reforma protestante, de la cual se hizo importante artífice. También decidió cambiar la ley Sajona que regía el principado de Wolfenbüttel por la ley romana, comenzando una espantosa caza de brujas y de judíos. Apasionado por el teatro y la arquitectura hizo constuir uno en su castillo, invitando a una importante compañía itinerante del teatro jacobeo (sinónimo, como bien sabemos, de horrores y mutilaciones) para que amenizaran sus veladas con todo tipo de aberraciones.

Motivado por el descubrimiento (viendo realizadas en escena quien sabe qué inconfesables fantasías) el duque parió, entre 1593 y 1594, nada menos que once obras de teatro, cinco comedias de enredo italianizantes (cercanas a la dramaturgia, también desconocida, de su herético contemporáneo Giordano Bruno) y cinco espantosas tragedias que dejan chiquitas las barbaridades de Thomas Kyd y sucedáneos. De ellas se lleva la palma la ya citada del hijo que salió rana.

Nero (trasunto evidente del demente emperador romano), el hijo menor de un decrépito duque (¿Julius, el del propio Heinrich?), es un auténtico rayado. Tras caer en desgracia, finge arrepentirse, tan sólo para cometer una serie de crímenes que hacen de él, más que Macbeth y demás amateurs, el principal psycho-killer (literario) de la era barroca. Empieza por su propio hijo, fruto natural de un culpable coito. Y empieza por todo lo alto, como ahora veréis.

Se lleva a su vástago al bosque, donde prepara una hoguera. El chaval se huele algo e intenta huir, en vano. Como las incautas víctimas de los cuentos, el niño pregunta inocentemente qué es lo que va a a guisar su padre, ya que no se han traído nada para papear. Nero lo tira al suelo, le pone su rodilla en la boca, le abre el vientre con un cuchillo y le extrae el corazón, asándolo lentamente a la parrilla y engulléndolo después. Luego recoge la sangre en un vasito, la mezcla con vino y padentro.

El tema del corazón comido era ya un antiguo topos medieval reactivado por los rumores de canibalismo que llegaban del Nuevo Mundo y la parodia de Eucaristía remitía a las supersticiones católicas denunciadas por los protestantes. Aún así representar la escena constituía sin duda una barrabasada máxima a finales del siglo XVI.

Del bosque Nero pasa a un jardín donde se encuentra con su padre, clavándole a hachazos un taco en el cráneo. Luego, como en la mítica canción de los Doors o en cualquier vulgar matanza estudiantil de los últimos años, sigue su periplo homicida por la corte (¿de Wolfenbüttel?). Se encuentra a su sobrino sobado, estrangulándolo con una cuerda. En ese momento es sorprendido por su madre, a la que corta el cuello.
Luego alerta a todo el mundo, fingiendo inconmesurable dolor ante tamaña masacre. Lo cual le permite ganar un poco de tiempo, cargándose a su hermano y cercenando las cabezas de los tres consejeros de su padre.

En el último acto comienzan los remordimientos (¡!) y las paranoias (esto fue escrito unos diez años antes de Macbeth). Huyendo de extraños ruidos se refugia en el jardín, tumbándose un ratico. Se le aparecen los espíritus de los asesinados. Horrorizado, huye al bosque, encontrándose con los cadáveres descabezados de los consejeros que se levantan a saludarlo. Más allá se le aparece su hijo, con el corazón en una mano y el vasito de morapio en la otra (estampita crística un tanto gore). Clama venganza. El espíritu del padre también se apunta, con un hacha en la mano y el taco aún en el cráneo.

Nero huye, tropezando con el fantasma del sobrino, con la cuerda rodeada al cuello como un fantasmita nipón de reciente cuño. Vuelven los consejeros sin cabeza.
Acorralado, Nero se tira al suelo pataleando y berreando. Intenta por tres veces suicidarse, anunciando a los vagabundos beckettianos. El cuchillo se parte, el cinturón con el que iba a ahorcarse de rompe y el veneno cae al suelo derramándose.

Entonces la obra se va realmente de madre. Aparecen unos diablos apoderándose de él con alborozo y llevándose dios sabe dónde (bueno, claro que sabe dónde, igual que los espectadores). Un corto epílogo nos recuerda la moraleja de toda esta escabechina, a saber que los hijos no deben desobedecer a sus padres (!!!).
“Hija desnaturalizada” del teatro de la venganza inglés, la tragedia de von Brunswick evidencia, más allá de la oleada de horror escénico que se extendió por todo Europa, las tensiones atroces de la era de la caza de brujas (a las que, sintomáticamente, Heinrich tanto contribuyó).

Años después nuestro insólito duque moría alcoholizado en la Increíblemente Extraña Corte praguense de Rodolfo II, del que había llegado a ser consegliere particular. Podemos hacernos una pequeña idea de cuales fueron las criaturas que le asistieron en sus últimos estertores de delirium tremens.


p.s. La imagen de arriba es un gravado de la impresionante biblioteca ducal de Wolfen büttel.

viernes, 31 de octubre de 2008

Zofloya


Celebremos hoy Halloween, la fiesta de lo Bizarro, con uno de nuestros géneros literarios predilectos, a fuer de Increíblemente Extraño, la Novela Gótica, floreciente a la sombra de las Luces y cuya apoteosis coincidió con el Romanticismo más frenético, macabro y delirante.

Entre las joyas olvidadas (y recientemente rescatadas) de aquella barahúnta infernal de mazmorras, torturas, sepelios, ultratumbas y estatuas malignas, brilla con inusitado fulgor (satánico, por supuesto) la novela de la misteriosa Charlotte Dacre, Zofloya o el Moro (1806).

Dejando a un lado los sentimentalismos didácticos de sus Confesiones de una monja de St Omer, y bajo el efecto de la obra inmortal de “Monk” Lewis (el primer seudónimo literario de la autora fue precisamente “Rosa Matilda”, en homenaje a la heroína del Monje), Dacre traza la carrera criminal de Victoria de Lorendani, prototipo de la Femme Fatale más salvaje y una de las malas más malas de la historia de la literatura.

Trasunto femenino del lujurioso Ambrosio de Lewis, Victoria hace un pacto, para satisfacer sus ilimitados y perversos deseos, con un hijo de Satanás, el moro Zafloya que da título a la obra. El hermano de Victoria, Leonardo, tampoco se queda corto, ni la brutal amante de éste, Magalena Strozzi, ya que ambos la inician en los placeres del vicio, completando su pedagogía sadiana (¿Leyó Dacre al Divino Marqués? Conjeturamos que Lewis seguramente sí, pero en realidad el sadismo no fue una rayada individual, por muy genial que fuera Donatien Alphonse de Sade…) con los placeres del asesinato.

Victoria es enviada a Venecia para casarse con un tal Berenza, típico sosete de novela sentimental de la época. Aburrida (y con razón), decide trajinarse más bien al hermano, Henríquez. Subvirtiendo la lógica patriarcal de la novela dieciochesca, la encargada de perseguir con ánimos lúbricos a su víctima es aquí la propia hembra. Victoria trata por todos los medios de cepillarse al escurridizo galán, contactando (en sueños!!) con el demoníaco sirviente de éste, el Zofloya.

Tras envenenar al engorroso Berenza, Zofloya y Victoria organizan el espantoso asesinato de la amada de Henriquez, Lilla, en una de las escenas más gore (que ya es decir) del género gótico, eco de los Crímenes del amor sadianos.
“Sin poder, ni querer, controlarse, Victoria agarró las fluidas trenzas de la frágil Lilla y la echó para atrás. Con su puñal la apuñaló en el pecho, en el hombro y en otras partes del cuerpo. La expirante Lilla cayó sobre sus rodillas. Victoria redobló sus puñaladas. Curbió el bello cuerpo con innumerables heridas, antes de arrojarla de cabeza por el borde del acantilado”.

Acosada por la Inquisición, Victoria cae cada vez más en las redes del diabólico Zofloya. Remedando el inolvidable clímax del Monje, Victoria, a cambio de escapar a los brutales tormentos del Santo Oficio, rinde cuerpo y alma a Zofloya sobre un vertiginoso precipicio. El moro al punto se transforma en “el jurado enemigo de toda la Creación, llamado por los hombres SATAN”!!!!

Irónicamente, Victoria se salva así de la hoguera para verse precipitada de cabeza (como su virginal víctima) en el “aterrador abismo”, que, nos podemos imaginar, no se limita al simple despeñadero sino que va bastante más abajo…

La obra conoció un momentáneo éxito de público e influyó vivamente sobre algunos contemporáneos, empezando por el propio Percy Shelley (el torturado amante de Mary, creadora de Frankestein y El último hombre), mientras la crítica, como era habitual con los –y especialmente LAS- gótic@s, lamentaba hipócritamente aquello mismo que la sustentaba, el sensacionalismo más radical. “Hay una voluptuosidad de lenguaje y alusiones en esos volúmenes que hubieramos esperado la delicadeza de una pluma femenina hubiera rechazado trazar (!); y hay una exhibición de puterío (!!) y de rijosidad que hubieramos deseado que la delicadeza de una mente femenina hubiera sido demasiado chocada en imaginar…” escribía un anónimo chupatintas de la Annual Review and History of Literatura.

Por suerte a Dacre, y a las góticas más radicals que la sucedieron hasta nuestros días (pues el terror, y no la chick lit que nos aflige, es sin duda uno de los campos más fértiles de la literatura femenina), toda esa delicadeza le tocaba bastante los ovarios.

Para que quedara claro, Dacre volvió a la carga al año siguiente con otra escandalosa obrita, simple y llanamente titulada El Libertino, (nada que ver con el sosete biopic del genial duque de Rochester, pese al siempre sugerente Johny Depp), que venía a ser como las Relaciones Peligrosas a lo gótico; una tragedia de la seducción dominada por pulsiones sádicas y masoquistas que prefiguran los melodramas delirantes de los paperbacks y culminan en incesto, infanticidio y suicidio…


Ps. Existe edición española de Zofloya, gracias a Jaguar Ediciones (2005).

miércoles, 9 de julio de 2008

Necronomicón


A petición popular os hablaremos hoy de uno de los mayores mitos literarios de todos los tiempos. El celebérrimo Necronomicón pertenece de hecho a una de nuestras Categorías Extrañas predilectas, la de los Libros Ficticios.

La primera mención del “libro relativo a las leyes de los muertos” (nekros nomos eikon), aparece en la historia de Lovecraft El Sabueso (1922)[1], aunque el supuesto autor, el “Árabe loco Abdul Alhazred ya había aparecido en La Ciudad sin Nombre un año atrás. Se nos dice que la obra contiene una relación de los Primigenios, su historia y los medios para conjurarlos.

Lovecraft afirmó que el título le vino en sueños, tal vez influenciado por el Increíblemente Extraño Rey de Amarillo de R. W. Chambers[2]. El tema del libro ficticio era ya un topos de la literatura gótica desde los primeros tiempos (véanse los libros misteriosamente abandonados en decrépitas bibliotecas de los castillos de Radcliffe o Potocki). Recordemos por lo demás que, retomando esta tradición, Lovecraft se adelantaba unos diez años a los primeros y similares intentos de J. L. Borges.

La idea de hacerlo remontar a un “árabe loco” testimoniaba la influencia del orientalismo en la fantasía moderna desde Galland y sus Mil y Una Noches. Además, históricamente, los grimorios mágicos de procedencia árabe tuvieron gran incidencia en el ocultismo occidental, empezando con el célebre Picatrix, traducción del Ghayat al-Hakim. Por lo demás el simpático nombre de Abdul Alhazerd era un apodo que el propio Lovecraft había adoptado de niño, enloquecido por las Noches y jugando tal vez con su bibliofagia (“el que lo leyó todo”, “all has read”).

En 1927, Lovecraft escribió una historia del libro que sólo sería publicada tras su muerte. El título original habría sido Kitah Al-Azif ("rumor nocturno de los insectos supuesto ser el aullido de los demonios”), compuesto por el poeta árabe Abdul Al-Hazred, adorador de las (adorables) entidades Yog-Sothoth y Cthulhu (del cual volveremos a hablar, si Dios quiere) y descubridor en sueños de la “Ciudad sin nombre” bajo Irem («Que no está muerto lo que yace eternamente / y con el paso de los eones, aun la muerte puede morir») antes de desaparecer brutal y misteriosamente el año 738 d.C.

En 950, Teodoro Filetas (erudito bizantino también ficticio) lo tradujo al Griego, ganando gran difusión e “impeliendo a ciertos experimentadores a terribles manipulaciones”, lo cual llevó a su supresión y quema por el Patriarca Miguel (histórico) en 1050.

Tras dicho auto de fé el libro fue traducido al latín por Olaus Wormius en 1228 (pequeño “detalle” anacrónico, ya que el auténtico Wormius tardaría aún tres siglos en nacer), versión que a su vez sería condenado por el Papa Gregorio IX en 1232. Reediciones en latín fueron publicadas en la Alemania del siglo XV y la España del XVII (¡cómo no!). El célebre nigromante elisabetano John Dee (1527-1609) tradujo al parecer el libro al inglés aunque sólo subsistan algunos fragmentos manuscritos.

El texto griego reaparece furtivamente, en la “quema de la librería de cierto hombre de Salem” (las brujas de Salem ocupan un lugar eminente en el imaginario lovecraftiano, a modo de Pecado Original Americano) y en una reciente quema en San Francisco.

Lovecraft siempre se negó a dar demasiados detalles sobre el contenido del libro, afirmando que “quienquiera que lo intentase sólo podría decepcionar a todos aquellos que se han estremecido con las referencias crípticas a él”. Sabemos que está recubierto de piel, asegurado por metales y que existen (por la investigación de John Merrit) varias ediciones encubiertas (como el Qanoon-e-Islam). Sólo cinco copias existían en la época del Horror de Dunwich: en el British Museum, la Bibliothèque nationale, la Widener de Harvard, la Universidad de Buenos Aires (¿¿guiño transmental a Borges??) y, sobre todo, la magnífica e imaginaria Miskatonic University del mítico Arkham, Massachusetts. Algunos particulares como Joseph Curwen también poseían copias.

Los discípulos del Maestro, entre los cuales August Derleth y Clark Ashton Smith, comenzaron a citar el grimorio en sus propias obras, contribuyendo a la creación del mito. Lovecraft comenzó a recibir cantidad de cartas de lectores entusiastas de la Biblia Extraña Weird Tales relativas al libro del “árabe loco”.

Cantidad de peña se puso a gastar bromas eruditas. Un cachondo coló una ficha identificativa de él en la Librería de la Universidad de Yale, creando una demanda histérica por el inexistente volumen. En la Widener, citada por Lovecraft, la ficha solicita que se “pida en el mostrador” el libro (con el regodeo imaginable hacia los incautos). En la librería de Tromsø, Norway, se alude a una versión abreviada de Petrus de Dacia (1994), claro que “no disponible”.

Evidentemente, aprovechando el tirón del mito, los tiburones editoriales han ido editando varios libros con ese nombre, pese a la sensata advertencia de Lovecraft. En 1973, la Owlswick Press sacó una edición escrita en un idioma ficticio, el “Duríaco” en edición limitada. A finales de la década, un tal “Simón” sacó una “traducción” del “auténtico” Necro, basada en la mitología sumeria y no en la chtuluesca, consiguiendo pese a todo vender casi un millón de ejemplares (claro que el marketing del “libro Negro más peligroso de Occidente” no es moco de pavo…). Otra versión apareció en 1978, editada por George Hay, según un supuesto cálculo informático de textos cifrados de John Dee. Otro listo decidió sacar la “verdadera” (por lo tanto ficticia) historia del libro, The Necronomicon Files (1998).

El más flipante Necronomicón sigue siendo sin lugar a dudas la “versión ilustrada” del Extrañísimo H. R. Giger (la imagen os habrá dado una idea…).



[1] En modo típicamente lovecraftiano: “Lo reconocimos [un amuleto hallado por los protagonistas] como aquel al que aludía el árabe loco Abdul Alhazred en el prohibido Necronomicón: el espectral símbolo anímico del culto de comedores de cadáveres de los inaccesibles Leng, en Asia Central [!!]. Reconocimos las siniestras inscripciones descritas por el viejo demonólogo árabe; inscripciones tomadas de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que mordisqueaban y vejaban a los muertos…”
[2]
A modo de “private joke”, Lovecraft afirmará que Chambers tuvo la idea de su propio libro a raíz de los rumores que envolvían al Necronomicón!!

lunes, 7 de julio de 2008

Der Struwwelpeter


Esta entrada va dedicada a nuestro amigo John Rumsey, el cual nos indicó en vívidos términos el terrorífico impacto que Pedro el Desmelenado tuvo en sus noches de infancia…


Como ya señaláramos en el caso de la Bella Durmiente, la literatura infantil es otro de los pastos predilectos de los Libros Increíblemente Extraños.

Baste evocar el caso del libro “para niños” más célebre en Alemania, Der Struwwelpeter del singular Dr. Heinrich Hoffmann, publicado en 1845, tres años antes de la “primavera de los pueblos” (aunque toda relación entre ambos fenómenos sea altamente improbable).

Las “alegres historietas y divertidas viñetas para niños entre tres y seis años” del Dr. Hoffmann resultan hoy, cuanto menos, inquietantemente delirantes. No por nada el Doctor trabajó durante años en un prestigioso asilo psiquiátrico…

En cada caso se trata de demostrar las desastrosas consecuencias del mal comportamiento de las atolondradas criaturas, tal y como hubiera podido imaginar el mismísimo Marqués de Sade.

Pedro el Desmelenado (como podéis combrobar en la imagen, digna ancestra de Tim Burton) es despreciado por todos debido a su aspecto de voraz comedor de tripis.

Más “gracioso” es sin duda Die gar traurige Geschichte mit dem Feuerzeug (como en todo hay que decir estas cosas en alemán, suena mucho más Increíblemente Extraño), la Horrible Historia de la Niña de las Cerillas (¿qué habrá pensado el pobre Andersen?). Como el título indica la Niña juega con unas cerillas y se prende fuego… Edificante, ¿no?

Tres niños se ríen de un negrito. Un extraño barbudo, que responde al nombre de Nikolas, los mete en un barril de tinta negra. Bonita lección de antiracismo…

En Die Geschichte von dem wilden Jäger (la historia del cazador salvaje), Hoffmann prefigura una de las escenas predilectas del siglo XX: un conejo se hace con el rifle y las gafas de un cazador y empieza a perseguir a este a perdigonazos... Bugs Bunny había nacido.

Sigue otro de los Horrores del Dr. Hoffmann, "Die Geschichte vom Daumenlutscher" (la historia del pequeño Chupa-Deditos). Una madre insta a su hijo a dejar de chuparse los dedos. Cuando lo deja sólo el enano vuelve a las andadas. Aparece un sastre psicópata (¡) que le corta los pulgares con unas tijeras gigantes…(!!)

"Die Geschichte vom Suppen-Kaspar" (la Historia de Kaspar el de la Sopa) cuenta lo acaecido al homónimo individuo, opuesto a la idea de tomar más sopitas. Durante los cinco días siguientes comienza a decaer hasta que… muere (!!!)

Esta amable y divertida galería termina con "Die Geschichte vom fliegenden Robert" (la historia de Robert Volador), en la cual un niño sale de casa en plena tormenta. El viento levanta su paraguas y se lo lleva, probablemente hacia una horrenda destrucción (¿sería el mismo maelstrom que se llevó, por los mismos años, al viejo de Edgar Allan Poe?)

Entre los innumerables homenajes a la psicopato-pedagogía hoffmanniana citemos el Cuarto Oso de Jasper Fforde, retrato de una idílica comunidad alemana donde los niños siempre toman su sopa, evitan las cerillas y el chupar sus pulgares. El atento observador descubrirá que varios de sus habitantes han perdido los dichos pulgares y que extraños rumores rodean al sastre local.

La misma idea inspiró a M. J. Trow para sus Aventuras del Inspector Lestrade, donde el célebre comparsa de Sherlock investiga una serie de monstruosos asesinatos que reproducen las historietas de Struwwelpeter…

Ps. Los que os hayais quedado con ganas de más y no sepáis que hacer el fin de semana podéis pegaros un lowcost e ir al museo Struwwelpeter de Frankfurt a echaros unas risas…

sábado, 28 de junio de 2008

La División del Placer


La celebérrima banda de Ian Curtis, indiscutiblemente una de las más grandes de la (breve pero ya tan hipertrofiada) Historia del Rock, debe su título, como los más listillos ya sabéis, a un oscuro “paperback” de la Era Dorada, la (Otra) Casa de las Muñecas (House of Dolls, a no confundir con la obra teatral de Ibsen).

Escrita en 1955 por un misterioso "Ka-tzetnik 135633" describía las desde entonces tristemente célebres Divisiones del Placer, grupos de internas judías de los campos de exterminio sometidas a las vejaciones sexuales de los oficiales nazis (pese a todas las directivas nazis contra la unión entre arios y judíos, cimiento y justificación del propio régimen... algo que da para meditar). La existencia de burdeles en diez campos de concentración (entre los cuales Ravensbück y Auschwitz) fuera ya hecha pública por el Ministerio de Información británico en el 45, cuando el descubrimiento y liberación de los mismos (filmados, entre otros, por Alfred Hitchcock!!).

Aparentemente basado en el diario de una prisionera polaca obligada a dicha esclavitud sexual (aunque otros dicen que en experiencias de la propia hermana del autor, muerta en la Shoah, así como el hermano, también sometido a abusos tal y como se relata en Piepel), la obra relata cantidad de atrocidades (prefigurando la Atrocity Exhibition de Ballard que también daría título a uno de los himnos de Curtis).

Yehiel De-Nur (1909-2001), autor de la obra, fue él mismo encerrado en Auschwitz durante dos años, bajo el "nombre" de Ka-Tzentnik ("prisionero de campo" en yiddish) 135633 (el número que los nazis tatuaban en sus víctimas), escogido para firmar sus desoladoras memorias del "planeta de cenizas" (como él llamaba al campo). Fue uno de los testigos llamados a declarar contra el vertugo Adolf Eichmann en el histórico juicio de 1961, aunque, submergido por el dolor, perdió el conocimiento. Durante el resto de su vida, como tantos otros supervivientes, Yehiel sufrió pesadillas recurrentes y depresiones mórbidas. En 1976 se sometió a una psicoterapia psicodélica (sólo en los seventies había de eso!), experimentando con LSD, lo cual le proporcionó las visones que nutrieron su Extrañísimo libro Shivitti...

Por una trágica ironía (que demuestra lo jodido del género humano) el libro fue consumido como pornografía, empezando por la propia Israel (!), donde inició un subgénero Extraño conocido como "Stalags" (campo de trabajo), producidos en masa por Ezra Narkis y consumidos mayoritarmiante por adolescentes, hijos de las propias víctimas descritas (!!). El contexto puritano del gobierno israelí de entonces, así como la conmoción traumática que siguió al detalladísimo juicio a Eichman explicarían (en parte) tamaña fascinación con la transgresión última del supremo tabú (en sintonía, más allá de lo socio-político, con las teorías de G. Bataille sobre el Erotismo).

Perseguidos por la ley cesaron de ser comercializados dos años después del nacimiento del género aunque la oleada de fascinación erótica con los campos se trasladó a Occidente, donde la edición "paperback" de La Casa de Muñecas vendió más de cinco millones de ejemplares. Por ese momento cantidad de Men's Magazines estaban produciendo relatos e imágenes de sexísimas oficiales SS torturando a musculosos americanos y de sádicos y depravados nazis flagelando increíbles pin-ups.

De hecho cuando Joy Division retomó el tema hacía ya cuatro años que triunfara en la gran pantalla Ilsa, la Perra de los S.S (1974), inaugurando el Increíblemente Extraño subgénero de la “porno-esvástica” o “nazi-porn”, capítulo más que polémico (hoy en día impensable, en realidad, fuera de circuitos eufemísticamente denominados "especializados") de la Sexploitation sesentera. En España, el subgénero coincidió con la oleada del "destape", nutriéndola y mezclándose, como en Italia (uno de los principales productores de dichos films), con una siniestra (y para muchos nostálgica) fascinación por la parafernalia fascista...


"Asylums with doors open wide,

Where people had paid to see inside,
For entertainment they watch his body twist,
Behind his eyes he says, 'I still exist.'

This is the way, step inside.
This is the way, step inside..."